¡¡¡RESUCITÓ!!!

Card. Antonio Cañizares           “Inclinando su cabeza, entregó el espíritu” (Jn l9, 30) y descendió al lugar de los muertos. No sólo murió sino que estuvo muerto, compartiendo de este modo el destino de los muertos, como se ha simbolizado en las procesiones del Santo entierro.

Como se ha escrito, “este es el día de la «muerte de Dios», que expresa la inaudita experiencia de nuestra época y anticipa la aparente ausencia de Dios, la vivencia de que lo cubre la tumba, de que ya no se despertará ni hablará nunca más, de tal suerte que ya no hará falta combatirlo, sino simplemente olvidarlo” (J. Ratzinger). Tal parecía ser la experiencia de aquellos discípulos cariacontecidos y desalentados que caminaban sin esperanza alejándose de Jerusalén hacia la aldea de Emaús: todo parecía quedar en entredicho, tanto el profeta de Nazaret como el anuncio del Reino que Él había hecho vinculado a su persona; todas sus pretensiones parecían desmentidas.

“Los sobresaltados discípulos iban hablando de la muerte de su esperanza. Para ellos había ocurrido algo semejante a la muerte de Dios: se había extinguido el punto en el que Dios parecía haber hablado. El Enviado de Dios había muerto; todo es completo vacío. Nada responde ya. Sin embargo, mientras hablaban de ese modo de la muerte de su esperanza, de que ya son incapaces de ver a Dios, no perciben que la esperanza está viva en medio de ellos. Así pues, el artículo del descenso del Señor a los infiernos (al lugar de los muertos) nos recuerda que de la revelación cristiana forma parte no sólo lo que Dios dice sino también lo que calla. Todo se hace silencio: silencio de la Cruz, silencio del sepulcro. Sólo cuando hayamos sentido su silencio, podremos esperar percibir también su palabra, que se pronuncia en el silencio” (J. Ratzinger).

Este es tal vez nuestro momento: la hora del silencio, pero es donde Dios pronuncia su palabra; la hora de la esperanza silenciosa en Dios; la hora de la confianza en su poder y su fuerza; la hora de la esperanza, para vigilar esperando con las lámparas encendidas que se cumplan las Escrituras.
Jesucristo bajó a la profundidad de la muerte para que “los muertos oigan la voz del Hijo de Dios y los que la oigan vivan” (Jn 5, 25). Su solidaridad con la debilidad humana más extrema ha traído consigo la victoria definitiva sobre las fuerzas del mal y sobre la muerte, ha destruido las puertas y cerrojos de la muerte, ha derribado la cárcel del Abismo. Es hora de permanecer en oración junto al sepulcro, meditando este gran descenso del Señor al lugar de los muertos.

“Un gran silencio, dice una antigua homilía, reina en la tierra, un gran silencio y una gran soledad. Un gran silencio porque el rey duerme. La tierra ha temblado y se ha calmado porque Dios se ha dormido en la carne y ha ido a despertar a los que dormían desde hacía siglos… Va a buscar a Adán, nuestro primer padre, la oveja perdida. Quiere ir a visitar a todos los que se encuentran en las tinieblas y a la sombra de la muerte. Va para liberar de sus dolores a Adán encadenado y a Eva cautiva con él, El que es al mismo tiempo su Dios y su Hijo… «Levántate de entre los muertos, yo soy la vida de los muertos»” (Antigua Homilía para el Sábado Santo).

En el silencio de la cruz y del sepulcro, Dios ha pronunciado su palabra más plena y elocuente. En la cruz nos lo ha dicho todo. Y en la resurrección todo ha quedado iluminado y transfigurado. Y también en el silencio, en el silencio de la noche, en el silencio de Dios, aconteció la resurrección de Jesús, tal y como lo había dicho: “al tercer día, según las Escrituras”. Así, la Iglesia cantará mañana jubilosa en la Vigilia Pascual: “¡Qué noche tan dichosa! Sólo la noche conoció el momento en que Cristo resucitó de entre los muertos” (Pregón Pascual). Sólo Dios fue su testigo. Nadie más que Dios fue espectador de este acontecimiento que cambió súbitamente la decepción y la desesperanza de los discípulos, los cuales, congregados de nuevo a causa de este acontecimiento, testimoniaron por todas partes hasta el día de hoy con un dinamismo incontenible: “DIOS RESUCITÓ A JESÚS. CRISTO HA RESUCITADO DE ENTRE LOS MUERTOS. CON SU MUERTE VENCIÓ A LA MUERTE Y A LOS MUERTOS HA DADO LA VIDA”.

