La nueva Iglesia (II). Su belleza

Mons. Agustí Cortés            Hablar de la belleza de la nueva Iglesia, la Iglesia soñada y real a un tiempo, puede sonar a burla en los oídos de muchos. Porque se ha instalado en el imaginario colectivo, dentro y fuera de la Iglesia, la representación de una Iglesia cargada de pecados y defectos. No se puede hablar de ella, sin aludir inmediatamente a sus deficiencias. De forma que proclamar una Iglesia resplandeciente por su belleza, parece un lenguaje de otro mundo o suena a ironía retórica.

Desde aquí, para quien desee escuchar, proclamamos la bondad y la belleza de la Iglesia, de nuestra Iglesia concreta. No lo hacemos “forzando” con el afecto nuestra mirada, ni llevados por un afán de propaganda de “lo nuestro” a modo de una apologética fácil. Tampoco estamos ciegos ante la realidad. El profeta del Apocalipsis no mentía a sus hermanos. Bien sabía los defectos de las diferentes comunidades destinatarias de sus cartas. Él veía realmente y anunciaba esta belleza:

Vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que bajaba del cielo, de la presencia de Dios. Estaba dispuesta como una novia que se adorna para su prometido (21,2)

Asistí a una entrevista que una periodista exigente hacía a un conocido eclesiástico. La periodista, tras enumerar algunos de los fallos (pecados) de la Iglesia Católica, interpeló al entrevistado: “Y usted ¿qué piensa, qué dice, sobre todo esto?” El eclesiástico respondió: “Usted tiene madre. La Iglesia es mi madre. No querrá que yo la critique o ponga en evidencia sus defectos”.

No nos acabó de gustar esta respuesta. Tenía el acierto de subrayar una condición básica para saber descubrir y tratar la Iglesia: digamos lo que digamos de ella, siempre le hemos de amar. Pero también podía dar la impresión de que, al hablar de la Iglesia, nos dejamos llevar por un amor ciego, es decir, un falso amor, que impide reconocer la realidad. Y este no es el caso. Los ojos de la fe y del amor cristiano son absolutamente realistas: eso sí, nos ayudan a descubrir lo que es de Dios y lo que no lo es. Y verdaderamente, en nuestra Iglesia concreta existen realidades de Dios. No solo en la Palabra que ella anuncia, no solo en los sacramentos que celebra, sino también en personas con nombre y apellidos, en comunidades definidas, también en uno mismo.

La belleza de la Iglesia es como la de una novia el día de su boda. Si el texto del Apocalipsis dice que “se adorna para su esposo”, esto no significa que no sea bella realmente ante cualquier mirada, sino que ofrece al esposo su rostro más bello, el rostro que despierta su amor. Pero ese rostro es realmente bello. De otro modo este matrimonio sería un engaño.

Es la belleza de la santidad (la Ciudad Santa). Es la belleza que atrae, y hasta seduce, en la mirada, en los gestos, los silencios y en las palabras de los santos. Esto enamora a Dios, que quedó tan complacido al ver a María, la Madre de Jesús y nuestra: “Salve, llena de gracia… has hallado gracia ante Dios” (cf. Lc 1,28.30) Es la gracia – amor que brota del Espíritu y la gracia – amor que existe realmente en Ella.

Hoy el Espíritu sigue fecundando a su Iglesia, porque continúa descubriendo en ella la belleza que despierta su amor.

 

† Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat

Mons. Agustí Cortés Soriano
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Nació el 23 de octubre de 1947 en Valencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Valencia. Se licenció en teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. En 1993 se doctoró en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Fue ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1971. En su ministerio sacerdotal, entre 1972 y 1974, fue vicario en Quart de Poblet; de 1973 a 1984, capellán del Colegio San José de la Montaña de Valencia; de 1974 a 1976, párroco de Quart de Poblet y profesor en la Instituto Luis Vives de Valencia; de 1976 a 1978, director del Secretariado Diocesano de Pastoral Juvenil; el año 1978, vicario de San Antonio de Padua de Valencia; de 1978 a 1984, secretario particular del que entonces era arzobispo de Valencia, Mons. . Miguel Roca Cabanellas; de 1986 a 1997, rector del Seminario Metropolitano de Valencia; de 1997 a 1998, canónigo penitenciario de la catedral de Valencia, y entre 1990 y 1998, profesor de teología en la Facultad Teológica, en el Instituto Teológico para el matrimonio y la Familia y al Instituto de Ciencias Religiosas de Valencia. Fue nombrado obispo de Ibiza el 20 de febrero de 1998 y recibió la ordenación episcopal el 18 de abril de 1998. El 12 de septiembre de 2004 inició su ministerio como primer obispo de la diócesis de Sant Feliu de Llobregat, en la catedral de San Lorenzo de Sant Feliu de Llobregat. En la CEE es vicepresidente de la Comisión episcopal de seminarios y Universidades y presidente de la Subcomisión de Universidades. En la Conferencia Episcopal Tarraconense es el obispo delegado de la Pastoral Familiar y, desde la reunión de los obispos catalanes el pasado 30 de septiembre y 1 de octubre de 2008, encargado del Secretariado Interdiocesano de Pastoral de Santuarios, peregrinaciones y turismo de Cataluña y las Islas.