La fiesta del perdón

Mons. Francesc Pardo i Artigas          En el cuarto domingo de Cuaresma la Iglesia nos propone meditar la parábola del hijo pródigo y del padre misericordioso que todos conocemos. La parábola expresa quien es Dios, y quienes somos nosotros.

Jesús explica la historia en un ambiente muy duro de crítica contra su persona por su actitud acogedora hacia las personas consideradas pecadoras.

Acoger y compartir la comida con los pecadores era una práctica habitual en Jesús, que no era entendida sino rechazada por los responsables de la religión judía. Él, con su forma de actuar, mostraba la manera de ser y de hacer de Dios.

Mi reflexión quiere ser una invitación a identificarnos con los personajes de la parábola.

 DIOS —EL PADRE— MANIFIESTA EL AMOR INCONDICIONAL, Y ES EL PROTAGONISTA DE LA PARÁBOLA.

Su actitud fundamental es el amor incondicional hacia su hijo perdido, abatido y desorientado. Un amor que nada ni nadie puede destruir, ni tan siquiera el pecado y la infidelidad.

El padre respeta la libertad de su hijo, pese a que ello signifique su perdición. No deja nunca de amarle. Le espera cada día, sufre, y cuando ve que regresa no le exige explicaciones, le devuelve su condición y dignidad.

En las parroquias y en las familias, algunos hijos, jóvenes o mayores, han dejado “la casa”, la comunidad, en búsqueda de felicidad, libertad, pasárselo bien, comodidad… que sepan que les seguimos amando; que tenga la certeza de que les seguimos esperando y que les acogeremos con alegría, a semejanza de Dios.

 EL HIJO QUE SE VA DE CASA, IMAGEN  DE CADA UNO DE NOSOTROS COMO PECADORES.

El hijo quiere marchar de la propia casa, donde lo ha recibido todo, junto al padre, porque desea ser más libre, más feliz y vivir intensamente. La experiencia le enseña que se está perdiendo, solo, sin nada y vacío. Pero aún conserva el recuerdo de su casa y de su padre, y de ahí arranca su conversión.

Experiencia intensa de su propia miseria, de su propia situación. Recuerda a su padre, recuerda el amor que le ofrecía y recuerda todo cuanto vivía en su casa. Se propone regresar humildemente, como servidor y esclavo. Es sincero: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti”.

  • Podemos reconocernos en este hijo en muchas situaciones  de la vida. Nos hemos alejado de la compañía de Dios, le hemos dicho que no le necesitamos. Puede que hayamos pensado que así seremos más felices y más libres. Pero la propia experiencia nos muestra lo contrario. Es entonces cuando queremos regresar a casa. Vivamos el sentido más gozoso y festivo del sacramento del perdón que nos hace retornar con el Padre.
  • También podemos reconocer en la figura del hijo, personas adultas y jóvenes que han seguido un proceso semejante alejándose de la fe, de la Iglesia, de Dios, buscando felicidad, sentido.

 EL HIJO MAYOR, EL FIEL, EL CUMPLIDOR, TAMBIÉN PRECISA CONVERSIÓN.

Es la figura de aquellos que nunca han dejado la casa, al menos teóricamente; que siempre han permanecido junto al Padre, pero que no son como el Padre, y quieren impedir su generosidad y misericordia. Su problema es que da la impresión de que se han quedado a la fuerza, y que no han sido felices.

Con frecuencia nos sucede como al hijo mayor de la parábola. No hemos abandonado a Dios, ni la fe, ni la Iglesia. Hemos sido fieles, pero no felices. También nosotros debemos convertirnos para poder valorar el regalo que supone haber estado siempre junto a Dios. Hemos de aprender a ser como Él.

+ Francesc Pardo i Artigas

Obispo de Girona

Mons. Francesc Pardo i Artigas
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Francesc Pardo i Artigas nació en Torrellas de Foix (comarca del Alt Penedès, provincia de Barcelona), diócesis de Sant Feliu de Llobregat, el 26 de junio de 1946. Ingresó en el Seminario Menor de Barcelona y siguió estudios eclesiásticos en el Seminario Mayor, de la misma diócesis. Se licenció en Teología, en la Facultad de Teología de Cataluña. Es autor de diversos artículos sobre temas teológicos publicados es revistas especializadas. Recibió la ordenación presbiteral en la basílica de Santa María de Vilafranca del Penedès, el 31 de mayo de 1973, de manos del cardenal Narcís Jubany. El 16 de julio del 2008, el Papa Benedicto XVI lo nombró Obispo de Girona. Recibió la Ordenación Episcopal el dia 19 de octubre del 2008 en la Catedral de Girona, tomando posesión de la diócesis el mismo día.