La fe en la Resurrección

Mons. César Franco           La fe no es un sentimiento irracional. Dotado de razón, el hombre no hace un acto de fe —humana o religiosa— apoyado en su mera subjetividad. La fe no se justifica en uno mismo. Siempre hay algo externo al hombre que posibilita el acto de fe: un acontecimiento, una experiencia, algo que se acoge y percibe fuera de nosotros mismos. Cuando decimos que creemos en alguien, es porque tenemos experiencia de que es digno de fe, creíble. El amor, la confianza, es la base de esta experiencia de fe humana. Se ha dicho que «sólo el amor es digno de fe».

Las apariciones del Resucitado fundamentan la fe de los apóstoles. Fueron actos percibidos por los sentidos. Los racionalistas quieren explicarlas como alucinaciones, autosugestiones. Pero sabemos bien que ellos no creían en la resurrección para convencerse a sí mismos de que Jesús había resucitado. Menos aún, Pablo de Tarso que perseguía a los seguidores de Cristo. Para superar este obstáculo, se recurre a una insolación en el desierto que le hizo creer que vio al Resucitado. Demasiada fantasía para ser creída.

 Las apariciones, tal como aparecen en los evangelios, son actos de Cristo que se muestra, que «se hace ver». Es el Resucitado quien se muestra, se impone desde fuera y entra allí donde se encuentran reunidos los suyos, estando las puertas cerradas. Se deja ver, oír, y hasta tocar, como sucede a Tomás, que se negaba a creer si no tocaba las llagas de sus manos y del costado. Se trata, pues, de algo perceptible, que ocurre como puro don del Resucitado. Por eso, los apóstoles fundamentan su fe en el hecho de haber visto a Jesús, de haber comido y bebido con él después de resucitar de entre los muertos. Y la primera carta de Juan comienza con un prólogo que no deja lugar a dudas sobre esta experiencia comunitaria que sostiene la fe de la Iglesia: «Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros propios ojos, lo que contemplamos y palparon nuestras manos acerca del Verbo de la Vida, pues la Vida se hizo visible […] os lo anunciamos, para que estéis en comunión con nosotros y nuestra comunión es con el Padre y con su Hijo Jesucristo» (1,1-3).

Esta experiencia no es una ilusión irracional. Dios respeta al hombre dotado de inteligencia y no le exige que se comporte de modo absurdo. Puede probarnos en la fe, ciertamente, pero nunca lo hará sin atender las exigencias de la razón. Hasta en la prueba más dura, Dios deja «signos» para que la razón no tenga que claudicar. Otra cosa es que el hombre pida a la razón más de lo que ella pueda dar. Las apariciones del Resucitado, además, son «necesarias» para que los apóstoles fueran testigos veraces que la fe que predicaban. Y un testigo es siempre alguien que ha constatado la realidad que testifica.

Veamos el ejemplo de las dudas de Tomás, cuyo evangelio leemos hoy. Las dudas de Tomás parten de una desconfianza inicial, injustificada, en la comunidad apostólica. Podemos decir que Tomás, al negarse a creer, ha roto la comunión con su grupo, que le atestigua haber visto al Señor. No confía en los apóstoles de los que forma parte. Se aísla en su subjetividad. Tiene que venir el Señor a sacarle de su actitud desconfiada, incrédula. Su postura era irracional, puesto que tenía motivos para la confianza. La presencia de Jesús resucitado se le impone de modo irrefutable. No solamente ve, sino que es invitado a tocar. El reproche de Cristo vale para todos los que exigen pruebas «físicas». Los demás apóstoles también habían creído porque había visto. La aparición a Tomás da un salto cualitativo: Jesús le permite tocar para cumplir así con la exigencia de una razón que, a pesar de los signos, sólo se fiaba de sí misma.

 

+ César Franco

Obispo de Segovia

Mons. César Franco Martínez
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Mons. D. César Augusto Franco nació el 16 de diciembre de 1948 en Piñuecar (Madrid). Fue ordenado sacerdote el 20 de mayo de 1973. Es licenciado en Teología por la Universidad Pontificia de Comillas en 1978. Diplomado en Ciencias Bíblicas por la Escuela Bíblica y Arqueología de Jerusalén en 1980. Es también Doctor en Teología por la Universidad Pontificia de Comillas en 1983.CARGOS PASTORALESFue Vicario Parroquial de las parroquias San Casimiro (1973), Santa Rosalía (1973-1975) y Ntra. Sra. de los Dolores(1975-1978/1981-1986). Capellán de las Hijas de la Caridad en el Colegio San Fernando (1980-1981); Secretario del Consejo Presbiteral de Madrid (1986 y 1994) y Consiliario diocesano de Acción Católica General y Capellán de la Escuela de Caminos y de la Facultad de Derecho (1986-1995). Fue Rector del Oratorio Santo niño del Remedio (1993 -1995) y Vicario Episcopal de la Vicarçia VII (antigua VIII) de Madrid (1995-1996).El 14 de mayo de 1996 fue nombrado Obispo Auxiliar de Madrid y Titular de Ursona, recibiendo la ordenación episcopal el 29 de junio del mismo año.Desde 1997 a 2011 fue Consiliario Nacional de la Asociación Católica de Propagandistas y ha sido el Coordinador general de la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ) de Madrid 2011. Desde noviembre de 2012 hasta su nombramiento como Obispo de Segovia fue Deán de la Catedral de Santa María la Real de la Almudena de Madrid. En su actividad docente, ha impartido cursos sobre Biblia en la Universidad Complutense de Madrid y en la Universidad Eclesiástica “San Dámaso”.El 12 de noviembre de 2014 se hizo público su nombramiento como obispo de Segovia, sede de la que tomó posesión el 20 de diciembre del mismo año.OTROS DATOS DE INTERÉSEn la CEE es Presidente de la Comisión Episcopal de Enseñanza y Catequesis desde 2014, tras ser de nuevo elegido para este cargo el 14 de marzo de 2017.Ha sido miembro de las Comisiones Episcopales de Liturgia (1996-1999), de Enseñanza y Catequesis (1996-2008), de Apostolado Seglar (1999-2002) y de Relaciones Interconfesionales (2008-2014).