Salir a la calle

Mons. Francisco Conesa           Las puertas de la Iglesia tienen que estar abiertas, pero no sólo para que los demás puedan entrar, sino para salir nosotros por ellas. Nuestras comunidades cristianas tienen la tendencia de cerrarse en sí mismas. Ciertamente las puertas cerradas nos dan seguridad pues en el interior de la comunidad se está más cómodo que a la intemperie. Pero es muy peligroso cerrar las puertas, porque cuando una comunidad cristiana no sale a proclamar lo que vive, el aire se vuelve irrespirable y la fe se acaba asfixiando. Si se cierra en sí misma, la Iglesia se anquilosa, porque ella existe para evangelizar. Hay que salir a la calle a buscar a la gente y conocer las personas por su nombre.

Para poder realizar esto considero que son muy importantes dos cosas. La primera es ser conscientes de que quien tiene que salir a la calle no es sólo el obispo o los sacerdotes, sino todo el pueblo de Dios, y muy especialmente los laicos. Somos todos los cristianos los que tenemos que cruzar el umbral de las iglesias y pisar la calle. Esto requiere crecer en el sentido de co-responsabilidad. Aunque en los últimos años se ha progresado mucho en la colaboración entre sacerdotes y seglares, desgraciadamente el clero sigue pensando que la parroquia es cosa suya y los seglares siguen pensando que la parroquia es cosa del cura. Si no cambiamos de mentalidad, no podremos salir de nuestras pequeñas disputas internas. El laico es tan responsable como el sacerdote del anuncio del Evangelio, aunque ambos tienen vocaciones y ministerios distintos. Todos somos “discípulos misioneros” y hemos de trabajar en comunión. Seremos Iglesia de puertas abiertas si sabemos dejar de lado las comodidades, abandonar las seguridades y salir a la calle.

La segunda cosa necesaria es tomar conciencia de que el lugar propio de los laicos es el mundo, es decir, las realidades como la familia, la escuela, la política, el arte o los medios de comunicación social. Existe en el laicado una tendencia a reducir su acción al interior de la comunidad cristiana, pero lo verdaderamente importante es que el laicado actúe en el mundo. La vocación propia del laico es vivir su fe en su quehacer cotidiano, con las responsabilidades que tiene como cristiano en la vida pública.

Hemos de convencernos de que abrir las puertas no es una opción entre otras sino que en ello está en juego nuestra fidelidad a Jesucristo. Sólo podemos ser cristianos si nos sentimos enviados por Él. El amor a Cristo, la intimidad con Él, nos conduce a la misión. El Papa dice que “la intimidad con Jesucristo es una intimidad itinerante” (EG 23), porque la fe en Cristo nos pone en camino hacia los demás. Sólo hay una cosa que debe preocuparnos: “que tantos hermanos nuestros vivan sin la fuerza, la luz y el consuelo de la amistad con Jesucristo, sin una comunidad de fe que los contenga, sin un horizonte de sentido y de vida” (EG 49). ¿Sentimos de verdad todos los cristianos esta inquietud?

 

+ Francisco Simón Conesa Ferrer

Obispo de Menorca

Mons. Francisco Conesa Ferrer
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Rector de la Basílica de Santa María de Elche desde 2014 Francisco Simón Conesa Ferrer nació en Elche el 25 de agosto de 1961. Cursó estudios eclesiásticos en el seminario diocesano y fue ordenado sacerdote el 29 de septiembre de 1985. Es doctor en Teología (1994) y en Filosofía (1995) por la Universidad de Navarra. Su ministerio sacerdotal lo ha desarrollado en la diócesis de Orihuela-Alicante, donde ha desempeñado los siguientes cargos: vicario parroquial de la parroquia ilicitana de Nuestra Señora del Carmen (1985-1987), de la Inmaculada de San Vicente del Raspeig (1994-1996) y de Nuestra Señora de Gracia de Alicante (1997). Desde 1998 al 2014 fue el vicario general de la diócesis. En la actualidad es profesor del seminario diocesano, donde imparte Filosofía del Lenguaje y Teología Fundamental, desde 1992; profesor asociado de la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra, desde 1994; canónigo magistral de la Catedral de Orihuela, desde 2001; y rector de la Basílica de Santa María de Elche, desde 2014. Fue nombrado prelado de honor de su Santidad en el año 2012.