Bienaventuranzas: las huellas luminosas del camino critiano

Mons. Eusebio Hernández Sola           En este domingo VI del tiempo ordinario, leemos en el Evangelio las bienaventuranzas que nos presenta el evangelista san Lucas ya que, es su Evangelio, el que estamos leyendo este año en las Misas del domingo. Quizás estamos más acostumbrados a escuchar las bienaventuranzas del evangelista san Mateo, también son más conocidas ya que en los catecismos en los que hemos aprendido las bienaventuranzas, casi siempre nos presentan las ocho de Mateo.

San Mateo, nos presenta, como os decía ocho bienaventuranzas, y san Lucas cuatro, pero añade otros cuatro “ayes”, es decir a las cuatro bienaventuranzas, contrapone cuatro lamentos; de esta forma escuchamos en la primera: “Bienaventurados los pobres”, y después, nos dice en los “ayes”: “Ay de los ricos”. Pero dicho esto, lo importante es reconocer que los dos textos tienen el mismo espíritu y, por lo tanto, el mismo sentido para nosotros.

Las bienaventuranzas en un texto u otro recogen la enseñanza más genuina de Jesús a sus discípulos. Las bienaventuranzas no son sólo un programa moral, es decir, algo que hay que hacer, sino, que, sobre todo, son algo que se recibe, un don, y, por lo tanto, pura gracia que nosotros debemos acoger y que marquen, de esta manera, nuestro vivir como cristianos e hijos de Dios.

Fundamentalmente, las bienaventuranzas proclaman la bondad del Padre, que ama a todos los hombres, pero que tiene preferencia por los que más lo necesitan. Un proverbio antiguo nos puede ayudar a comprender este amor de Dios por los que más lo necesitan: “¿Cuál es el hijo preferido de una madre? El pequeño, hasta que se hace mayor; el enfermo, hasta que se cura; el ausente, hasta que regresa”. Y, también podríamos decir, que el pecador y sinvergüenza hasta que sienta cabeza o se convierte. Es decir, es un amor gratuito, como el de una madre, sin haber hecho méritos.

Como ha dicho el papa Francisco en alguna ocasión, meditando estas palabras de las bienaventuranzas: “Las bienaventuranzas son el programa de vida del cristiano”. Comentando el día de Todos los Santos, las bienaventuranzas de san Mateo que se proclaman en la misa de ese día, decía que vivir las bienaventuranzas: “No requieren gestos asombrosos, puesto que no son para superhombres, sino para quien vive las pruebas y las fatigas de cada día”. Y, nos proponía el ejemplo de los santos para vivirlas: “Respiran, como todos, el aire contaminado por el mal que hay en el mundo, pero en el camino, jamás pierden de vista el trazado por Jesús, indicado en las bienaventuranzas, que son como el mapa de la vida cristiana”.

El evangelista san Lucas, como decíamos al principio, contrapone a las bienaventuranzas, los “ayes”, estos están dirigidos a aquellos que cierran su vida a la bondad de Dios y a los hermanos y están seguros y contentos en la pequeñez de su vida y de aquello que es momentáneo e inmediato: A los que se sienten ricos, a los que están saciados, a los que se sienten felices y ríen, a los que sólo buscan destacar y ser considerados. El problema lo tendrán cuando lo inmediato desaparezca, y aquellas ilusiones actuales que les hacen sentirse ricos, afortunados, felices, satisfechos, desaparezcan y no tengan dónde acudir, porque en la vida han prescindido de Dios y sólo han buscado su propio interés.

Hoy, pues, al escuchar este texto del Evangelio, agradezcamos que el Señor nunca se cansa de llamarnos y de mostrarnos el camino que es Él mismo. No nos engañemos pensando que las bienaventuranzas son difíciles de cumplir o vivir; son las huellas luminosas en el camino de la vida cristiana que dan la verdadera felicidad y libertad a nuestras vidas.

Con todo afecto os saludo y bendigo.

 

+Eusebio Hernández Sola, OAR

Obispo de Tarazona

Mons. Eusebio Hernández Sola
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Nació en Cárcar (Navarra) el 29 de julio de 1944. Sus padres, Ignacio (+ 1973) y Áurea. Es el mayor de cuatro hermanos. Ingresó en el seminario menor de la Orden de los Padres Agustinos Recoletos, en Lodosa, el 12 de septiembre de 1955. En 1958 pasó al colegio de Fuenterrabía donde completó los cursos de humanidades y los estudios filosóficos. A continuación (1963-1964) ingresó en el noviciado del convento de la orden en Monteagudo (Navarra), donde hizo la primera profesión el 30 de agosto de 1964, pasando posteriormente a Marcilla donde cursó los estudios teológicos (1964-68). Aquí hizo la profesión solemne (1967); fue ordenado diácono (1967) y presbítero el 7 de julio de 1968. Su primer oficio pastoral fue el de asistente en la Parroquia de "Santa Rita" de Madrid, comenzando al mismo tiempo sus estudios de Derecho Canónico en la Universidad de "Comillas", de la Compañía de Jesús. Al curso siguiente (1969) fue traslado a la residencia universitaria "Augustinus", que la orden tiene en aquella ciudad. Se le confió la misión de director espiritual de sus 160 universitarios, continuó sus estudios de derecho canónico, que concluyó con el doctorado en 1971, e inició los de Derecho en la universidad complutense de Madrid (1969-1974). Durante el curso 1974-75 hizo prácticas jurídicas en la universidad y en los tribunales de Madrid. El 3 de noviembre de 1975 inició su trabajo en la Congregación para los Institutos de vida consagrada y Sociedades de vida apostólica. Desde 1976 fue el director del departamento de la formación y animación de la vida religiosa, siendo el responsable de la elaboración y publicación de los documentos de la Congregación; además dirige una escuela bienal de teología y derecho de la vida consagrada. Desde 1995 es "capo ufficio" del mismo Dicasterio. Por razones de trabajo los Superiores de la Congregación le han confiado multitud de misiones en numerosos países del mundo. Ha participado en variados congresos de vida consagrada, de obispos y de pastoral vocacional. Durante este tiempo ha ejercido de asistente en el servicio pastoral de la orden en Roma. El día 29 de enero de 2011 fue publicado su nombramiento como Obispo de Tarazona y fue ordenado el 19 de marzo, fiesta de San José, en la Iglesia de Ntra. Sra. de Veruela.