Lecturas para el II Domingo de Pascua o de la Divina Misericordia

Alabamos hoy a Dios porque es eterna su misericordia (sal. resp.). Ese debe ser nuestro sentimiento una vez que hemos sido renovados por los sacramentos de la iniciación cristiana (cf. 1.ª orac.), un don gratuito de Dios para nosotros. Los apóstoles con su fe y sus carismas hacían signos y prodigios y por eso crecía el número de los creyentes (cf. 1 lect.).

Hoy decrece ese número… ¿No será por la falta de una vivencia más auténtica de la fe por parte nuestra? El domingo –el octavo día– es el día del encuentro con el Señor Resucitado, en quien creemos por la gracia de Dios, sin haberlo visto. Nos bastan los signos –la Palabra, la eucaristía, las «llagas de nuestros hermanos más necesitados»– para descubrir que el Señor sigue presente entre nosotros (cf. Ev. y 2 lect.). (Comentario para el II Domingo de Pascua en el Calendario Litúrgico-Pastoral 2018-2019).

 

 

Aleluya, aleluya, aleluya
Porque me has visto, Tomas, has creído -dice el Señor-; bienaventurados los que crean sin haber visto.

Jn 20, 19-31. A los ocho días llegó Jesús.

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros». Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo». Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».

Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor». Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo». A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: «Paz a vosotros». Luego dijo a Tomás: «Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente». Contestó Tomás: «¡Señor mío y Dios mío!». Jesús le dijo: «¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto».

Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.

Otras lecturas del día: 

– Hch 5, 12-16. Crecía el número de los creyentes, una multitud tanto de hombres como de mujeres, que se adherían al Señor.

Por mano de los apóstoles se realizaban muchos signos y prodigios en medio del pueblo. Todos se reunían con un mismo espíritu en el pórtico de Salomón; los demás no se atrevían a juntárseles, aunque la gente se hacía lenguas de ellos; más aún, crecía el número de los creyentes, una multitud tanto de hombres como de mujeres, que se adherían al Señor.

La gente sacaba los enfermos a las plazas, y los ponía en catres y camillas, para que, al pasar Pedro, su sombra, por lo menos, cayera sobre alguno. Acudía incluso mucha gente de las ciudades cercanas a Jerusalén, llevando a enfermos y poseídos de espíritu inmundo, y todos eran curados.

– Sal 117. Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia

Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia.

O bien, Aleluya

Diga la casa de Israel:
eterna es su misericordia.
Diga la casa de Aarón:
eterna es su misericordia.
Digan los que temen al Señor:
eterna es su misericordia.

La piedra que desecharon los arquitectos
es ahora la piedra angular.
Es el Señor quien lo ha hecho,
ha sido un milagro patente.
Éste es el día que hizo el Señor:
sea nuestra alegría y nuestro gozo.

Señor, danos la salvación;
Señor, danos prosperidad.
Bendito el que viene en nombre del Señor,
os bendecimos desde la casa del Señor.
El Señor es Dio, él nos ilumina.

– Ap 1, 9-11a. 12-13. 17-19. Estuve muerto, pero ya ves: vivo por los siglos de los siglos.

Yo, Juan, vuestro hermano y compañero en la tribulación, en el reino y en la perseverancia en Jesús, estaba desterrado en la isla llamada Patmos a causa de la palabra de Dios y del testimonio de Jesús. El día del Señor fui arrebatado en espíritu y escuché detrás de mí una voz potente como de trompeta  que decía: «Lo que estás viendo, escríbelo en un libro y envíalo a las siete iglesias».

Me volví para ver la voz que hablaba conmigo, y, vuelto, vi siete candelabros de oro, y en medio de los candelabros como un Hijo de hombre, vestido de una túnica talar, y ceñido el pecho con un cinturón de oro.

Cuando lo vi, caí a sus pies como muerto. Pero él puso su mano derecha sobre mí, diciéndome: «No temas; yo soy el Primero y el Último, el Viviente; estuve muerto, pero ya ves: vivo por los siglos de los siglos, y tengo las llaves de la muerte y del abismo. Escribe, pues, lo que estás viendo: lo que es y lo que ha de suceder después de esto.

– Secuencia (opcional). Ofrezcan los cristianos.

(Conferencia Episcopal Española)

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