“El amor a la vida en todas sus manifestaciones es la respuesta primera al don que todos hemos recibido en nuestra existencia”

Mons. Rafael Zornoza               La Encarnación de Jesucristo nos revela la profundidad del amor que Dios nos tiene y nos impulsa a responder como María, acogiendo la vida con asombro, reconociendo la dignidad de cada persona amada de modo infinito e incondicional por Dios y cuidando especialmente a los que poseen una vida más vulnerable, débil o marginada.

El amor cuida la vida” es el lema con el que se celebra el 25 de marzo –solemnidad de la Anunciación del Señor— en la Jornada por la Vida. El mensaje de los obispos para esta jornada nos recuerda que “la Iglesia es consciente de que el amor se debe poner más en las obras que en las palabras, ya que, repetir palabras de amor sin que de verdad cambie algo en la vida es un modo de falsearlas”. Los cristianos estamos llamados a manifestar ese amor. Es el mismo san Juan quien declara que «nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él» (1 Jn 4, 16). Dios ha hecho suyo, por amor, todo lo que el ser humano vive, y desea comunicarle lo más grande: «he venido para que tengan vida y una vida abundante» (Jn 10, 10). Cristo, al resumir así su propia misión, no ignora el dolor y el abandono de muchas personas. Más bien es esta debilidad humana la que le impulsa a manifestar su amor. Conocer esta verdad del corazón de Cristo nos obliga a reconocer que: «La misericordia es la viga maestra que sostiene la vida de la Iglesia (…). La credibilidad de la Iglesia pasa a través del camino del amor misericordioso y compasivo» (Francisco, Bula Misericordiae Vultus, n. 10).

Hemos de esmerarnos especialmente con «los pequeños», es decir,
los más necesitados por tener una vida más vulnerable, débil o marginada. Aquellos
que están por nacer y necesitan todo de la madre gestante, aquellos que nacen
en situaciones de máxima debilidad, ya sea por enfermedad o por abandono, aquellos
que tienen condiciones de vida indignas y miserables, aquellos aquejados de
amarga soledad, que es una auténtica enfermedad de nuestra sociedad, los
ancianos a los que se les desprecia como inútiles, a los enfermos desahuciados
o en estado de demencia o inconsciencia, a los que experimentan un dolor que
parece insufrible, a los angustiados y sin futuro aparente. Hemos de reconocer a Cristo sufriente en estas
nuevas formas de pobreza y fragilidad. La Iglesia está llamada a acompañarlos
en su situación para que llegue hasta ellos el cuidado debido que brota de la
llamada a amar de Cristo: «haz tú lo mismo» (Lc 10, 37).

El Evangelio de la vida debe iluminar el sentido de vivir desde el amor. Esto es, reconocer los bienes relacionales, espirituales y religiosos de nuestro existir. Aparece la necesidad de no dejar solo al enfermo, de establecer una relación íntegra con él. Esto incluye el deber de curar esa enfermedad tan grande de nuestra sociedad que es la de la soledad y el abandono.

Somos testigos verdaderos de ese Dios amante de la vida, precisamente
porque somos capaces de transmitir una esperanza. Creer en ese amor saca del
ser humano lo mejor de sí mismo y le permite superar los obstáculos. El amor a
la vida en todas sus manifestaciones es la respuesta primera al don que todos
hemos recibido en nuestra existencia y que nos une por eso en un mismo camino
donde Cristo es el dador de vida, precisamente desde la cruz. Nadie en la
comunidad eclesial puede sentirse ajeno a esta llamada tan directa y amorosa
por parte del Padre Dios.

Mostremos el gozo que nace de Dios, de esa alegría que conocemos
al vivir la fe en un Dios que es amor y que nos hace evangelizadores apasionados,
para buscar a los necesitados de amor, entre las multitudes sedientas de Cristo.

