Ocho prioridades de la Diócesis

Card. Antonio Cañizares          Queridos hermanos y hermanas de toda la diócesis, sea cual sea el lugar que ocupáis en ella y la misión que en ella desempeñéis: Os escribo de nuevo para concretar lo que os decía al comenzar el año 2019, refiriéndome a varios puntos. En primer lugar, me refería al final del Año Vicentino y, secundando, lo que vemos y aprendemos de San Vicente: santo, predicador y evangelizador ante todo en tiempos nada fáciles, como los actuales, hombre de comunión y de paz, de la que andamos tan necesitados: este año, finalizado el Año Jubilar.

1) Una gran misión con hechos

Vamos a anunciar y convocar, en el momento más conveniente y oportuno, una gran misión en toda la diócesis, dirigida a todos, y llevada a cabo en todas las parroquias, comunidades e instituciones eclesiales, de manera especial a los fieles cristianos laicos, a las familias, a los jóvenes; esta misión, bien y gozosamente preparada, será breve –un fin de semana, de viernes a domingo– y, como en los primeros tiempos, con anuncio o proclamación kerigmática, viva, gozosa, alegre, popular, testimonial y empeñativa de Jesucristo, como “substancia viva del Evangelio” gozoso, hecha en la fuerza del Espíritu, para provocarnos a todos y llamar a la conversión; debería de ser como un aldabonazo para hacernos sacudir la modorra que vivimos y hacernos salir de la inercia en que estamos. Debería ser como un momento inicial de la “carrera” en que suene la llamada a salir todos y caminar hacia el mundo a evangelizar, como un acontecimiento “fuerte y decisivo” para que todos sintamos la fuerza que nos impulsa a “salir” cada uno como en Pentecostés. Se trata de anunciar y testificar este Evangelio que es el único que puede llevar esperanza, para encaminarse a un mundo nuevo conforme al querer de Dios y a una humanidad nueva de hombres mujeres nuevos, con un nuevo estilo de vivir, basado en las bienaventuranzas y en el amor de Jesucristo, esto es, encaminarse a una nueva civilización del amor, que anticipe el Reino de Dios, el Reino de los cielos; esta misión, llevada a cabo en todos los estamentos sociales y situaciones de fe, debería intentar provocar una gran movimiento de adhesión y renovación eclesial y de comunión para la misión y acción evangelizadora, que es la identidad y vocación más profunda de la Iglesia.

En los últimos años venimos hablando mucho de nueva evangelización, pero parece que se queda en palabras. Esa gran misión diocesana será pasar a los hechos, a llevar a cabo decididamente una evangelización nueva en su ardor. Además, la nueva evangelización entraña un gran movimiento catequético, la catequesis de los cristianos es la nueva evangelización. Por eso habrá de impulsarse la catequesis a todos los niveles y edades: desplegar un gran esfuerzo de catequesis y mejorar la catequesis de infancia, de adolescencia y de juventud, pero también desarrollar la catequesis de adultos que quizá la tengamos un poco más descuidada. Desplegar un proceso de formación cristiana con los medios a nuestro alcance y propiciar un plan o proyecto diocesano de la pastoral de iniciación cristiana. Coordinar y alentar todo esto con la mirada puesta en la renovación eclesial para una Iglesia, diócesis, evangelizadora, misionera.

2) Adoración eucarística

La misión será acompañada y precedida de un gran movimiento, precedente y concomitante, y de un dinamismo de adoración eucarística, inseparable de la obra evangelizadora de los cristianos, de la Iglesia. No olvidemos que no habrá obra de evangelización sin la oración y la adoración eucarística, porque la evangelización es obra de Dios y es testimonio y entrega del Dios vivo dado y revelado en Jesucristo con quien nos encontramos y a quien adoramos en la Eucaristía. Es muy necesario que nos tomemos muy en serio la adoración eucarística, que Dios la quiere y nos da muestras de ello en este siglo XXI en el que estamos. Habrá de propiciarse la adoración en sus diversas formas y modalidades, pero lo que no podemos es relegarla a un mero acto piadoso algún que otro día o momento. Esto exige revitalizar la centralidad de la Eucaristía en la vida de las parroquias y comunidades, sobre todo la dominical: vivir de la Eucaristía. Esto forma parte de ese gran movimiento evangelizador y misionero que nos saque de nuestro letargo y acomodación y conformismo con lo que venimos haciendo por rutina. Cuidar el domingo es pieza clave en este gran movimiento evangelizador para superar la secularización que nos aprisiona.

