Pobres y ricos, hambrientos y saciados

Mons. Agus­tí Cor­tés             Si algún valor nos queda en común en este mundo globalizado ése es la igualdad. Mejor dicho, compartimos mayorita-riamente la sensibilidad frente a las desigualdades, aunque en no pocas regiones del mundo perduren estructuras ancestrales de castas, clases y privilegios.

Hemos conocido muchos y muy diversos movimientos, ideológicos y políticos, que han luchado contra la desigualdad. ¿Por qué la mayoría de ellos han fracasado? ¿Por qué han acabado implantando regímenes todavía más opresores?

No entraremos en descalificaciones simplistas, ni en análisis complejos de los fines y procedimientos que han seguido estos movimientos. Resulta más interesante aquí manifestar que hay una causa oculta, pero muy real, por la que tantos movimientos liberadores han fracasado. Esta causa es que quienes hacen la revolución, exacerbados por desigualdad flagrante, pasan a la acción sin haber descubierto que en su interior anida la misma ansia de poder y de riqueza que llevó a sus enemigos a ser ricos y saciados.

De hecho uno se puede apuntar a la lucha contra la desigualdad, no por defender la igualdad, sino por otros motivos: por odio, por venganza, por envidia por afán de poder, por recuperar la dignidad, etc. Son motivos que no se suelen confesar y, si se reconocen, inme-diatamente se disculpan, aduciendo el sufrimiento que les había provocado la situación de desigualdad.

Dios creó la diversidad, pero no la desigualdad. La pluralidad de personas es algo querido por Dios. Otra cosa son las diferencias en lo referente a derechos y dignidades. Esto es abiertamente contrario al proyecto de Dios. En el Reino de Dios todos son iguales hijos de Dios.

Un cristiano que, llevado por su amor, ayuda un pobre no ha de buscar únicamente solucionarle un problema eventual, sino elevarlo hasta hacer visible su dignidad. Lo que hace el amor cristiano hacia el pobre es elevarlo, situarlo en una posición de igual a igual. Todo esto tiene importantes consecuencias:

– Sólo un auténtico pobre en el espíritu puede liberar a los pobres en este mundo, aunque sea parcialmente.

– Para liberar hay que ser libre, de otra forma generarás más esclavitudes.

– La ayuda al pobre puede convertirse en un acto de poder que compromete y sitúa al que es ayudado en una posición inferior.

Todo cambia cuando Jesús se identifica con el pobre. Entonces, dirá San Agustín, lo mejor será que uno y otro, el que ayuda y el ayudado se sometan a Cristo, a quien nadie puede comprometer.

Es cierto que la rehabilitación total del pobre y del hambriento Jesús la remite al Reino de Dios. Pero Él y nosotros la vemos ya iniciada: forma parte de nuestro credo y, aunque sea a tientas, también forma parte de nuestra vida.

 

+ Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat

Mons. Agustí Cortés Soriano
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Nació el 23 de octubre de 1947 en Valencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Valencia. Se licenció en teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. En 1993 se doctoró en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Fue ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1971. En su ministerio sacerdotal, entre 1972 y 1974, fue vicario en Quart de Poblet; de 1973 a 1984, capellán del Colegio San José de la Montaña de Valencia; de 1974 a 1976, párroco de Quart de Poblet y profesor en la Instituto Luis Vives de Valencia; de 1976 a 1978, director del Secretariado Diocesano de Pastoral Juvenil; el año 1978, vicario de San Antonio de Padua de Valencia; de 1978 a 1984, secretario particular del que entonces era arzobispo de Valencia, Mons. . Miguel Roca Cabanellas; de 1986 a 1997, rector del Seminario Metropolitano de Valencia; de 1997 a 1998, canónigo penitenciario de la catedral de Valencia, y entre 1990 y 1998, profesor de teología en la Facultad Teológica, en el Instituto Teológico para el matrimonio y la Familia y al Instituto de Ciencias Religiosas de Valencia. Fue nombrado obispo de Ibiza el 20 de febrero de 1998 y recibió la ordenación episcopal el 18 de abril de 1998. El 12 de septiembre de 2004 inició su ministerio como primer obispo de la diócesis de Sant Feliu de Llobregat, en la catedral de San Lorenzo de Sant Feliu de Llobregat. En la CEE es vicepresidente de la Comisión episcopal de seminarios y Universidades y presidente de la Subcomisión de Universidades. En la Conferencia Episcopal Tarraconense es el obispo delegado de la Pastoral Familiar y, desde la reunión de los obispos catalanes el pasado 30 de septiembre y 1 de octubre de 2008, encargado del Secretariado Interdiocesano de Pastoral de Santuarios, peregrinaciones y turismo de Cataluña y las Islas.