El eco de Dios

Mons. Francisco Pérez           Muchas veces nos hemos encontrado con alguna persona que nos ha impresionado. Recuerdo cuando era pequeño que mi madre nos llevaba, a los hijos, a visitar a una señora que estaba enferma desde hacía muchos años y hablábamos con ella. Frente a su cama tenía una imagen de la Virgen muy bonita. Las palabras y el testimonio de Petrilla, así la llamaban en el pueblo, me calaron hondamente en mi corazón. Hablaba con ternura y con alegría y esto se reflejaba en su rostro. Hablaba de Dios y Dios era como un eco que resonaba en aquellas palabras. Rezábamos y un día me dijo: “Llegarás a ser sacerdote”. Yo era monaguillo en mi parroquia. No sabría decir si era un augurio profético. Lo cierto que -con el tiempo- llegué a ser ordenado sacerdote y nunca olvidaré que ella rezaba por mí. Fui a verla varias veces y siempre sentía que era como el eco de Dios. La vocación, cualquiera que ésta sea, es un eco de Dios. Ella vivía la enfermedad como vocación. La misma palabra, que procede del latín vocatio, es una invitación a realizarse en la vida y construir, de forma permanente, el impulso interior que invita a ser auténticos. Ser fieles a la vocación es un arte. He visto matrimonios, religiosos, sacerdotes, enfermos desde su nacimiento… y en todos hay un eco que resuena. Es el seguimiento a la voz del Maestro.

La Sagrada Escritura nos presenta la vocación: “Y mientras pasaba junto al mar de Galilea, vio a Simón y a Andrés, el hermano de Simón, que echaban las redes en el mar, pues eran pescadores. Y les dijo Jesús: -Seguidme y haré que seáis pescadores de hombres. Y, al momento, dejaron las redes y le siguieron” (Mc 1, 16-18). Jesucristo llama de una forma muy clara pero siempre deja la libertad. Los que se deciden por su voz, que llama, han de estar seguros que tendrán una recompensa que nada tiene que ver con las recompensas humanas. Y a estas recompensas se les denomina bienaventuranzas. “Las bienaventuranzas dibujan el rostro de Jesucristo y describen su caridad; expresan la vocación de los fieles asociados a la gloria de su Pasión y de su Resurrección; iluminan las acciones y las actitudes características de la vida cristiana; son promesas paradójicas que sostienen la esperanza en las tribulaciones; anuncian a los discípulos las bendiciones y las recompensas ya incoadas; quedan inauguradas en la vida de la Virgen María y de todos los santos” (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 1717).

En todo ser humano existe un gran deseo y es el de ser feliz. La vocación tiene como finalidad llevar al gozo. Una vocación equivocada lleva siempre a la angustia y a la tristeza. Con las bienaventuranzas se proclama dichoso, feliz, a alguien. En ese sentido, están situadas en el centro de los anhelos humanos, porque “todos nosotros queremos vivir felices, y en el género humano no hay nadie que no dé su asentimiento a esta proposición incluso antes de que sea plenamente enunciada” (San Agustín, De moribus ecclesiae 1, 3, 4). La vocación no se sustenta en el egoísmo y en los sentimientos camuflados de autosuficiencia. La vocación es un encuentro gozoso con la voz interior que se ha de escuchar con humildad. Y en esa voz interior se hace presente el eco de Dios. “Por paso que hable, está tan cerca que nos oirá. Ni ha menester alas para ir a buscarle, sino ponerse en soledad y mirarle dentro de sí y no extrañarse de tan buen huésped; sino con grata humildad hablarle como a padre, pedirle como a padre, contarle sus trabajos, pedirle remedios para ello, entendiendo que no es digna de ser hija” (Santa Teresa de Jesús, Camino de Perfección 28, 2).

Hay momentos en la vida que las decisiones han de hacerse con plena conciencia y no se ha de desdibujar con justificaciones puramente superficiales. Las mociones interiores, bien purificadas por la oración que tiene como medio y meta el encuentro con el eco de Dios y su Palabra, no serán derrotadas por la superficialidad materialista y hedonista de aquellos que auguran un mundo feliz. La calidad de una vocación pasa por el filtro de un seguimiento especial: “Si alguno quiere venir detrás de mí, que se niegue a sí mismo, que tome su cruz cada día, y que me siga” (Lc 9, 23). Los parámetros del discípulo son muy distintos a los parámetros del mundo. Por lo cual vale más seguir el eco de Dios con todas sus consecuencias que los rumores estentóreos de propuestas efímeras.

+ Francisco Pérez González

Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela

Mons. Francisco Pérez
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Nace el día 13 de enero de 1947 en la localidad burgalesa de Frandovínez. Estudió en los Seminarios diocesanos de Burgos, en la Pontificia Universidad Santo Tomás “Angelicum” de Roma y en la Universidad Pontificia de Comillas, donde se licenció en Teología Dogmático-Fundamental. Fue ordenado sacerdote el 21 de julio de 1973, incardinándose en la diócesis de Madrid, a la que sirvió como Vicario parroquial, en dos parroquias, entre 1980 y 1986. Con anterioridad, de 1973 a 1976, ejerció el ministerio parroquial en Burgos. Entre 1986 y 1995 fue formador y director espiritual del Seminario Diocesano de Madrid. Colaboró asimismo en los equipos de dirección espiritual del Seminario Diocesano de Getafe y del Seminario Castrense. El 16 de diciembre de 1995 fue nombrado Obispo de Osma-Soria, recibiendo la ordenación episcopal de manos del Santo Padre Juan Pablo II el 6 de enero de 1996. El 30 de octubre de 2003 se hacía público su nombramiento como nuevo Arzobispo Castrense y el 11 de diciembre tenía lugar la celebración de toma de posesión. CARGOS PASTORALES Desde el 12 de febrero de 2001 es el Director Nacional de Obras Misionales Pontificias, cargo pontificio para un periodo de cinco años para el que fue ratificado en el 2006. Este mismo mes de julio se hacía público su nombramiento como director de la recién erigida cátedra de Misionología de la Facultad de Teología de San Dámaso de Madrid por un periodo de tres años, tras ser designado para el cargo por el Arzobispo de Madrid, Cardenal Antonio María Rouco Varela, Gran Canciller de la citada Facultad. El 31 de julio de 2007 es nombrado por Benedicto XVI Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela, en sustitución de monseñor Fernando Sebastián, que había regido estas diócesis desde 1993. Tomó posesión el domingo 30 de septiembre de 2007, en la Catedral de Pamplona. OTROS DATOS DE INTERÉS En la CEE es presidente de la Comisión Episcopal de Misiones y Cooperación entre las Iglesias, cargo para el que fue elegido el 14 de marzo de 2017. Fue miembro de las Comisiones Episcopales del Clero y de Seminarios y Universidades (1996-1999); de Misiones y Cooperación entre las Iglesias (1999-2011/2014-2017). Perteneció al Comité Ejecutivo durante el trienio 2011-2014. Ha sido miembro de la Comisión Permanente en representación de la Provincia Eclesiástica de Pamplona (2016-2017).