Amor a los enemigos

Mons. Gerardo Melgar              Los seguidores y discípu­los de Jesús tenemos una enseña clara que nos debe distinguir: el amor de unos a otros como Él nos ha amado. Así quiso Jesús que fuera su mandamiento nuevo y que en ello conozcan los demás que somos discí­pulos suyos.

Este mandamiento nuevo lo cum­plieron al pie de la letra los cristianos de la primitiva comunidad, de tal manera que todo el que les contem­plaba espontáneamente se sorpren­día.

El amor es algo que tenemos que vivir pero lo hacemos entre personas que somos débiles y con defectos y a veces fallamos y en vez de amarnos hacemos algo que les gusta a los de­más o los demás hacen algo que no nos gusta a nosotros; por eso es ne­cesario que ese amor que Cristo nos mandó lo sepamos y logremos expre­sar a través del perdón a quienes nos hacen algo que no nos gusta o que nos ofende.

Esto quiere decir que el amor en nuestra vida de convivencia, de re­lación de unos con otros, hemos de traducirlo en perdón. Por eso Jesús en el evangelio este domingo nos ha­bla del perdón, pero además no solo del perdón a los que son próximos a nosotros y nos quieren y que a veces fallan, sino también el perdón a los que no nos quieren bien, a nuestros enemigos.

Este mandato de Jesús, Él lo cum­ple radicalmente, de tal manera que incluso en aquel momento de morir, cuando le están crucificando y le ele­van en la cruz, una de sus últimas pa­labras van a ser estas: «Padre, perdó­nalos, porque no saben lo que hacen» (Lc 23, 34).

El Señor sabe que el perdón no es fácil para nosotros, y mucho menos a los enemigos, a los que no nos quie­ren bien, a los que conscientemente quieren que nos sintamos ofendidos. Por eso Jesús nos explicita la necesi­dad de amar a todos y, especialmen­te, a los que nos ofenden, porque esa es la verdadera distinción del cristia­no de todos los demás que no creen: «Y si hacéis bien solo a los que os hacen bien, ¿qué mérito tenéis? Tam­bién los pecadores hacen lo mismo» (Lc 6, 33).

Aunque nos cueste, hemos de po­ner todo nuestro esfuerzo en lograr­lo, en lograr que en nuestro corazón no exista ni odio, ni rencor, ni siquie­ra distancia. Si no, ya podemos te­nernos por muy seguidores de Jesús, pero si, en nuestro corazón, en vez de amor dejamos que anide el odio o el rencor o la guardia de distancia con alguien, no estamos cumpliendo el mandamiento del Señor. San Juan nos dice que «Si alguno dice: “Amo a Dios”, y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve» (1 Jn 4, 20).

Cuando somos capaces de per­donar, de quitar un odio de nuestro corazón; cuando somos capaces de no guardar rencor a nadie sino que le perdo­namos en nuestro corazón; cuando en definitiva, somos capaces de ofrecer el perdón y acercarnos a alguien que nos ha ofendido y nos mantenía alejados de él; entonces nos sentimos más fe­lices, más dichosos, más a gusto con nosotros mismos porque no tenemos que estar siempre demostrándonos a nosotros mismos y a los demás que les odiamos o les guardamos ren­cor. Nos acercamos a ellos para de­mostrarles que no tenemos nada en contra de ellos. Así nos sentimos mu­chos mejor, mucho más a gusto con nosotros mismos.

El odio, el rencor y la falta de perdón no nos permite ser felices ni sentirnos bien, sin embargo, cuando somos capaces de perdonar y perdo­namos, entonces nos sentimos mu­cho mejor.

Vivamos esta experiencia del per­dón de alguien que nos ha ofendido y que hemos tenido o tenemos por nuestro enemigo. Veremos cómo nos sentimos con el alma mucho más en paz, porque además de no dejar que el odio o el rencor o la falta de per­dón aniden en nosotros, el perdón nos hará sentir que estamos más cer­ca del Señor, que nos ha mandado amar a nuestros enemigos y hacer el bien a los que nos ofenden.