Nos sumaremos, además, en esta perspectiva, con toda decisión, al Congreso Nacional para los laicos, en su fase diocesana y nacional, que tanto significará para una nueva evangelización. Todo esto será coordinado oportunamente.

3) Evangelizar con las familias

De una vez y por todas habremos de atender a las familias, las familias cristianas habrán de preocuparse de su identidad cristiana, avivar su ser, el lugar donde se viva de verdad el amor de un hombre y de una mujer abierto a la vida, donde se viva el agradecimiento, el perdón, el sentido de Dios expresado en la oración, en la catequesis familiar y educación cristiana de los hijos y en la participación en la eucaristía dominical. Cuánto bien, por ejemplo, hacen las familias que en su sencillez y ocupaciones dedican todos los días un tiempo para leer en familia, aunque sólo sean diez minutos, el “Evangelio de cada día”, comentarlo entre todos, y rezar a partir de él todos los de la familia, unidos y juntos; cuánto bien están haciendo las familias que los domingos rezan juntos; cuánto bien están haciendo las familias que todos juntos rezan el Santo Rosario diariamente; qué valor tan grande y qué peso tienen las familias que van todos juntos o acompañan a sus hijos a la santa Misa dominical, etc. Se trata de cosas sencillas que pueden ser llevadas a cabo por todas las familias: habrá que ayudarlas a estas cosas y animarlas. Habrá que mejorar y perfeccionar la preparación al matrimonio; potenciar o incluso crear más COF, pedirle al Instituto Juan Pablo II que extienda su radio de acción e influjo propio y las posibilidades que tiene en sus manos para con las familias de la diócesis y en la comunión diocesana; alentar los movimientos familiares; habrá que ayudarlas a defender sus derechos y a fortalecer y potenciar las asociaciones de padres como FCAPA en todos los colegios, incluidos los públicos, y mostrar que estamos con ellas, crear escuelas de padres, etc., etc. Son muchas las posibilidades y no podemos cruzarnos de brazos pasivamente como esperando a verlas venir.

4) Vicariatos en la Amazonía peruana

Hay un aspecto que tenemos la obligación ante Dios y ante la Iglesia que no podemos dilatar o diferir por más tiempo. Me refiero a la participación en los Vicariatos de Requena y San José del Amazonas en Perú. Nos lo indica el Papa y lo espera de nosotros; nos esperan ya los Obispos de estos dos Vicariatos que están necesitando urgentísimamente de nuestra cooperación: tengo la sensación de que los estamos frustrando, por nuestra demora en cumplir con el compromiso que nuestra diócesis ha adquirido. También frustramos a los nativos que nos dicen, como los Macedonios a Pablo: “¡Venid, ayudadnos!”: mañana puede ser tarde. Además, una Iglesia local, una diócesis que quiere ser evangelizadora y eucarística, se consolida en su realidad más propia “saliendo” de sí y siendo misionera con los que nos están pidiendo el Evangelio que les dé su pan de cada día. Y, os lo pido, una vez más, yo mismo, vuestro Obispo y pastor, de rodillas os lo pido, por Dios os los pido: los signos que nos ha dado Dios para esta “salida” de nuestra diócesis e ir en misión a estos Vicariatos, son muy claros y debemos leerlos con la fe. ¡Animo! Y ¡respondamos a la llamada de Dios!, ¿le vamos a cerrar oídos y el corazón a Dios mismo que nos ha hablado ya? Cuando hablo así me dirijo a todo el pueblo de Dios que peregrina en Valencia, es decir, hablo no solo a los sacerdotes seculares del clero diocesano, hablo y pido también a los religiosos, a las religiosas y personas consagras, hablo a los diáconos permanentes, hablo a los laicos y personas comprometidas con su fe; hablo a las Universidades de la Iglesia, la Católica San Vicente Mártir y la de inspiración cristiana Cardenal Herrera, profesores y alumnos; hablo a comunidades, singularmente a comunidades neocatecumenales; hablo al Seminario diocesano en sus tres sedes, de la Inmaculada, santo Tomás de Villanueva y san Juan de Ribera: se forma el sentido misionero de los sacerdotes en el seminario y esa formación va acompañada de la realización concreta participando en la misión. Hablo a todos y a todos pido, que cada uno, cada institución eclesial responda ante Dios a la llamada que Él hace a través de mediaciones.

