Justicia o misericordia (I)

Mons. Agus­tí Cor­tés             Casi cada día vivimos el conflicto entre las exigencias de la justicia (derechos, delitos, juicios, sanciones, etc.) y la llamada a la misericordia (reconciliación, perdón, nuevas oportunidades, etc.) El momento actual que vive la Iglesia es en este sentido particularmente agudo y difícil.

Los papas Juan Pablo II y Benedicto XVI subrayaron que no existe contradicción entre la justicia y el amor misericordioso, ya que éste supone aquella y, en cierto sentido, es su plenitud. Esto es verdad. Pero en la práctica, sobre todo en el terreno civil y público, el conflicto está muy vivo y no encuentra fácil solución. Todos tienen claro que el delito ha de ser castigado y las víctimas han de recibir justa reparación. Ahí está el derecho penal como verdadero logro de la civilización.

La mayoría de las personas que se mueven en el mundo de la economía (es decir, todos nosotros de una u otra forma), de los negocios o de la política, están convencidas de que uno no puede ir por la vida inocentemente, enarbolando la bandera del amor más perfecto. El amor más perfecto, según lo entendemos los cristianos con el Evangelio en la mano, echaría por la borda cualquier empresa, haría fracasar las relaciones económicas, incluso desharía el equilibrio de poder que sostiene la tranquilidad social…

Aunque no se diga abiertamente, es común la opinión de que los grandes mensajes sobre el amor fraterno, que encontramos en el Evangelio, son “exageraciones” (“maximalismos”). Serían recomendaciones válidas solo para la intimidad de la conciencia, o quizá para una elite de elegidos, pero no servirían como pauta de conducta para la vida cotidiana de la gente normal. Para algunos estas llamadas a un amor perfecto no serían sino razones para no creer en el cristianismo, como una doctrina que fomentaría la debilidad y el idealismo ingenuo contrario al progreso (en el sentido del ateísmo del filósofo F. Nietzsche).

¿Sería posible una civilización en la que cualquier delito fuera perdonado, no se exigiera la devolución de los préstamos, todo se diera gratis, no existiera la policía ni los jueces, fuera atendida cualquier petición aun sin derecho… y todos se sintieran igualmente perdonados y amados?

Dentro del marco de una Iglesia en plena renovación conciliar el Papa Pablo VI promovió y difundió la llamada a implantar “la civilización del amor”. Se trataba de una invitación a construir una nueva civilización, en la que todos los entresijos de la cultura, de los sistemas de producción, de la política, del ocio, de las relaciones familiares e internacionales, etc., estuvieran impregnados del amor. La voz del Papa quería así dar una respuesta al desafío de una civilización que sufría una profunda crisis de humanidad.

En novelas, obras de teatro, óperas y películas no es difícil hallar argumentos semejantes, que viene a resumirse en este triste lamento: “En esta tierra nuestra no es posible el amor”.

¿Es así realmente? Buen argumento para una oración ante Jesucristo, llevando en el corazón la vida propia y de la Iglesia.

 

+ Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat

Mons. Agustí Cortés Soriano
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Nació el 23 de octubre de 1947 en Valencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Valencia. Se licenció en teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. En 1993 se doctoró en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Fue ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1971. En su ministerio sacerdotal, entre 1972 y 1974, fue vicario en Quart de Poblet; de 1973 a 1984, capellán del Colegio San José de la Montaña de Valencia; de 1974 a 1976, párroco de Quart de Poblet y profesor en la Instituto Luis Vives de Valencia; de 1976 a 1978, director del Secretariado Diocesano de Pastoral Juvenil; el año 1978, vicario de San Antonio de Padua de Valencia; de 1978 a 1984, secretario particular del que entonces era arzobispo de Valencia, Mons. . Miguel Roca Cabanellas; de 1986 a 1997, rector del Seminario Metropolitano de Valencia; de 1997 a 1998, canónigo penitenciario de la catedral de Valencia, y entre 1990 y 1998, profesor de teología en la Facultad Teológica, en el Instituto Teológico para el matrimonio y la Familia y al Instituto de Ciencias Religiosas de Valencia. Fue nombrado obispo de Ibiza el 20 de febrero de 1998 y recibió la ordenación episcopal el 18 de abril de 1998. El 12 de septiembre de 2004 inició su ministerio como primer obispo de la diócesis de Sant Feliu de Llobregat, en la catedral de San Lorenzo de Sant Feliu de Llobregat. En la CEE es vicepresidente de la Comisión episcopal de seminarios y Universidades y presidente de la Subcomisión de Universidades. En la Conferencia Episcopal Tarraconense es el obispo delegado de la Pastoral Familiar y, desde la reunión de los obispos catalanes el pasado 30 de septiembre y 1 de octubre de 2008, encargado del Secretariado Interdiocesano de Pastoral de Santuarios, peregrinaciones y turismo de Cataluña y las Islas.