Las tentaciones de Jesús en el desierto

Mons. Enrique Benavent           Cada año al comenzar la Cuaresma, la liturgia de la Iglesia nos presenta el episodio de las tentaciones que el Señor sufrió y venció durante su estancia en el desierto, adonde fue conducido por el Espíritu antes de comenzar su ministerio público en Galilea. Podemos imaginar que fue un tiempo que Jesús dedicó únicamente a encontrarse con el Padre hasta el punto de olvidarse totalmente de sí mismo, ayunando durante cuarenta días.

Por ello este texto evangélico, escuchado al principio de la Cuaresma, es en primer lugar una llamada a profundizar en el sentido del ayuno que la Iglesia nos invita a intensificar en este tiempo litúrgico: estamos sometidos a un ritmo de vida que nos lleva a estar tan pendientes de nosotros mismos y de nuestros deseos, que fácilmente nos olvidamos de Dios. Siguiendo el ejemplo del Señor en el desierto, la Cuaresma es una exhortación a cambiar esta orientación que la cultura actual imprime en nuestra vida, a que estemos tan pendientes de Dios que no temamos olvidarnos de nosotros mismos.

En este momento crucial de la vida del Señor, descubrimos que se encuentra ante unos interrogantes de cuya respuesta depende la orientación que dará a todo su camino posterior: ¿Qué ha venido a traer a nuestro mundo? ¿Consiste su misión en satisfacer las necesidades materiales inmediatas de la humanidad, apartando a Dios del horizonte de la vida de los hombres como algo que en el fondo es ilusorio, o en traer precisamente a ese Dios como fundamento de una humanidad verdaderamente nueva? ¿Cómo lo debe hacer? ¿Debe confiar en la gloria que le daría el poder del mundo o en la fama que le proporcionaría una manifestación milagrosa de su divinidad como esperaban los israelitas de su tiempo?

El hecho de que Jesús venciera en las tentaciones nos indica que ante el dilema entre fidelidad y éxito, escogió el camino de la fidelidad, tanto en lo referente al contenido de su misión -que no consistía en alimentar de pan a la humanidad sino en ofrecerle la posibilidad de encontrarse con Dios- (primera tentación), como en el modo de realizarla, renunciando a asegurarse el éxito por medio del poder y la gloria del mundo (segunda y tercera tentación).

Este episodio de la vida de Jesús nos debe ayudar en el tiempo de Cuaresma a no olvidar que la vida del cristiano siempre tendrá la forma de un combate. San Agustín, en uno de sus sermones, afirma: “En el mundo (dice el Señor) tendréis luchas. De dos maneras ataca el mundo a los soldados de Cristo: los halaga para seducirlos, los atemoriza para doblegarlos” (sermón 276). En el desierto Jesús no se dejó seducir por el diablo, ni por lo que le prometía si le adoraba: el poder y la gloria (de todos los reinos del mundo). Entre la fidelidad a la vocación a la santidad que hemos recibido en el bautismo y la admiración que el poder, la riqueza y la gloria despiertan, no caigamos en la tentación de pensar que en la Iglesia la eficacia y el éxito dependen de todo eso. Si caemos en esa tentación estamos, en palabras del papa Francisco, ante una Iglesia mundanizada, que ha olvidado que su presente y su futuro dependen de la fidelidad de todos y cada uno de los cristianos a la llamada a la santidad.

Con mi bendición y afecto.

+ Enrique Benavent Vidal
Obispo de Tortosa

Mons. Enrique Benavent Vidal
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Nació el 25 de abril de 1959 en Quatretonda (Valencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Diocesano de Moncada (Valencia), asistiendo a las clases de la Facultad de Teología “San Vicente Ferrer” donde consiguió la Licenciatura en Teología (1986). Es Doctor en Teología (1993) por la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Recibió la ordenación sacerdotal en Valencia de manos de Juan Pablo II el 8 de noviembre de 1982, durante su primera Visita Apostólica a España. CARGOS PASTORALES En su ministerio sacerdotal ha desempeñado los cargos de: coadjutor de la Parroquia de San Roque y San Sebastián de Alcoy (provincia de Alicante y archidiócesis de Valencia) y profesor de Religión en el Instituto, de 1982 a 1985; formador en el Seminario Mayor de Moncada (Valencia) y profesor de Síntesis Teológica para los Diáconos, de 1985 a 1990; y Delegado Episcopal de Pastoral Vocacional, de 1993 a 1997. Durante tres años, de 1990 a 1993, se trasladó a Roma para cursar los estudios de doctorado en la Pontificia Universidad Gregoriana. Es profesor de Teología Dogmática en la Facultad de Teología “San Vicente Ferrer” de Valencia”, desde 1993; profesor en la Sección de Valencia del Pontifico Instituto “Juan Pablo II” para Estudios sobre Matrimonio y Familia, desde 1994; Director del Colegio Mayor “S. Juan de Ribera” de Burjassot-Valencia, desde 1999; Decano-Presidente de la Facultad de Teología “San Vicente Ferrer” de Valencia, desde 2004, y Director de la Sección Diócesis de la misma Facultad, desde 2001; además, desde 2003, es miembro del Consejo Presbiteral. Fue nombrado Obispo Auxiliar de Valencia el 8 de noviembre de 2004. El 17 de mayo de 2013 el Papa Francisco le nombró Obispo de Tortosa. OTROS DATOS DE INTERÉS En la CEE, desde 2008 es miembro de la Comisión Episcopal para la Doctrina de la fe y desde 2005 de la de Seminarios y Universidades.