A la obra evangelizadora, misionera, corresponde también la obra de promoción humana, de liberación integral, que es parte integrante del Evangelio, tan claramente dicho por el mismo Jesús en el capítulo 25 de San Mateo: así nos lo recuerda el Papa San Pablo VI en su Exhortación Apostólica sobre “la evangelización del mundo contemporáneo”, a los diez años de la clausura del Vaticano II; y lo mismo San Juan Pablo II en su Encíclica sobre la misión y las misiones, y así lo apreciamos también de tantas maneras, de palabra y obra, el Papa Francisco, sobre todo en su Exhortación “El Evangelio de la alegría”. Pero todos nos hablan de que la evangelización comporta ineludiblemente el anuncio explícito del Evangelio de la alegría y de la esperanza, Jesucristo, para hacer discípulos de Cristo siguiendo su mandato y envío misionero. Por eso, con qué buen criterio, me decían con fuerza los nativos o indígenas de estos Vicariatos, en Puerto Maldonado (Perú): “Les estamos esperando para que nos ayuden a ser cristianos, mejores cristianos, que lo demás ya lo haremos nosotros”. La multiplicación de sectas está haciendo verdadera mella en aquellas gentes; también aquellos Vicariatos necesitan capillas, lugares para el culto, para la reunión: a partir de aquí vendrá todo lo demás, la promoción humana y demás cosas. Por eso, desde aquí, me atrevo a pedir públicamente, por mi responsabilidad como Obispo, a Manos Unidas de nuestra diócesis que ayuden en esto con proyectos que sé que no están en los Estatutos suyos de Manos Unidas, pero que es también, y mucho, manifestación de la caridad. Y todo con la seguridad de que haciendo cristianos y posibilitando la vida cristiana, el culto a Dios y el hacer Iglesia, habremos colaborado en la mejor contribución al desarrollo social integral, de la persona humana, del bien común, porque es la base para la acción social y de desarrollo, para la caridad que mana de la fuente de la Eucaristía, de la Palabra de Dios y de la comunión con la Iglesia que se reúne y congrega en unidad en torno a la mesa de la Eucaristía y de la Palabra. No hay que olvidar que por encima de una norma está el mandato de la caridad, “no es el hombre para el sábado, sino el sábado para el hombre”, dijo el Señor.

5) Una Iglesia presente en el mundo

También una Iglesia presente en el mundo, con su responsabilidad propia en el mundo no puede estar ajena a los avatares de la política y de la sociedad en que vive: la formación de laicos para la vida pública es inaplazable, a eso nos ayudará la fase diocesana del Congreso Nacional del Laicado, que hemos de tomarnos con gran interés porque puede ser muy decisivo precisamente en estos momentos y porque la nueva evangelización depende en gran medida de los fieles cristianos laicos y está en sus manos.

Ahora, además, hemos sido convocados a elecciones generales (28 de abril), unidas el mismo día a las autonómicas, y luego ya locales y europeas (26 de mayo). No voy a señalar ninguna indicación de voto –¡Dios me libre!– pero sí que me remito a lo que he dicho en una declaraciones en PARAULA y que ahora, transcribo aquí: “Espero que contribuyan (estas elecciones) a clarificar la confusa y preocupante situación que atravesamos en España, por la que hemos de pedir todos los días”. Ruego que las leáis; os podrán ayudar. Elecciones libres, sin influencias de agentes externos a España y sin componendas al margen del bien común.

