Dos nuevos diáconos para la diócesis de Zaragoza

Arturo Ladino Gutiérrez (Anolaima, Colombia, 1993) y Jaime Urbizu Fernández-Giro (Zaragoza, 1992) han sido ordenados diáconos en al servicio de la Iglesia de Zaragoza en la tarde del domingo diecisiete de marzo en el Pilar.

La celebración, presidida por el arzobispo Mons. Vicente Jiménez, constituye el acto central del Día del Seminario en la capital aragonesa. Hablamos con ellos de su vocación y de su ministerio.

El seminario, misión de todos’, ¿de verdad? 

(J) Sin duda, porque la responsabilidad de que salgan vocaciones no puede ser exclusiva de los curas. En los pueblos, hay personas que te dicen “ay, qué majicos, a ver si salen más curas”. Yo les digo, “díselo a tus hijos o a tus nietos”. Los sacerdotes no caen de los árboles.

(A) Sí. Todos los cristianos tenemos que estar comprometidos en el discernimiento de la vocación cristiana, familiar o consagrada. De una manera particular, en la vocación al ministerio sacerdotal, todos tenemos parte, desde la familia, a las parroquias.

Y los sacerdotes, de una manera especial con su testimonio. ¿Dónde comenzó vuestra historia vocacional? 

(J) En un viaje en un cercanías en Barcelona. Iba al lado de Pedro Sauras. Él me dijo que dejaba Ingeniería y que se marchaba al Seminario. Fue como un altavoz que me decía: “¿Él se atreve y yo no?”. Entonces recomencé en serio el acompañamiento espiritual.

(A) En la parroquia de mi pueblo, con el grupo juvenil. La vida de fe y la fraternidad de aquel grupo con el sacerdote me permitió vivir mi experiencia de encuentro con Jesús.

Diáconos, en camino a la ordenación sacerdotal, ¿qué supone asumir este nuevo ministerio? 

(J) Responsabilidad, no solo porque esté encaminado al presbiterado, sino porque en sí mismo el diaconado tiene mucha importancia: tengo que esforzarme en servir a Dios y a todos. También por representar a alguien más que mi propia persona, voy a ser presencia de Cristo siervo y de la Iglesia servidora.

(A) Una gran responsabilidad, ante Dios, la Iglesia y el mundo. Porque exige intentar ser un testigo fiel de Cristo para la realidad de hoy.

Noticias de sacerdotes que no respetan sus promesas, ¿cómo asumís el celibato y la castidad sacerdotal? 

(J) Mis amigos me lo preguntan. No lo veo como una renuncia o una prohibición. Es la condición de una entrega libre, completa y alegre.

(A) Como un signo de entrega radical al anuncio del Evangelio de Jesús. Algo que asumo con lo que yo llamo “temor confiado en Dios”.

Una de las vestiduras propias del diácono es la estola cruzada, ¿qué historias esconden las vuestras?

(J) La mía es la que mi tío abuelo Arcadio ha utilizado para confesar a cientos y cientos de personas hasta que murió en este pasado febrero. Mi tío ha significado mucho. No solo por ser familia, sino por que he visto su ejemplo de fidelidad.

(A) A mí me la ha dejado un compañero y yo luego se la dejaré a otro. Es una forma de fraternidad y un signo de perseverancia en esta vocación que compartimos. Creo que se está convirtiendo en una tradición.

De la sociedad actual, ¿podemos esperar vocaciones?

(J) Claro. El hecho de que esté colapsada de ruido no impide que la música de la llamada de Dios sea escuchada. Pero hay que atarse los machos. También hay dejadez por parte de los cristianos.

(A) Sí. Las necesidades de los hombres reclaman más que nunca personas que muestren el sentido de la vida desde la lógica de Jesús, pero se requieren comunidades cristianas vivas y personas que sigan transmitiendo con fervor el Evangelio a los más jóvenes.

Os dais a la Iglesia, ¿qué pedís a vuestras comunidades?

(J) Oración, comprensión y ejemplo alegre de su vida de fe. El “no tengáis miedo” de Juan Pablo II.

(A) Perseverancia en la fe que han mantenido y esperanza en el Evangelio ante las diversas dificultades de la vida humana.

(José Antonio Calvo, Iglesia en Aragón)

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