Camino de justicia y misericordia (IV). Sanación de la Iglesia

Mons. Agustí Cortés           Como hemos dicho en estas líneas, la Cuaresma es un camino de libertad y alianza, de conversión y renovación, de justicia y misericordia; un camino que se ha de vivir, no solo en la intimidad de cada uno, sino también en la comunidad y en la Iglesia como tal. Porque la Iglesia ciertamente es santa, pero no puede olvidar que al mismo tiempo es pecadora.

Hoy los medios de comunicación y determinados grupos no se cansan de airear los pecados de la Iglesia, creando así una especie de fijación obsesiva, incluso entre los mismos fieles. El caso es que últimamente detectamos un rebrote de aquella desafección hacia la Iglesia, que tan frecuentemente se ha dado a lo largo de las últimas décadas. Una desafección que suele ir acompañada de exigencias de cambios, según la ideología de la voz profética.

¿Qué ha de hacer la Iglesia ante esta situación? Siempre, pero especialmente en tiempo de Cuaresma, la Iglesia sabe que ha de evitar dos reacciones: por un lado, ha de eludir el complejo colectivo de inferioridad (al modo de una falsa humildad, incapaz de reconocer los bienes que el Espíritu obra en ella); por otro, rechazará la defensa superficial contra las agresiones (al modo de una apologética orgullosa, incapaz de aceptar los propios errores y pecados).

Tenemos claro que en la Iglesia ha de haber una reforma. Pero también en este punto la Iglesia no se ha de llevar a engaño. Entre las reformas de la Iglesia verdaderas y falsas, hay que introducir “las reformas insuficientes”. Éstas funcionan como espejismo seductor: son concretas, evitan la interpelación a la responsabilidad personal y obedecen a la lógica del mundo. Si la reforma, aunque haya sido elaborada por sabios y “expertos”, consiste solo en cambios de normativa, de estructura, de “procedimientos”, de estrategia, nada conseguiremos. En esta vía de reforma incluimos dos recursos igualmente superficiales: los cambios normativos y el tratamiento psicológico.

Una vez más, la justicia y sus exigencias mandadas por la ley, no nos salvará. Quizá es un procedimiento necesario (exigido siempre por la sociedad), pero del todo insuficiente. Las personas no nos hacemos buenos a golpes de leyes y sanciones. Éstas solo despiertan temor. Y el temor, de algún modo, evita delitos, pero multiplica las multas y la población penitenciaria. Lo mismo hemos de decir de las terapias y pedagogías psicológicas: sus diagnósticos y sus remedios son tan cortos y estrechos, que apenas tocan el fondo de la persona; no reforman, todo lo más alivian…

La pederastia o el abuso sexual no son solo delito o enfermedad: sin entrar en circunstancias particulares, hay que decir lisa y llanamente que son un grave pecado. Y es en este sentido como decimos que la Iglesia necesita ante todo “sanación”.

Vivamos la Cuaresma como camino de sanación. Toda sanación, consiste en la recuperación del auténtico ser, la vuelta a la vida de aquello que nos define y somos originariamente. La imagen que el Evangelio de San Juan pone en boca de Jesús es aún más radical y clara: la sanación es realmente un volver a nacer. Nicodemo quedó perplejo ante tal afirmación. Por desgracia, en tiempos de Jesús y hoy, los maestros de la ley no lo entienden (cf. Jn 3,5-10).

† Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat

Mons. Agustí Cortés Soriano
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Nació el 23 de octubre de 1947 en Valencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Valencia. Se licenció en teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. En 1993 se doctoró en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Fue ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1971. En su ministerio sacerdotal, entre 1972 y 1974, fue vicario en Quart de Poblet; de 1973 a 1984, capellán del Colegio San José de la Montaña de Valencia; de 1974 a 1976, párroco de Quart de Poblet y profesor en la Instituto Luis Vives de Valencia; de 1976 a 1978, director del Secretariado Diocesano de Pastoral Juvenil; el año 1978, vicario de San Antonio de Padua de Valencia; de 1978 a 1984, secretario particular del que entonces era arzobispo de Valencia, Mons. . Miguel Roca Cabanellas; de 1986 a 1997, rector del Seminario Metropolitano de Valencia; de 1997 a 1998, canónigo penitenciario de la catedral de Valencia, y entre 1990 y 1998, profesor de teología en la Facultad Teológica, en el Instituto Teológico para el matrimonio y la Familia y al Instituto de Ciencias Religiosas de Valencia. Fue nombrado obispo de Ibiza el 20 de febrero de 1998 y recibió la ordenación episcopal el 18 de abril de 1998. El 12 de septiembre de 2004 inició su ministerio como primer obispo de la diócesis de Sant Feliu de Llobregat, en la catedral de San Lorenzo de Sant Feliu de Llobregat. En la CEE es vicepresidente de la Comisión episcopal de seminarios y Universidades y presidente de la Subcomisión de Universidades. En la Conferencia Episcopal Tarraconense es el obispo delegado de la Pastoral Familiar y, desde la reunión de los obispos catalanes el pasado 30 de septiembre y 1 de octubre de 2008, encargado del Secretariado Interdiocesano de Pastoral de Santuarios, peregrinaciones y turismo de Cataluña y las Islas.