Camino de justicia y misericordia (VI). Crecimiento de la Iglesia

Mons. Agustí Cortés               Es ya un clásico de la historia de la teología y la espiritualidad cristiana afirmar que uno no avanza, no crece, solo con desprenderse (vaciarse) de cosas “malas”, de lo que es pecado, o de lo que es bueno pero superfluo. Siempre ha habido una cierta tensión entre quienes defendían la ascesis como contrapunto, en contraste con la opulencia de riquezas y honores, y los que defendían la vía más mística, como fuente de gozo y plenitud. Unos eran más profetas y otros más contemplativos.

Esta tensión ya la vivió Jesús, cuando sus contemporáneos habían colgado la etiqueta de asceta pobre y austero a Juan Bautista y a Él de comilón y borracho, porque comía y bebía con la gente. Es el precio que hemos de pagar por estar siempre vendidos a una opinión pública que no entiende el lenguaje profundo y verdadero del Evangelio. ¿Qué sentido tiene el desprendimiento (el vaciamiento) si no es para amar más? ¿Cómo sería posible amar y gozar de la amistad, si uno no se ha desprendido antes en pobreza y humildad?

En la Iglesia pasa lo mismo. Aunque somos partidarios de la pedagogía positiva –provocar el cambio proponiendo el ideal– esta pedagogía nunca será efectiva si quien ha de cambiar no abandona (renuncia a) su posición cómoda y tranquila.

Hemos hecho una lectura del momento actual de la Iglesia, entendiendo que Dios nos llama a la pobreza y la humildad. Pero nunca el plan de Dios se queda ahí. El crecimiento real exige progresar en el amor.

Algunos identifican el crecimiento de la Iglesia con el aumento estadístico de número de fieles (por ejemplo, estadísticas oficiales sobre el número de practicantes o de contribuyentes que señalan la casilla a favor de la Iglesia en la Declaración del IRPF). Para otros, la Iglesia crece cuando tiene más relevancia social, cuando es más capaz de transformar el mundo, promover iniciativas e instituciones a favor de los necesitados o de la cultura en general; o también cuando es más aceptada socialmente…

Estos criterios podrían ser indicios de crecimiento de la Iglesia, pero también pueden ser un espejismo, un falseamiento del verdadero avance. Así ocurre, por ejemplo, cuando la Iglesia ha conseguido relevancia social y eficacia sólo sobre la base de alianzas o connivencias con fuerzas políticas. Hemos de discernir el crecimiento de la Iglesia únicamente a partir de lo que ella es. Y la Iglesia no se puede entender si no es en su relación con Cristo. Esta relación determina absolutamente su identidad y su crecimiento.

Se entiende con la doble imagen de la Iglesia como Cuerpo y como Esposa de Cristo. La Iglesia es presencia histórica, concreta, visible de Cristo vivo (Palabra, sacramentos, vida comunitaria): Él ha querido estar presente allí donde están sus discípulos (casi identificarse): “estaré donde estéis” (sufriendo o gozando), “perdonaré a quienes perdonaréis”, “quien os escucha me escucha a mí”… Pero también es distinta de Cristo. Es su Esposa: Él la busca, renueva su amor, muere por ella… Y ella ha de buscarle, renovar su fidelidad en el amor, escucharle, discernir lo que mejor responde al amor que recibe…

La Iglesia crece cuando es más transparente a la presencia viva e histórica de Cristo y cuando más y mejor le ama. Es decir, cuando vive de su misericordia y la ofrece al mundo.

 

† Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat

Mons. Agustí Cortés Soriano
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Nació el 23 de octubre de 1947 en Valencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Valencia. Se licenció en teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. En 1993 se doctoró en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Fue ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1971. En su ministerio sacerdotal, entre 1972 y 1974, fue vicario en Quart de Poblet; de 1973 a 1984, capellán del Colegio San José de la Montaña de Valencia; de 1974 a 1976, párroco de Quart de Poblet y profesor en la Instituto Luis Vives de Valencia; de 1976 a 1978, director del Secretariado Diocesano de Pastoral Juvenil; el año 1978, vicario de San Antonio de Padua de Valencia; de 1978 a 1984, secretario particular del que entonces era arzobispo de Valencia, Mons. . Miguel Roca Cabanellas; de 1986 a 1997, rector del Seminario Metropolitano de Valencia; de 1997 a 1998, canónigo penitenciario de la catedral de Valencia, y entre 1990 y 1998, profesor de teología en la Facultad Teológica, en el Instituto Teológico para el matrimonio y la Familia y al Instituto de Ciencias Religiosas de Valencia. Fue nombrado obispo de Ibiza el 20 de febrero de 1998 y recibió la ordenación episcopal el 18 de abril de 1998. El 12 de septiembre de 2004 inició su ministerio como primer obispo de la diócesis de Sant Feliu de Llobregat, en la catedral de San Lorenzo de Sant Feliu de Llobregat. En la CEE es vicepresidente de la Comisión episcopal de seminarios y Universidades y presidente de la Subcomisión de Universidades. En la Conferencia Episcopal Tarraconense es el obispo delegado de la Pastoral Familiar y, desde la reunión de los obispos catalanes el pasado 30 de septiembre y 1 de octubre de 2008, encargado del Secretariado Interdiocesano de Pastoral de Santuarios, peregrinaciones y turismo de Cataluña y las Islas.