La unidad y la fidelidad

Mons. Brau­lio Ro­drí­guez              No es por volver a insistir en un tema fastidioso, pero la sociedad en la que vivimos está cada vez más opaca y no favorece el crecimiento de la fe cristiana ni otras posturas creyentes. De manera que a los fieles católicos les resulta difícil dar testimonio de un estilo de vida que corresponda con el Evangelio. También ocurre lo mismo respecto al sacramento del matrimonio, que da origen y lugar a la familia cristiana. Alguien me podrá decir que la sociedad no tiene que ser católica ni favorecer ninguna creencia, y que deben ser los católicos quienes sepan vivir su fe en una sociedad plural como la nuestra. Sin duda que estamos los católicos estamos muy dormiditos. Y tenemos que despertar.

Pero lo que yo quiero pedir no son favores, sino subrayar que, dado este contexto de una sociedad donde se ofrece todo tipo de matrimonios, es preciso aún más que la Iglesia, en todas sus articulaciones, actúe en armonía para proporcionar apoyo espiritual y pastoral al matrimonio cristiano, a los católicos casados. El servicio que la pastoral familiar y de la vida debe aportar, pues, a las familias concretas tiene una finalidad muy precisa: que los esposos vivan la unidad y la fidelidad. Ahí radica la fuerza o la debilidad de los matrimonios y las familias cristianas. Es normal, porque unidad y fidelidad son los bienes matrimoniales; y para que sean obligaciones jurídicas de cada unión conyugal, deben antes ser entendidas y vividas como regalos de la fe bautismal, donde se da la vida cristiana a los cónyuges.

Los que ayudáis en la preparación de las parejas para el matrimonio conocéis bien que esta preparación quiere ayudar a conseguir en cada uno de los novios la unidad y la armonía plena con el otro, de modo que, a través del conocimiento mutuo y en intercambio mutuo de las respectivas riquezas humanas, morales y espirituales –como vasos comunicantes–, los dos cónyuges se conviertan en una sola cosa. ¿Cómo no ver, pues, que el matrimonio requiere un compromiso de fidelidad, que absorba toda la vida? ¡Cuántos casados siguen siendo solteros porque no han sido capaces de salir de sí mismos al encuentro de otro cónyuge, olvidando que mujer y hombre son complementarios! Por eso tiene tanto éxito el divorcio y las separaciones, y se vienen abajo hogares construidos sin cimientos.

Unidad y fidelidad. Estos bienes irrenunciables y constitutivos del matrimonio chocan con las metas incumplidas, la falta de fidelidad a la palabra dada y a los compromisos asumidos. Y ¡cuántos esposos se disculpan, al separarse, diciendo que se acabó el amor! Eso se llama engaño a la Iglesia de Dios. Por esta razón, unidad y fidelidad han de ser explicados adecuadamente a los futuros esposos. Y han de ser el eje de la acción pastoral de la Iglesia, en primer lugar, por medio de los obispos y sacerdotes, para acompañar a la familia en las diversas etapas de su formación y desarrollo. Pero que sea muy importante el papel del obispo y el sacerdote en acompañar a las familias, quiere decir que es necesario involucrar a las comunidades parroquiales eclesiales en esta tarea, sobre todo a los matrimonios ya con experiencia de vida conyugal.

Lo que pasa es que tenemos una idea tan individualista de lo que somos como Iglesia que pensamos que un matrimonio por la Iglesia (matrimonio sacramento) es asunto solo de la pareja, de su familia y poco más. No caemos en la cuenta de la importancia que tienen los cónyuges que viven en unidad y fidelidad, para toda la Iglesia, incluidos los obispos y los sacerdotes, porque reflejan bien la imagen y semejanza de Dios. Y la fidelidad es posible, aunque sea un don, pero también el fruto de una Iglesia más Madre y Esposa y menos lo que tantas veces hay en nosotros cuando pensamos o hablamos de esa realidad hermosa a la que pertenecemos, que es la Iglesia. Por esta formación de lo que es verdadero matrimonio católico, por esta ayuda que necesita siempre cada matrimonio, sobre todo en los primeros años, tras una buena preparación para la boda de quienes representan a la Iglesia que se une a Cristo.

 

+Braulio Rodríguez Plaza

Arzobispo de Toledo, Primado de España

Mons. Braulio Rodríguez
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Don Braulio Rodríguez Plaza nació en Aldea del Fresno (Madrid) el 27 de enero de 1944. Estudió en los Seminarios Menor y Mayor de Madrid. En 1973 obtuvo la Licenciatura en Teología Bíblica en la Universidad Pontificia de Comillas. En 1990 alcanzó el grado de Doctor en Teología Bíblica por la Facultad de Teología del Norte, con sede en Burgos. Ordenado presbítero en Madrid, el 3 de abril de 1972. Entre 1984 y 1987 fue miembro del Equipo de Formadores del Seminario Diocesano de Madrid. Fue nombrado obispo de Osma-Soria el 13 de noviembre de 1987, siendo ordenado el 20 de diciembre. En 1995 fue nombrado obispo de Salamanca. El 28 de agosto de 2002 se hizo público su nombramiento por el Santo Padre como arzobispo de Valladolid. Benedicto XVI lo nombró Arzobispo electo de Toledo, tomando posesión de la Sede el día 21 de junio de 2009. Es el Arzobispo 120 en la sucesión apostólica de los Pastores que han presidido la archidiócesis primada.