“El compromiso del Papa con los emigrantes hace crecer la esperanza”

Mons. Santiago Agrelo, arzobispo de Tánger, fue una de las autoridades eclesiales que acompañaron al papa Francisco en su viaje oficial a Marruecos a finales del pasado mes de marzo.

Monseñor Agrelo, y la diócesis de la que está al frente, son socios locales de Manos Unidas desde hace varios años. El trabajo conjunto ha permitido sacar adelante varias iniciativas de desarrollo en el país vecino. Quisimos saber su opinión sobre la trascendencia de la visita papal y este es el resultado.

¿Qué ha supuesto la reciente visita del Papa a Marruecos, tanto para el país como para la comunidad cristiana?

En la carta de invitación que los Responsables de las Circunscripciones Eclesiásticas de Marruecos hicimos al papa Francisco para que visitase este país, habíamos escrito: “Santidad: Venga a Marruecos. Le espera un pueblo cordial; le espera una Iglesia con hambre de Evangelio; le espera el pueblo de los excluidos –los emigrantes- que necesitan sentir que los toma de la mano y camina con ellos el Santo Padre”.

En esa invitación quedaba indicado cuanto esperábamos nos dejase la visita del Papa Francisco; esperábamos que esa visita fuese la evidencia de una relación estrecha y afectuosa de las comunidades cristianas con el pueblo marroquí; un fuerte impulso a encarnar el evangelio, a vivirlo, de forma que todos sean evangelizados con nuestra vida; y una palabra de luz y de esperanza para los emigrantes que, en situación de ilegalidad, dejan la vida en las calles de nuestras ciudades y en los bosques de nuestras fronteras.

¿El viaje ha respondido a sus expectativas? ¿Qué dificultades tuvo?

Solo el tiempo podrá mostrar lo que está destinado a perdurar. Lo que hemos vivido, ciertamente responde a lo que esperábamos vivir. Ha quedado a la vista de todos un mundo de relaciones cordiales entre musulmanes y cristianos en Marruecos; se ha visto una Iglesia que es un icono de Pentecostés, animada del Espíritu de Jesús, una comunidad que tiene una historia gloriosa y que se siente empujada -el Papa la ha llamado- a escribir con la fuerza del amor también su futuro. Creo que el séquito del Papa anda todavía deslumbrado por lo que pudieron ver en Rabat durante los dos días que duró la visita papal.

¿Qué le ha parecido la forma en la que el Papa ha abordado el tema de los migrantes y los refugiados?

El Papa tiene un compromiso personal con la suerte de emigrantes y refugiados, y a todos lo ha hecho ver desde el comienzo mismo de su servicio a la Iglesia como Obispo de Roma. Todos guardamos en la retina la imagen del Papa Francisco en Lampedusa.

Pero lo de Marruecos tenía connotaciones muy especiales. El Papa venía a un país que tiene frontera -una frontera artificial y dramática- con las ciudades autónomas españolas de Ceuta y Melilla; tiene una frontera natural con España, marcada por las aguas del Estrecho de Gibraltar, del Mar de Alborán y del Océano Atlántico. Y eso hace de Marruecos un espacio geográfico del que son huéspedes habituales miles de emigrantes en camino hacia Europa.

El Papa he tenido para esos emigrantes un discurso que está hecho -no podía ser de otra manera- desde el Evangelio, desde la reivindicación de los derechos fundamentales de la persona humana, desde la solidaridad debida a los que sufren.

Es obvio que el Papa no tiene capacidad de decisión política, y que la suerte de los emigrantes va a depender, sobre todo, de las opciones que hagan los Gobiernos de las naciones. Pero también es obvio que el compromiso evidente del Papa con los emigrantes, en esta humanidad vulnerable hace crecer la esperanza, deja razones para luchar, y sobre todo deja en la Iglesia una mayor conciencia de su responsabilidad como madre que ha de estar más cerca de estos hijos que nada tienen.

¿Qué destacaría de su encuentro personal con el Pontífice?

Las complicidades: miradas, gestos, abrazos. Algunas cosas tan personales que no es el caso de compartir, pero que a mí no me borrará de la memoria ni siquiera el Alzhéimer.

¿Hay o habrá un antes y un después de la visita de su Santidad?