 

+ Gerardo Melgar

Obispo de Ciudad Real

Mons. Gerardo Melgar
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Mons. Gerardo Melgar Viciosa nació el 24 de Septiembre de 1948 en Cervatos de la Cueza, Provincia y Diócesis de Palencia. Cursó la enseñanza secundaria (años de Humanidades) en el Seminario Menor Diocesano de Carrión de los Condes y los estudios de Filosofía y Teología en el Seminario mayor de San José de Palencia. Fue ordenado sacerdote el 20 de Junio de 1973 por el entonces Obispo de la sede palentina, Mons. Anastasio Granados García. Fue nombrado Párroco -de 1973 a 1974- al servicio de las parroquias de Vañes, Celeda de Roblecedo, San Felices de Castillería, Herreruela de Castillería y Polentinos. Al terminar ese curso pastoral, fue enviado a Roma, donde estudió Teología en la Universidad Gregoriana, licenciándose en Teología Fundamental el 14 de junio de 1976. A su regreso a Palencia fue nombrado Coadjutor de la parroquia de San Lázaro de la capital palentina durante un año. En 1977, y hasta 1982, desempeñó el cargo de Formador y Profesor del Seminario Menor Diocesano en Carrión de los Condes, del que sería, más tarde, Rector (1982-1987). En 1983 fue nombrado miembro del equipo de Pastoral Vocacional de la Delegación Diocesana de Pastoral Juvenil y Vocacional. Al dejar el Seminario de Carrión de los Condes fue destinado, como Vicario Parroquial, a la Parroquia de San José de Palencia durante seis años (de 1987 a 1993). En 1993 fue elegido por Mons. Ricardo Blázquez Pérez para desempeñar el oficio de Vicario Episcopal de Pastoral de la Diócesis palentina, cargo en el que permanecería hasta 1998. También durante diez años (de 1995 a 2005), fue Párroco solidario de la Parroquia de San José Obrero y Coordinador de la Cura pastoral de la misma, miembro del Colegio Diocesano de Consultores (1995-2000) y vocal, por designación del Sr. Obispo, del Consejo Presbiteral Diocesano (2001-2005). En el año 2000 fue nombrado Delegado Diocesano de Pastoral Familiar hasta que, en 2005, Mons. Rafael Palmero Ramos lo eligió para desempeñar el cargo de Vicario General de la Diócesis. De 2004 a 2005 fue, además, confesor ordinario del Seminario Menor Diocesano “San Juan de Ávila” así como, de 2005 a 2008, miembro del Colegio de Consultores de la Diócesis y Profesor de Teología del Matrimonio en el Instituto Teológico del Seminario Mayor de San José (2007). En enero de 2006, y hasta septiembre de 2007, durante el periodo de sede vacante producida por el traslado de Mons. Rafael Palmero Ramos a la Diócesis de Orihuela-Alicante, fue nombrado por la Santa Sede Administrador Apostólico de la Diócesis de Palencia. El 1 de Mayo de 2008, momento en el que desempeñaba el cargo de Vicario General de la Diócesis de Palencia y era el Capellán del Noviciado de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados, se hizo público su nombramiento como Obispo de Osma-Soria. El 6 de Julio de 2008 recibió de manos del entonces Nuncio Apostólico de Su Santidad en España, Mons. Manuel Monteiro de Castro, la ordenación episcopal y tomó posesión canónica de la Diócesis oxomense-soriana. Ha publicado varios libros sobre el matrimonio y la familia: “Juntos cuidamos nuestro amor. Convivencias para matrimonios jóvenes”, “Madurando como Matrimonio y como Familia”, “Nos formamos como padres para educar en valores a nuestros hijos” y “Llenos de ilusión preparamos nuestro futuro como matrimonio y familia”, además de múltiples artículos y materiales de trabajo sobre la familia y la pastoral familiar. De su Magisterio episcopal, pueden destacarse las siguientes Cartas pastorales: “Sacerdotes de Jesucristo en el aquí y el ahora de nuestra historia” (2009) con motivo del Año sacerdotal, “Juan de Palafox y Mendoza. Un modelo de fe para el creyente del siglo XXI” (2010), con motivo de la beatificació, “La nueva evangelización y la familia” (2011), “Carta pastoral sobre el Seminario diocesano” (2012), “Itinerario para la evangelización de la familia” (2013), Carta pastoral “Después de la Misión diocesana Despertar a la fe” (2014). Además, ha publicado otros escritos: “La Pastoral Familiar, un proceso continuo de acompañamiento a la familia” (2009), “Los grupos parroquiales de matrimonios jóvenes” (2010), “Unidades de Acción Pastoral. Instrumentos de comunión al servicio de la evangelización” (2010). El 8 de abril de 2016, el papa Francisco lo nombró obispo de Ciudad Real, en sustitución de Antonio Ángel Algora, que renunció por edad. El 21 de mayo del mismo año tomó posesión canónica en la catedral de Santa María del Prado.