6) Reencuentro sacerdotal

Estamos, como ya sabéis y se ha repetido tantas veces, en continuar el proceso del “Reencuentro Sacerdotal”, una segunda etapa. Cuanto hagamos en favor de los sacerdotes es prioritario y así hemos de entenderlo. Repito, como tantas veces he dicho e insistido, que este reencuentro sacerdotal no será posible sin el reencuentro con Jesucristo de nosotros sacerdotes. Y el reencuentro con Él sabemos muy bien lo que entraña: oración, escucha y meditación de la Palabra de Dios, participación en la divina liturgia y entrar en lo que ella acontece, sacramento de la Penitencia que es donde está la renovación que Dios hace con nosotros, dirección espiritual, retiros, ejercicios espirituales, vida eucarística y de adoración… En definitiva, una vida que nos conduzca a la identificación con Jesucristo, una vida santa que no puede contentarse con una vida mediocre, medio secularizada y funcionarizada, preocupada sobre todo de nuestras acciones y menos atenta a la obra de la gracia divina. “¡No podemos contentarnos con menos que con ser santos!”, nos decía nuestro santo Arzobispo D. José María García Lahiguera, “apóstol de la santidad sacerdotal”. La figura de San Vicente Ferrer debería conducirnos al seguimiento de la vida santa de nuestro gran Patrono, que, ante todo y sobre todo, fue un santo, un gran santo, se identificó con Jesús y le siguió en el camino de las bienaventuranzas (cuando escribo esta carta es el domingo en el que hemos leído el Evangelio de las bienaventuranzas según San Lucas). Ése es el camino a seguir para encontrarnos con Cristo e identificarnos con Él, con su confianza total en el Padre Dios. Solo el identificarnos con Jesús nos hará capaces de la misión y de la obra evangelizadora que hoy nos toca muy directamente a nosotros sacerdotes, sólo siguiendo esta vía nos hará salir del aburrimiento, del tedio o de la acedia en nuestro ministerio, solo en ese encuentro que es seguimiento pleno y sin condiciones de Jesús nos hará vivir con nueva ilusión y reanudada alegría, ánimo y entusiasmo nuestro sacerdocio y presidir sirviendo –ir delante– a nuestras comunidades y fieles cristianos que se nos encomiendan. Una vida santa es el mejor y único antídoto a caídas de hermanos sacerdotes que lamentamos y lloramos y para los que pedimos la misericordia de Dios, que perdona siempre desde la cruz redentora. Una vida santa nos llevará además, al reencuentro con la Iglesia de la que algunas voces nos quieren separar o distanciar, y con los hermanos sacerdotes que tanto nos necesitamos mutuamente, no por corporativismo clerical sino por fraternidad sacramental que somos. Nos hará ser humildes y abiertos sin afectación de ningún tipo. Una vida santa nos hará vivir con gozo la comunión que es la Iglesia, y la comunión en el presbiterio diocesano del que forman parte enteramente los hermanos sacerdotes pertenecientes a congregaciones e institutos de vida consagrada. En todo esto insisto e insistiré mientras sea obispo vuestro, hermano y siempre amigo vuestro.

Pero a este reencuentro sacerdotal no deben estar ajenos los fieles cristianos laicos y personas consagradas. Han de ayudar y ayudarnos, sin duda alguna, con la adoración, con su colaboración, con su acogida y comprensión sin reticencia y sin influjo de noticias y noticias que nos llegan y son dolorosas sobre clérigos de diferentes niveles, pero que hay que situar en su extensión y verdad. ¡NECESITAMOS UNA IGLESIA SANTA Y PURIFICADA, SOBRE TODO LOS SACERDOTES!, acaba de decirnos el Papa Francisco.

7) Una Iglesia joven

Y como estrambote a estos seis puntos añado la atención a los jóvenes, que tanto gozo y alegría me han dado, han dado a toda la Iglesia, en el reciente encuentro de la Jornada Mundial de la Juventud con el Papa en Panamá. Hemos podido ver y palpar todos una Iglesia joven, llena de vitalidad, de esperanza, de alegría. Los jóvenes coreaban: “¡Esta es la juventud del Papa”, y en realidad estaban coreando “esta es la juventud de Jesucristo, la juventud de la Iglesia”, una Iglesia con vida, en la que ellos tienen su lugar, lugar que les hemos de reconocer y darles como ellos piden, y que son no solo futuro sino ya presente, presente o presencia de Dios que obra en ellos: acojámoslos y ayudémosles, comprendámoslos, escuchémoslos, que se sientan en la Iglesia como en su casa porque así es, su casa y su hogar, que tomen parte en los trabajos de evangelización de la Iglesia y tengan iniciativas en ella y sean atendidas. Toda la Iglesia diocesana de Valencia, especialmente nuestros jóvenes, habremos de implicarnos en la misión joven y en el Sínodo diocesano con los jóvenes y para los jóvenes como se pidió en una sesión del Consejo Diocesano de Pastoral.