Este es el núcleo de nuestra fe. La resurrección es el acontecimiento culminante en que se funda la fe cristiana, la base última que la Iglesia tiene para creer, el fundamento para su esperanza. La fe cristiana es la fe en la persona de Jesús; y esa fe depende del acontecimiento del Hijo de Dios “venido en carne” y de su resurrección de entre los muertos (Cf Hch 13, 33; 17, 31; Rm 4, 24; 8, 11; 2 Co 4, 14; Gal 1, 1; Ef 1, 20; Col, 2, 12; Heb 13, 20): “Si Cristo no resucitó, leemos en san Pablo, vana es nuestra predicación; vana es también nuestra fe” (1 Co 15, 14).

El misterio de la resurrección de Cristo es un acontecimiento real que ha dejado huellas inequívocas en la historia humana: afecta a nuestra historia y cambia su sentido. Dios conserva su poder sobre la historia. No ha entregado la historia de los hombres a las fuerzas ciegas y a las leyes inexorables de la naturaleza. La ley universal de la muerte no es, aunque parezca lo contrario, el supremo poder sobre la tierra. La muerte ha sido vencida. CRISTO HA RESUCITADO.
La resurrección de Cristo es intervención del poder de Dios, y, en cuanto tal, rebasa el horizonte de la experiencia histórica humana. La resurrección de Cristo no fue un volver a la vida terrestre para volver a morir después, como es el caso de la hija de Jairo, del joven de Naím o de Lázaro. La resurrección de Cristo es esencialmente diferente. En la resurrección, Dios, el Padre, vivificó el cuerpo muerto de Jesús, lo colmó de la fuerza del Espíritu Santo, lo introdujo en su misma gloria, en su dicha y en su poder, transformándolo en “cuerpo espiritual” (1 Co 15, 44). El cuerpo real del Resucitado comenzó a tener propiedades nuevas. No está limitado por el espacio y por el tiempo porque ha entrado ya en el ámbito de la gloria. Jesucristo tiene una nueva forma de vida, y sin embargo sigue siendo el mismo. El Crucificado, es verdad, es “el mismo” que el Resucitado, pero a la vez no es exactamente “lo mismo”; de modo similar a como, en el plano terreno, no es “lo mismo” el cuerpo humano del recién nacido que el del anciano, aun siendo “el mismo”, la misma persona; como la semilla se diferencia del trigo que brota de ella (1 Co l5, 37-38).

La resurrección de Jesús es obra inmediata de solo Dios, dentro de la creación y de la historia. Así, la fe en la resurrección resume lo más fundamental de la fe en Dios: Él es el que ha resucitado a su Hijo de entre los muertos. En la resurrección Dios Padre, de una vez por todas, nos ha manifestado que Él es Amor y Señor de la vida, Dios de vivos y no de muertos. Él es la vida misma que agracia con su vida a los hombres y la felicidad creadora de quienes podemos fiarnos sin condición alguna en cualquier situación sin salida.

Al resucitar a Jesús, Dios, el Padre, rehabilitó a su Hijo acreditando que el que había sido crucificado por rebelde y blasfemo era justo y veraz. Dios, el Padre, aprobó así para siempre, el mensaje y la obra liberadora de su Hijo. De este modo, la resurrección manifiesta la divinidad de Jesús, es cumplimiento y culminación, según el designio de Dios, de la Encarnación del Hijo de Dios. Y, de esta manera, es ratificación también de la obra creadora y salvadora de Dios que se consuma en Cristo.

Con la resurrección comienza la nueva y definitiva creación. Así como en la primera creación, Dios llama a las cosas que no son para que sean, así en la nueva creación llama a los muertos a la vida (Cf. Rm 4, l7). Al resucitar a Jesús, Dios, el Padre, protege y defiende la obra de sus manos, especialmente al hombre, su criatura predilecta y afirma su vida frente a la muerte. Así, Jesús es el fundamento, el vigor, el origen, la norma y la meta del nuevo mundo.