Decía antes que eso lo dirá el tiempo. La visita relámpago que hizo a Marrueco el papa Juan Pablo II -han pasado más de treinta años desde entonces-, dejó aquí un clima de entendimiento, de respeto y de libertad para la Iglesia, del que hemos disfrutado todos hasta el día de hoy. Estoy seguro de que la visita del Papa Francisco tendrá efectos muy parecidos.

Queda aún mucho camino por recorrer, tanto por parte de los cristianos como por parte de los musulmanes, para eliminar prejuicios, para cerrar filas ante los fundamentalismos, para trabajar unidos por el advenimiento de un mundo más humano. Pero creo que estamos desde hace tiempo en ese camino.

Y, a nivel personal, ¿cómo cree que Marruecos, Europa y el mundo deben afrontar y dar solución a la mayor crisis migratoria desde la II Guerra Mundial?

No quisiera decir banalidades en esta materia. Creo que la solución pasa por la aceptación de algunos principios irrenunciables: a) educar en solidaridad, educar en humanidad. Curiosamente, cuando hablamos de esto se sacan a pasear los neologismos  “buenista”, “buenismo”, que pretenden cargar de significado negativo lo bueno –se ensucia lo bello para hacerlo detestable-; b) luchar contra la corrupción política: esa corrupción está en el origen de muchas situaciones de miseria de las que huyen los emigrantes, como está en las causas de muchas vejaciones que los emigrantes padecen a lo largo de su éxodo, como está detrás de muchas opciones políticas que cierran a los emigrantes las fronteras de las naciones; c) educar en el respeto de los derechos humanos y exigir que los Gobiernos los respeten escrupulosamente -no sobre el papel, sino con decisiones políticas coherentes con esos derechos reconocidos y firmados-; d) hacer efectivos los acuerdos por un pacto global para una migración regulada y segura; e) para los cristianos, llevar al Credo y a la Eucaristía el compromiso con los pobres: a ellos nos ha enviado el Espíritu del Señor; en ellos reconocemos la presencia real de Cristo Jesús, presencia humilde y necesita; f) y para todos, educar en un sentido unitario de la humanidad: no somos extraños unos a otros, somos hermanos unos de otros, todos para uno, uno para todos.

Mientras ese mundo nuevo no llegue, lucharemos por cerrar las heridas que el mundo viejo, el de siempre, va abriendo en la carne de los pobres.

EL TRABAJO DE MANOS UNIDAS EN TÁNGER

El Papa tuvo un encuentro con personas migrantes en su estancia en Marruecos en el centro de acogida y de apoyo gestionado por Cáritas Rabat. Desde el 2015, Manos Unidas acompaña también a estas personas, pero en especial a aquéllas que se encuentran en situación de irregularidad para que se reconozca su dignidad y derechos. En esta labor nuestra organización colabora y ha colaborado, sola o junto con miembros de CIDSE, Cáritas europeas y otras organizaciones de la Cooperación internacional, en los proyectos promovidos por Cáritas Rabat y la Delegación de Migraciones de la Diócesis de Tánger cuyo fin no es otro que acompañar y facilitar que los migrantes accedan a sus derechos y reciban una atención psicológica y social mientras se encuentran en el país. Son muchos los problemas y las situaciones a las que se enfrentan los migrantes en su tránsito por Marruecos: invisibilidad y desprotección de los menores no acompañados, agresiones, traumas físicos y psicológicos, rechazo de la sociedad civil, desconocimiento de su derecho a acceder a los servicios de salud y a la escolarización de los menores, prohibición de tránsito y de estancia  en alguna ciudad, desinformación sobre los trámites administrativos, falta de formación, de atención psicológica y social, de higiene, y sobre todo la violencia de género, la explotación sexual, y  el abandono que sufren las mujeres. Son los migrantes que sufren estas situaciones a los que Manos Unidas intenta acompañar en su integración en Marruecos o en otro país de acogida a través de la formación e información, así como para que mejoren el deterioro psicológico, la autoestima, el síntoma de ansiedad, la falta de confianza, los mecanismos de resiliencia y autonomía ante las condiciones de vida en las ciudades, campamentos y bosques, y los hábitos de higiene.

(Pilar Seidel, Manos Unidas)

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