Vivir bien la Semana Santa

Mons. Braulio Rodríguez           Con el Domingo de Ramos se abre la Semana Santa, pues es el gran pórtico de la semana en la que Jesucristo va a Jerusalén para cumplir las Escrituras y para ser colgado en la cruz, el trono desde el cual reinará por los siglos, atrayendo así a la humanidad de todos los tiempos y ofreciendo el don de la redención a todos. Pero en esta semana, que celebra el Triduo Pascual, Jesús no es solo el “justo crucificado” que tiene que ser perseguido, porque él es distinto del resto de la humanidad y ha de ser el que se ofrezca en expiación. No. Jesús es el que nos dicen los Evangelios que se encamina voluntariamente a Jerusalén y entregará su vida en expiación al aceptar la muerte, porque él quiere, “en rescate por muchos” (cfr. Mc 10, 45).

El Domingo de Ramos, los evangelios narran cómo Jesús llegó a Jerusalén desde Betfagé y el Monte de los Olivos, es decir, la vía por la que había de venir el Mesías. El ánimo de los discípulos y otros peregrinos se deja ganar por el entusiasmo: toman sus mantos y los echan encima de la borriquita; otros alfombran con los mantos el camino o cortan ramas de olivos y comienzan a gritar con palabras del Salmo 118: “¡Hosanna!, bendito el que viene en nombre del Señor”. Un grito de bendición, un himno de júbilo, que expresa la convicción de que, en Jesús, Dios ha visitado a su Pueblo.

Pero, ¿cuál es el contenido de este grito de júbilo? La respuesta está en toda la Escritura, que nos recuerda cómo el Mesías lleva a cumplimiento la promesa de la bendición de Dios, la promesa originaria que Dios había hecho a Abraham, el padre de todos los creyentes: “Haré de ti una gran nación, te bendeciré… y en ti serán benditos todas las familias de la tierra” (Gn 12, 2-3). Es la promesa que Israel siempre había tenido presente en la oración, sobre todo en los Salmos. Por eso, el que es aclamado por la muchedumbre como bendito es al mismo tiempo aquel en el cual será bendecida toda la humanidad.

Podemos, pues, descubrir este Domingo de Ramos un primer gran mensaje que nos trae la festividad de hoy: la invitación a mirar de manera justa a la humanidad entera, con sus diversas culturas y civilizaciones. La mirada que el creyente recibe de Cristo es mirada de bendición, amorosa y sabia, capaz de acoger la belleza del mundo y de compartir su fragilidad, porque el Señor “ama a todos los seres y no aborreces nada de lo que hiciste… Señor, amigo de la vida” (Sab 11,24.26).

Pero, ¿qué latía realmente en el corazón de los que aclaman a Cristo como Rey de Israel? Tenían, sin duda, su idea del Mesías. No olvidemos que éstos mismos son quienes pocos días después gritarán a Pilato: “¡Crucifícalo!”. Los mismos discípulos de Jesús permanecían un tanto desilusionados por el modo en que Jesús había decidido presentarse como Mesías y Rey de Israel.

¿Quién es para nosotros Jesús de Nazaret? ¿Qué idea tenemos del Mesías, qué idea tenemos de Dios, cuando en esta semana llenamos las iglesias y las calles en los desfiles procesionales? Esta es una cuestión crucial que no podemos eludir en Semana Santa. ¿Qué ha significado cantar con palmas en las manos “Hosanna al Hijo de David!”? ¿De qué nos sirve de verdad vivir como cristianos la Semana Santa? Os lo digo sobre todo a vosotros, jóvenes católicos, que queréis vivir bien la Semana Santa y a otros tantos para quienes esta semana es pura vacación aderezada con algo de templo y de procesión, pero nada más. Pero es pregunta para todos los discípulos de Cristo, para ti y para mí: ¿Cuáles son nuestras verdaderas expectativas? ¿Cuáles son los deseos más profundos que nos han traído hasta aquí para celebrar el Domingo de Ramos e iniciar la Semana Santa?

¡Qué buena ocasión para, en días con más tiempo para orar, confesarse, pensar, renovar nuestra vida cristiana en la Pascua del Señor! Jesucristo espera en cada esquina, en cada templo, en tanta celebración de la fiesta mayor de los cristianos.

 

+ Braulio Rodríguez Plaza

Arzobispo de Toledo, Primado de España

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Mons. Braulio Rodríguez
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Don Braulio Rodríguez Plaza nació en Aldea del Fresno (Madrid) el 27 de enero de 1944. Estudió en los Seminarios Menor y Mayor de Madrid. En 1973 obtuvo la Licenciatura en Teología Bíblica en la Universidad Pontificia de Comillas. En 1990 alcanzó el grado de Doctor en Teología Bíblica por la Facultad de Teología del Norte, con sede en Burgos. Ordenado presbítero en Madrid, el 3 de abril de 1972. Entre 1984 y 1987 fue miembro del Equipo de Formadores del Seminario Diocesano de Madrid. Fue nombrado obispo de Osma-Soria el 13 de noviembre de 1987, siendo ordenado el 20 de diciembre. En 1995 fue nombrado obispo de Salamanca. El 28 de agosto de 2002 se hizo público su nombramiento por el Santo Padre como arzobispo de Valladolid. Benedicto XVI lo nombró Arzobispo electo de Toledo, tomando posesión de la Sede el día 21 de junio de 2009. Es el Arzobispo 120 en la sucesión apostólica de los Pastores que han presidido la archidiócesis primada.