En la resurrección de Jesús se da el máximo acontecimiento de la salvación. Con su muerte, Cristo nos ha liberado del pecado, y, con su resurrección, nos abre el acceso a la vida nueva y nos comunica la posibilidad de vivir para siempre como hijos de Dios (Cf. Rm 6, 4): “El que fue entregado por nuestros pecados, fue resucitado para nuestra justificación” (Rm 4, 25). Por el Bautismo somos incorporados a Cristo muerto y resucitado a fin de que también nosotros vivamos a una vida nueva, que es victoria sobre el pecado y la muerte, y participación en su gracia por la acción del Espíritu Santo que nos ha sido dado en la resurrección de Jesús.

Cristo resucitado es principio y fuente de nuestra futura resurrección: Dios, el Padre, el mismo que resucitó a su Hijo de entre los muertos vivificará también nuestros cuerpos mortales por la acción del Espíritu Santo que Él ha derramado en nuestros corazones. En Cristo resucitado los cristianos gustan las buenas nuevas de Dios y las maravillas del mundo futuro y su vida es arrastrada por Cristo al seno de la vida divina, “para que ya no vivan sino para Aquel que murió y resucitó por ellos” (2 Co 5, 15), para que le sigan en su camino, lo anuncien y testifiquen en medio de los hombres, tengan como centro la fracción del pan y se extiendan en el amor diario y en el servicio que de él nace.

La resurrección de Cristo es la señal definitiva de su verdad, la confirmación de cuanto Cristo mismo había hecho y enseñado. Ella “nos da la certeza de que existe Dios y de que es un Dios de los hombres, el Padre de Jesucristo. La resurrección de Jesucristo es la revelación suprema, la manifestación definitiva, la respuesta triunfadora a la pregunta sobre quién reina realmente, si la vida o la muerte. El verdadero mensaje de la Pascua es: Dios existe. Y el que comienza a intuir qué significa esto, sabe qué significa ser salvado, sabe por qué la Iglesia en el día de Pascua canta al término de sus oraciones un aleluya casi infinito, ese júbilo que no encuentra palabras, que es demasiado grande para ser articulado en palabras del lenguaje cotidiano, ya que abarca nuestra vida entera, tanto lo que podemos decir como lo que es inefable” (J. Ratzinger).

“Éste es el día en que actuó el Señor, sea nuestro gozo y nuestra alegría”. Esta es nuestra alegría y nuestra esperanza: la alegría y la esperanza que es Cristo Resucitado para todos los hombres, el único Nombre en el que podemos ser salvos. Hay un futuro para el hombre; hay un futuro para todos y cada uno de los hombres; nada hay inexorable e irremediable; todo puede ser reemprendido, todo puede ser salvado, perdonado y vivificado; el ansia de infinitud, de vida plena y para siempre, tiene una respuesta. En Cristo resucitado la luz ha triunfado sobre la oscuridad, la verdad sobre la mentira y el amor sobre el odio. Es en Cristo donde está esta victoria. Y El mismo nos llama a que, con El y desde El, también en nosotros se mantenga esa victoria: ¡Alegría, hermanos, que si hoy nos queremos es que resucitó!

Día, Pascua de Resurrección todo queda iluminado, todo queda salvado. “Si no existiera la resurrección, la historia de Jesús terminaría con el Viernes Santo. Jesús se habría corrompido; sería alguien que fue alguna vez. Eso significaría que Dios no interviene en la historia, que no quiere o no puede entrar en este mundo nuestro, en nuestra vida y en nuestra muerte. Todo ello querría decir, por su parte, que el amor es inútil y vano, una promesa vacía y fútil; que no hay tribunal alguno y que no existe la justicia; que sólo cuenta el momento; que tienen razón los pícaros, los astutos, los que no tienen conciencia. Muchos hombres, y en modo alguno sólo los malvados, quisieran efectivamente que no hubiese tribunal alguno, pues confunden la justicia con el cálculo mezquino y se apoyan más en el miedo que en el amor confiado. Así se explica el apasionado empeño en hacer desaparecer el domingo de Pascua de la historia, en retroceder hasta situarse detrás de él y detenerse en el Sábado Santo. De una huida semejante no nace, sin embargo, la salvación, sino la triste alegría de quienes consideran peligrosa la justicia de Dios y desean, justamente por ello, que no exista. De ese modo se hace visible, no obstante, que la Pascua significa que Dios ha actuado” (J. Ratzinger), que Dios pasa y salva.

