Conversión: de la destrucción a la regeneración

Mons. Jesús Murgui           En su Mensaje para la Cuaresma de 2019, el Papa Francisco dedica el segundo punto del mismo a reflexionar sobre “La fuerza destructiva del pecado”. Señala que cuando no vivimos como hijos de Dios, a menudo tenemos comportamientos destructivos hacia el prójimo y las demás criaturas –y  también hacia nosotros mismos-…”, recordándonos que “la causa de todo mal es el pecado, que desde su aparición entre los hombres interrumpió la comunión con Dios, con los demás y la creación…”. Rota la comunión con la creación, ésta tiene –afirma el Papa- “la irrefrenable necesidad de que se
manifiesten los hijos de Dios, aquellos que se han convertido en una ‘nueva creación’”, los restaurados “mediante el arrepentimiento, la conversión y el perdón”. Así dedica el
tercer punto de su mensaje a valorar “la fuerza regeneradora del arrepentimiento y del perdón”.

De múltiples maneras Dios nos busca y anhela ofrecernos la gracia que nos restituye como hijos de Dios y nos regenera con su amor de Padre. A la luz de Aquel que es “rico en misericordia”, podemos captar la malicia diabólica del pecado. Por ello S. Pablo exclama: “Os suplicamos en nombre de Cristo: dejaos reconciliar con Dios” (2Cor5,20).

A esta invitación importa corresponder. La divina misericordia es predicada y ofrecida a nosotros por medio del ministerio de la Iglesia de Cristo. En el seno materno de la Iglesia, encontramos el sacramento de la reconciliación ofrecido por Cristo resucitado en la tarde de Pascua. Cuando falta el sentido del pecado unido a la petición de perdón, no hay misericordia. Cuando falta el sentido de la fraternidad humana y cristiana, no hay misericordia.

Jesús cuenta la sublime parábola del hijo pródigo como respuesta a la miopía de los
fariseos que le critican: “Este acoge a los pecadores y come con ellos” (Lc 15,2). Así
conocemos el itinerario dramático del hijo más joven que se alejó de casa. Luego,
después de la triste experiencia del mal con el alejamiento del padre, la pérdida de los bienes, la situación de extrema necesidad, y la caída en el propio abandono, sigue la lucidez en descubrir la propia situación, el retorno humilde y la acogida del padre, siempre en espera del retorno del hijo, el abrazo, el convite y la fiesta.

Es evidente cómo el protagonista de la parábola es el Padre, rico en misericordia; su
amor aunque sufra, no disminuye. No es ofendido porque el hijo destruya patrimonio, sino porque se aleja de casa y de su amor. Para perdonarlo le basta que vuelva. El pecado nace de la desconfianza que lleva a la convicción que la ley de Dios oprime y que alejarse es lo mejor. En realidad, el pecado es, y conlleva fundamentalmente, desilusión. En hebreo, la palabra “pecado” contiene la idea de fracaso. La desilusión es el castigo que el pecado lleva consigo, y que pone luz para tomar el camino de la salvación. Es precisamente ahí donde el hijo, escapado de casa, toma conciencia de lo  insustituible que es el amor del Padre. El pecado, por tanto, no es solo ofensa a Dios, sino muerte, destrucción profunda del propio ser humano, gran fracaso.

La verdadera culpa de los fariseos no es aquella de criticar a Jesús que va con los
pecadores, sino la de haberse constituido un Dios a su medida, desde la insensibilidad, justificando su comportamiento discriminatorio sin sentimientos ni corazón. Jesús les demuestra que no han entendido nada: ni quien es Dios, ni qué es el pecado, ni qué significa la conversión. El Maestro pone a la luz, más que su maldad, su teología equivocada.

Papa Francisco en la conclusión de su Mensaje nos anima a pedir a Dios, en este
“tiempo favorable” que es la Cuaresma, “emprender un camino de verdadera
conversión”. Pide: “Abandonemos el egoísmo, la mirada fija en nosotros mismos, y
dirijámonos a la Pascua de Jesús; hagámonos prójimos de nuestros hermanos y
hermanas que pasan dificultades, compartiendo con ellos nuestros bienes espirituales y materiales. Así, acogiendo en lo concreto de nuestra vida la victoria de Cristo sobre el pecado y la muerte, atraeremos su fuerza transformadora también sobre la creación”.

Dios Padre, penetrando en lo profundo de cada uno de nosotros, por la gracia de su
misericordia nos perdona, nos regenera. En la Iglesia de Cristo, los ministros de su
perdón nos revelan en el sacramento de la reconciliación el corazón del Padre. Sea esta gracia sacramental momento álgido del camino cuaresmal que nos rescata del fracaso, la destrucción y la muerte y nos conduce a la vida nueva que Jesucristo nos ha obtenido, por puro amor y misericordia, en el Misterio Pascual, en el que hemos sido regenerados. En él, el Padre, “mediante la resurrección del Jesucristo de entre los muertos, nos ha regenerado para una esperanza viva; para una esperanza incorruptible” (1Pe 1, 3-4).

Vivamos una auténtica Cuaresma, hecha, por gracia, de conversión, que nos devuelva a la vida de Dios recibida en el Bautismo, que nos adentre en la Salvación que por amor nos obtuvo Jesús con su muerte y resurrección.

+ Jesús Murgui Soriano.
Obispo de Orihuela-Alicante.

Mons. Jesús Murgui Soriano
Acerca de Mons. Jesús Murgui Soriano 178 Articles
Mons. D. Jesús Murgui Soriano nace en Valencia el 17 de abril de 1946. Recibió la ordenación sacerdotal el 21 de septiembre de 1969 y obispo desde el 11 de mayo de 1996. Estudió en el Seminario Metroplitano de Moncada (Valencia) y está licenciado en Teología por la Universidad Pontificia de Salamanca y doctorado en esta misma materia por la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. CARGOS PASTORALES Fue coadjutor entre 1969 y 1973 y párroco, en distintas parroquias de la archidiócesis de Valencia, entre 1973 y 1993, año en que es nombrado Vicario Episcopal. Fue Consiliario diocesano del Movimiento Junior entre 1973 y 1979 y Consiliario diocesano de jóvenes de Acción Católica de 1975 a 1979. Fue nombrado Obispo auxiliar de Valencia el 25 de marzo de 1996, recibiendo la ordenación episcopal el 11 de mayo de ese mismo año. Entre diciembre de 1999 y abril de 2001 fue Administrador Apostólico de Menorca. El 29 de diciembre de 2003 fue nombrado Obispo de Mallorca, sede de la que tomó posesión el 21 de febrero de 2004. El 27 de julio de 2012 se hizo público su nombramiento como Obispo de Orihuela-Alicante. El sábado 29 de septiembre de 2012, tomó posesión de la nueva diócesis. OTROS DATOS DE INTERÉS En la CEE es miembro de la Comisión Episcopal de Liturgia desde marzo de 2017. Cargo que desempeña desde el año 2005. Anteriormente, ha sido miembro de la Comisión Episcopal de Pastoral desde 1996 a 1999 y de la Comisión Episcopal del Clero desde 1999 a 2005.