8) Educación y Pastoral educativa

También, como un añadido a lo que os he escrito: Tengamos muy presente cuanto se refiere a la pastoral educativa, que, en estos momentos resulta fundamental e imprescindible en la obra de evangelización de niños, jóvenes, profesores, padres, instituciones educativas: evangelizar es contribuir y posibilitar que surja una humanidad nueva hecha de hombres y mujeres nuevos con la novedad de la verdad del Hombre que es Jesucristo, es enseñar un nuevo estilo de vivir conforme al Evangelio, conforme a Jesucristo. ¿No es esto educar? Hemos de implicarnos en la educación y la pastoral educativa. Un signo de la llamada de Dios hoy es que Él ha concedido a la diócesis de Valencia 69 colegios diocesanos y dos Universidades: la Universidad Católica San Vicente Mártir, estrictamente diocesana, y la Universidad Cardenal Herrera de la institución universitaria San Pablo-CEU perteneciente a la Asociación Católica de Propagandistas, una obra de la Iglesia, a las que hay que añadir los Colegios diocesanos y las escuelas Católicas de Congregaciones e Institutos de vida consagrada, y habría que añadir los profesores de religión y profesores cristianos que imparten docencia en centros de la Iglesia y en centros estatales y privados, con muchos miles de familias que han elegido y piden libremente para sus hijos estas enseñanzas, por derecho propio y amparados en la Constitución. Esta inmensa riqueza y presencia eclesial de nuestra diócesis valenciana en el ámbito de la enseñanza, escolar, es, sin duda, un signo de Dios que no podemos dejar de advertir y secundar: algo o mucho nos está diciendo Dios. Por esto, entre otros motivos y tras un número significativo de reuniones y preparación, medida y sopesada, se ha convocado una gran campaña que todos conocéis: #YOELIJO, en favor de la libertad de enseñanza, de una enseñanza en liberad, de una educación integral para todos, que elijan libremente para sus hijos los padres –primeros y principales responsables de la educación de los hijos, todos los demás somos subsidiarios, incluidos la Iglesia y el Estado– conforme a sus convicciones morales y religiosas. Ante las amenazas que hay para esto, al tratar de imponer un pensamiento único o de cercenar la libertad en educación, se ha creado una plataforma, que promueve la citada Campaña, integrada por los Obispos de Segorbe-Castellón, de Orihuela-Alicante y de Valencia, por los respectivos delegados de Enseñanza de las tres diócesis, de las dos Universidades de la Iglesia en nuestra Región, de los colegios de la Escuela Católica en Valencia, incluidos los diocesanos de las tres diócesis, la FCAPA, y algunos sindicatos. Pido la adhesión y la firma vuestra a esta Campaña por la libertad. La Iglesia está comprometida con la libertad: esto también es evangelizar.

Por último, os pido a todos que recemos por Venezuela para que encuentre y recupere la libertad y las libertades, la paz y la ayuda humanitaria, también la nuestra, que les ayude en su miseria, ayuda humanitaria que está siendo impedida por el régimen dictatorial y tiránico que oprime a aquella nación hermana y tan querida y a sus gentes, con las que nos sentimos tan cercanos y solidarios. Y, además, después de haber escuchado al Papa Francisco en su importantísimo discurso de conclusión del Encuentro sobre “la Protección de los Menores en la Iglesia”, hemos de llevar a cabo diocesanamente el estudio de este documento para llevarlo a cabo entre nosotros, de manera especial con la oración que expulse a Satán de nuestro mundo en el que tantísimo mal, verdaderos estragos, hace; pero de esto dirigiré posteriormente unas reflexiones que nos hagan avanzar en una Iglesia, purificada, santificada y santificadora, enviada a arrojar al abismo al príncipe de la mentira, Satán.