¡Cristo de la esperanza y del amor, del dolor y de la alegría, de la resurrección y de la vida! A ti te buscamos. A ti te necesitamos. Sin ti nada podemos hacer. Sin ti, no hay luz, no hay salvación. Tú eres nuestro único redentor. Tú eres el único que nos señalas la meta y abres y recorres su camino, el camino que nos conduce hacia ella. Ayúdanos. Queremos seguir tu camino y alcanzarte con nuestras manos, llevados de la mano de tu Madre bendita. Virgen Dolorosa, Madre de las Angustias, Virgen de la Soledad, Madre de la Esperanza, Madre de la Iglesia. Para cantar con voces unísonas el cántico nuevo, el Aleluya que no se acabe nunca, en la Pascua de resurrección.

+ Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia

Card. Antonio Canizares
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Emmo. y Rvmo. Sr. Antonio CAÑIZARES LLOVERA El Cardenal Antonio Cañizares, nombrado el 28 de agosto de 2014 por el papa Francisco arzobispo de Valencia, nació en la localidad valenciana de Utiel el 15 de octubre de 1945. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario diocesano de Valencia y en la Universidad Pontificia de Salamanca, en la que obtuvo el doctorado en Teología, con especialidad en Catequética. Fue ordenado sacerdote el 21 de junio de 1970. Los primeros años de su ministerio sacerdotal los desarrolló en Valencia. Después se trasladó a Madrid donde se dedicó especialmente a la docencia. Fue profesor de Teología de la Palabra en la Universidad Pontificia de Salamanca, entre 1972 y 1992; profesor de Teología Fundamental en el Seminario Conciliar de Madrid, entre 1974 y 1992; y profesor, desde 1975, del Instituto Superior de Ciencias Religiosas y Catequesis, del que también fue director, entre 1978 y 1986. Ese año, el Instituto pasó a denominarse «San Dámaso» y el Cardenal Cañizares continuó siendo su máximo responsable, hasta 1992. Además, fue coadjutor de la parroquia de "San Gerardo", de Madrid, entre 1973 y 1992. Entre 1985 y 1992 fue director del Secretariado de la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe de la Conferencia Episcopal Española. Creado Cardenal en marzo de 2006 El papa Juan Pablo II le nombró Obispo de Ávila el 6 de marzo de 1992. Recibió la ordenación episcopal el 25 de abril de ese mismo año. El 1 de febrero de 1997 tomó posesión de la diócesis de Granada. Entre enero y octubre de 1998 fue Administrador Apostólico de la diócesis de Cartagena. El 24 de octubre de 2002 fue nombrado Arzobispo de Toledo, sede de la que tomó posesión el 15 de diciembre de ese mismo año. Fue creado Cardenal por el Papa Benedicto XVI en el Consistorio Ordinario Público, el primero de su Pontificado, el 24 de marzo de 2006. Cargos desempeñados en la CEE y en la Santa Sede En la Conferencia Episcopal Española ha sido vicepresidente (2005-2008), miembro del Comité Ejecutivo (2005-2008), miembro de la Comisión Permanente (1999-2008), presidente de la Subcomisión Episcopal de Universidades (1996-1999) y de la Comisión Episcopal de Enseñanza y Catequesis (1999-2005). El Papa Juan Pablo II lo nombró miembro de la Congregación para la Doctrina de la Fe el 10 de noviembre de 1995. El 6 de mayo de 2006, el Papa Benedicto XVI le asignó esta misma Congregación, ya como Cardenal. También como Cardenal, el Papa le nombró, el 8 de abril de 2006, miembro de la Comisión Pontificia “Ecclesia Dei”. El Cardenal Cañizares ha sido fundador y primer Presidente de la Asociación Española de Catequetas, miembro del Equipo Europeo de Catequesis y director de la revista Teología y Catequesis. Es miembro de la Real Academia de la Historia desde el 24 de febrero de 2008. Igualmente, el Papa nombró al Cardenal Cañizares Prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos en diciembre de 2008. De otro lado, el cardenal fue nombrado en 2010 “Doctor Honoris Causa” por la Universidad Católica de Valencia “San Vicente Mártir” (UCV) Nombrado Arzobispo de Valencia el 28 de agosto de 2014. Tomó posesión de la Archidiócesis el 4 de octubre de 2014