Pablo VI ante la violencia

Pablo VI mostró a lo largo de su Pontificado una fuerte preocupación por el modo en que la violencia amenazaba la estabilidad y el progreso de los pueblos y por el papel que la Iglesia debía jugar en medio de esta realidad.

En numerosas ocasiones, sus enseñanzas giraron en torno a la propuesta del ideal de la paz universal y del rechazo a toda forma de violencia. La importancia que le dio al tema fue tal, que la búsqueda de la paz constituyó uno de los ejes de su Pontificado. Su postura quedó expresada en diferentes escritos y también se materializó en algunos gestos que resultaron profundamente novedosos para su época. Cabe destacar, por ejemplo, el hecho de haber sido el primer Papa en pronunciar un discurso ante la Asamblea General de las Naciones Unidas en 1965 ─con el conflicto de la guerra de Vietnam como telón de fondo─ o el interés que mostró para que el Vaticano participara como Estado en la Conferencia sobre la seguridad y cooperación en Europa celebrada en Helsinki (1973-75).

La violencia solo engendra más violencia

Descubrimos en sus encíclicas y discursos la necesidad del advenimiento de la paz y una crítica dolorosa a la dinámica que engendra violencia. Para comprender sus enseñanzas, es importante recordar el doble trasfondo en el que se encuadran: por un lado, el ambiente histórico en que le tocó vivir; por otro, su fidelidad al Evangelio. Respecto al contexto histórico, Pablo VI se hizo eco de la realidad en la que se encontraban numerosas naciones en Asia y África tras la descolonización; conocía de primera mano la inestabilidad que la Guerra Fría había instalado en Europa y no obvió el debate que estaba surgiendo en América Latina acerca de la conveniencia o no de responder con violencia a las situaciones de opresión, injusticia y falta de libertad que estaban provocando el empobrecimiento de pueblos enteros. Además, la comprensión de estas realidades a la luz del Evangelio, le llevó a asumir no solo la radicalidad de su mensaje sino a conocer también cómo el camino por la paz no se construía con palabras fáciles sino que conllevaba en muchas ocasiones un largo camino de cruz.

Numerosas son las referencias que hizo al tema de la violencia. Si bien en la Encíclica Populorum Progressio (1967) se encuentra su mensaje más profético, su intervención en Medellín en 1968 o el modo en que asume el trabajo por la paz dentro de la tarea evangelizadora de la Iglesia en Evangelii Nuntiandi (1975) muestran también importantes líneas de su pensamiento. A partir de sus escritos, destacamos dos cuestiones especialmente significativas:

En primer lugar, cabe subrayar que mostró un rechazo explícito a cualquier forma de violencia o de muerte como camino de liberación. Lo considera un camino ineficaz, que solo engendra más violencia, opresión y esclavitud. Señala explícitamente que “los cambios bruscos o violentos de las estructuras serán engañosos, ineficaces en sí mismos y ciertamente no conformes con la dignidad del pueblo”. Para la ética cristiana, la violencia es la última opción, solo justificable “en caso de tiranía evidente y prolongada, que atentase gravemente contra los derechos fundamentales de la persona y damnificase peligrosamente el bien común del país”. Rechazó así aliarse con quienes la consideraban un ideal noble y afirmó que toda respuesta violenta no sería más que un mal mayor que aquel que se quería combatir. Esto no evitó que manifestara a su vez un reconocimiento de las situaciones de injusticia en las cuales la tentación de la violencia emergía con fuerza: “Es cierto que hay situaciones cuya injusticia clama al cielo”. Impedir la revolución violenta, para Pablo VI, no evitaba el tener que afrontar estas situaciones, denunciar las injusticias y combatirlas; pero sabiendo que la no violencia sería la que contribuiría de forma decisiva a generar esos cambios indispensables.

Justicia y desarrollo, garantía de paz

En segundo lugar, consideraba que la consecución de la paz estaba estrechamente vinculada a la dimensión humana del progreso: “la paz no se reduce a una ausencia de guerra (…) se construye día a día, en la instauración de un orden querido por Dios, que comporta una justicia más perfecta entre los hombres”. Esta relación entre el progreso y la paz le llevó a afirmar que “el desarrollo es el nuevo nombre de la paz”. Los difíciles equilibrios internacionales encontraban su verdadera amenaza en las desigualdades sociales que provocaban rencor, resentimiento y desconfianza. Un desarrollo integral que alcanzara a toda la humanidad era para Pablo VI garante de estabilidad y de paz.

La paz aparece así en su el pensamiento como una realidad nueva que no se establece tan solo por un mero equilibrio de fuerzas. Conlleva la renuncia a la violencia, la defensa de los derechos humanos, el progreso y el desarrollo de todos los pueblos y, por ello, va unida a una postura crítica ante sistemas y estructuras que encubren y favorecen las desigualdades y las injusticias.

Ana Rodríguez Láiz, Profesora del Máster Universitario de DSI (UPSA)

(Fundación Pablo VI)

Agencia SIC
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