Y no puedo acabar sin mencionar que acabamos de celebrar la fiesta del que fue santo Arzobispo de Valencia al final del siglo XIX y comienzos del XX, el Beato Ciriaco María Sancha y Hervás, pastor conforme al corazón de Dios, padre de los pobres, fundador del catolicismo social, misionero, hombre de la unidad y la comunión en la Iglesia, servidor de todos sin excluir a nadie: que él nos ayude a llevar a cabo, como Dios quiere, cuanto os he dicho en esta carta.
Muchas gracias a todos. Me han salido más puntos de los previstos, pero todos son necesarios. Con mi bendición, mi oración y afecto para todos. Rezad por mí, como yo rezo por todos vosotros.

+ Card. Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo de Valencia

Card. Antonio Canizares
Acerca de Card. Antonio Canizares 164 Artículos
Emmo. y Rvmo. Sr. Antonio CAÑIZARES LLOVERAEl Cardenal Antonio Cañizares, nombrado el 28 de agosto de 2014 por el papa Francisco arzobispo de Valencia, nació en la localidad valenciana de Utiel el 15 de octubre de 1945. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario diocesano de Valencia y en la Universidad Pontificia de Salamanca, en la que obtuvo el doctorado en Teología, con especialidad en Catequética. Fue ordenado sacerdote el 21 de junio de 1970.Los primeros años de su ministerio sacerdotal los desarrolló en Valencia. Después se trasladó a Madrid donde se dedicó especialmente a la docencia. Fue profesor de Teología de la Palabra en la Universidad Pontificia de Salamanca, entre 1972 y 1992; profesor de Teología Fundamental en el Seminario Conciliar de Madrid, entre 1974 y 1992; y profesor, desde 1975, del Instituto Superior de Ciencias Religiosas y Catequesis, del que también fue director, entre 1978 y 1986. Ese año, el Instituto pasó a denominarse «San Dámaso» y el Cardenal Cañizares continuó siendo su máximo responsable, hasta 1992. Además, fue coadjutor de la parroquia de "San Gerardo", de Madrid, entre 1973 y 1992. Entre 1985 y 1992 fue director del Secretariado de la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe de la Conferencia Episcopal Española.Creado Cardenal en marzo de 2006El papa Juan Pablo II le nombró Obispo de Ávila el 6 de marzo de 1992. Recibió la ordenación episcopal el 25 de abril de ese mismo año. El 1 de febrero de 1997 tomó posesión de la diócesis de Granada. Entre enero y octubre de 1998 fue Administrador Apostólico de la diócesis de Cartagena. El 24 de octubre de 2002 fue nombrado Arzobispo de Toledo, sede de la que tomó posesión el 15 de diciembre de ese mismo año. Fue creado Cardenal por el Papa Benedicto XVI en el Consistorio Ordinario Público, el primero de su Pontificado, el 24 de marzo de 2006.Cargos desempeñados en la CEE y en la Santa SedeEn la Conferencia Episcopal Española ha sido vicepresidente (2005-2008), miembro del Comité Ejecutivo (2005-2008), miembro de la Comisión Permanente (1999-2008), presidente de la Subcomisión Episcopal de Universidades (1996-1999) y de la Comisión Episcopal de Enseñanza y Catequesis (1999-2005).El Papa Juan Pablo II lo nombró miembro de la Congregación para la Doctrina de la Fe el 10 de noviembre de 1995. El 6 de mayo de 2006, el Papa Benedicto XVI le asignó esta misma Congregación, ya como Cardenal. También como Cardenal, el Papa le nombró, el 8 de abril de 2006, miembro de la Comisión Pontificia “Ecclesia Dei”.El Cardenal Cañizares ha sido fundador y primer Presidente de la Asociación Española de Catequetas, miembro del Equipo Europeo de Catequesis y director de la revista Teología y Catequesis.Es miembro de la Real Academia de la Historia desde el 24 de febrero de 2008.Igualmente, el Papa nombró al Cardenal Cañizares Prefecto de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos en diciembre de 2008.De otro lado, el cardenal fue nombrado en 2010 “Doctor Honoris Causa” por la Universidad Católica de Valencia “San Vicente Mártir” (UCV) Nombrado Arzobispo de Valencia el 28 de agosto de 2014.Tomó posesión de la Archidiócesis el 4 de octubre de 2014