Contemplando la Encarnación del Hijo de Dios, que, al hacerse hombre, ha entrado en comunión con cada uno de nosotros, comprometiéndose con un amor indisoluble, le pido al Señor que amemos por encima de todo la vida que él nos ha dado, y a María saber acogerla como el don más valioso, y, con una mirada profunda, valorar todo lo humano, para ofrecer a la sociedad el camino de su propia dignidad. Que todos nosotros, que hemos conocido y creído en el Amor de Dios, seamos servidores de la dignidad de cada persona y construyamos una sociedad que supere la cultura de la muerte y del descarte.

+ Rafael Zornoza

Obispo de Cádiz y Ceuta

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Mons. Rafael Zornoza
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RAFAEL ZORNOZA BOY nació en Madrid el 31 de julio de 1949. Es el tercero de seis hermanos. Estudió en el Colegio Calasancio de Madrid con los PP. Escolapios, que simultaneaba con los estudios de música y piano en el R. Conservatorio de Madrid. Ingresó en el Seminario Menor de Madrid para terminar allí el bachillerato. En el Seminario Conciliar de Madrid cursa los Estudios Teológicos de 1969 a 1974, finalizándolos con el Bachillerato en Teología. Ordenado sacerdote el 19 de marzo de 1975 en Madrid fue destinado como vicario de la Parroquia de San Jorge, y párroco en 1983. Impulsó la pastoral juvenil, matrimonial y de vocaciones. Fue consiliario de Acción Católica y de promovió los Cursillos de Cristiandad. Arcipreste del Arciprestazgo de San Agustín y miembro elegido para el Consejo Presbiteral de la Archidiócesis de Madrid desde 1983 hasta que abandona la diócesis. Es Licenciado en Teología Bíblica por la Universidad Pontificia Comillas de Madrid, donde también realizó los cursos de doctorado. Preocupado por la evangelización de la cultura organizó eventos para el diálogo con la fe en la literatura y el teatro e inició varios grupos musicales –acreditados con premios nacionales e internacionales–, participando en numerosos eventos musicales como director de coros aficionados y profesor de dirección coral. Ha colaborado además como asesor en trabajos del Secretariado de Liturgia de la Conferencia Episcopal. En octubre de 1991 acompaña como secretario particular al primer obispo de la de Getafe al iniciarse la nueva diócesis. Elegido miembro del Consejo Presbiteral perteneció también al Colegio de Consultores. Inicia el nuevo seminario de la diócesis en 1992 del que es nombrado Rector en 1994, desempeñando el cargo hasta 2010. Ha sido profesor de Teología en la Escuela Diocesana de Teología de Getafe, colaborador en numerosos cursos de verano y director habitual de ejercicios espirituales. Designado por el S.S. el Papa Benedicto XVI obispo titular de Mentesa y auxiliar de la diócesis de Getafe y fue ordenado el 5 de febrero de 2006. Hay que destacar en este tiempo su dedicación a la Formación Permanente de los sacerdotes. También ha potenciado con gran dedicación la pastoral de juventud, creando medios para la formación de jóvenes cristianos, como la Asociación Juvenil “Llambrión” y la Escuela de Tiempo Libre “Semites”, que capacitan para esta misión con la pedagogía del tiempo libre, campamentos y actividades de montaña. Ha impulsado además las Delegaciones de Liturgia, Pastoral Universitaria y de Emigrantes, de importancia relevante en la Diócesis de Getafe, así como diversas iniciativas para afrontar la nueva evangelización. Pertenece a la Comisión Episcopal de Seminarios de la Conferencia Episcopal Española –encargado actualmente de los Seminarios Menores– y a la Comisión Episcopal del Clero. Su lema pastoral es: “Muy gustosamente me gastaré y desgastaré por la salvación de vuestras almas” (2Cor 12,13). El 30 de agosto de 2011 se ha hecho público su nombramiento por el Santo Padre Benedicto XVI como Obispo electo de Cádiz y Ceuta. El 22 octubre ha tomado posesión de la Diócesis de Cadiz y Ceuta.