Urgencia en anunciar a Cristo

Mons. Brau­lio Ro­drí­guez              Pienso que en el momento actual urge mucho anunciar a Jesucristo y su Evangelio. Quienes intentamos vivir la fe cristiana, y nos preocupa que nuestros contemporáneos se encuentren con el Señor, hemos de dejar nacer a Cristo en nuestra sociedad y que su Espíritu se desarrolle de manera que este nacimiento de Jesús en la Iglesia y en las almas pueda ser reconocido y percibido en toda su riqueza y en el mundo ambiguo de creencias, de búsquedas de paz efímeras y de deseos de tener energías nuevas.

Hablemos, pues, de Cristo, el Señor como de Alguien a quien conocemos bien y no de oídas; en quien confiamos porque nos fiamos de Él; con quien contamos en el caminar de la vida; a quien amamos porque le hemos encontrado nosotros mismos y, por ello, podemos mostrarlo con su ayuda naturalmente. Nuestra fe no es abstracta, no creemos en cosas raras, ni en maravillosísmos. Creemos a Cristo, Hijo de Dios e Hijo del Hombre, amigo en el camino de la vida, porque Él es el Camino y la Verdad y la Vida. Necesitan nuestros contemporáneos que les mostremos que nuestra vida no tiene sentido sin Cristo.

Nosotros tenemos que estar convencidos de que podemos meditar y hablar siempre de las cosas de Dios en la vida diaria, estando en casa. Por la palabra “casa” podemos entender la Iglesia o, también, nosotros mismos. Pero hablemos siempre de Él con palabras y obras. Urge proclamar: Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios vivo. Es Él quien nos ha revelado al Dios invisible, de modo que lo invisible de Cristo es Dios Padre y lo visible de Dios Padre es el Hijo. Y Él es “el primogénito de toda criatura, en el que todo se mantiene”.

Por eso, no podemos hablar de Cristo de cualquier manera: hemos de sentir la necesidad de anunciarlo, y no callar su grandeza: “Ay de mí- dice san Pablo- si no evangelizo” (1Cor 9, 16). Yo debo confesar su nombre y lo que significa: Jesús es Cristo, Hijo de Dios vivo. Él es el centro de la historia y del mundo; Él es el que nos conoce y nos ama de manera increíble; Él es el compañero y amigo de nuestra vida, en las penas y las alegrías; Él es el hombre del dolor, asumido por nosotros y que trae la esperanza. Nunca terminaría de hablar de Él, confesó san Pablo VI en una memorable homilía en el “Quezon Circle” de Manila en 1970, pues es la luz, es la vida. Él es el pan, la fuente de agua vida que sacia nuestra hambre y nuestra sed.

¿Puede Cristo ser también el que puede incluso resolver los problemas prácticos y concretos de la vida presente, y valer para dirigir mi vida cuando se encuentra en situaciones cruciales? ¿Qué puede hacer por nosotros en esas circunstancias? Con otras palabras, ¿puede la concepción cristiana de la vida, que surge de la fe en Cristo, inspirar una verdadera renovación social en mí y en la sociedad en la que vivimos? ¿Podrá ajustarse esa forma de ver las cosas desde Cristo a las exigencias de la vida moderna, y favorecer el progreso y el bienestar para todos? Son muchas preguntas sin duda, pero un discípulo de Cristo puede responder afirmativamente que Él puede ser salvación incluso en el nivel terreno y humano de la vida práctica de cada día, aunque esto suponga remar contracorriente.

Hay que subrayar, no obstante, que Cristo promulga perennemente su gran mandamiento del amor, que es su mandamiento nuevo: “Amamos unos a otros como yo os he amado” (Jn 13, 34-35). En este sentido, no existe ningún fermento social más fuerte y mejor que este mandamiento de Cristo para poner en movimiento energías morales incomparables para denunciar todo egoísmo, toda injusticia, toda tardanza y todo olvido de intentar solucionar o paliar las necesidades de los otros. Él ha proclamado la igualdad y la fraternidad de todos los hombres, basada en la paternidad sobre nosotros de su Padre, que Jesús nos ha desvelado. ¿Qué esperamos, pues, hermanos para anunciar y poner en práctica este mandamiento nuevo de Jesús que cambiar las relaciones entre los hombres y mujeres?

 

+Braulio Rodríguez Plaza

Arzobispo de Toledo, Primado de España

Mons. Braulio Rodríguez
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Don Braulio Rodríguez Plaza nació en Aldea del Fresno (Madrid) el 27 de enero de 1944. Estudió en los Seminarios Menor y Mayor de Madrid. En 1973 obtuvo la Licenciatura en Teología Bíblica en la Universidad Pontificia de Comillas. En 1990 alcanzó el grado de Doctor en Teología Bíblica por la Facultad de Teología del Norte, con sede en Burgos. Ordenado presbítero en Madrid, el 3 de abril de 1972. Entre 1984 y 1987 fue miembro del Equipo de Formadores del Seminario Diocesano de Madrid. Fue nombrado obispo de Osma-Soria el 13 de noviembre de 1987, siendo ordenado el 20 de diciembre. En 1995 fue nombrado obispo de Salamanca. El 28 de agosto de 2002 se hizo público su nombramiento por el Santo Padre como arzobispo de Valladolid. Benedicto XVI lo nombró Arzobispo electo de Toledo, tomando posesión de la Sede el día 21 de junio de 2009. Es el Arzobispo 120 en la sucesión apostólica de los Pastores que han presidido la archidiócesis primada.