Trabajando por la dignidad e igualdad de las personas

Mons. Manuel Sánchez Monge            Con la Campaña de este año, Manos Unidas inicia un nuevo periodo de tres años en los que centrará su labor en la defensa de los Derechos Humanos apoyando y acompañando a las personas más desfavorecidas del planeta. Al celebrar el 60 aniversario constata que sigue siendo necesario impulsar los derechos humanos conculcados a millones de personas que viven en la miseria, pasan hambre, no tienen acceso a la educación o a la salud, o son excluidos de la participación social o política en sus comunidades. Puesto que los derechos humanos constituyen un todo, son interdependientes y la realización de cada uno de ellos está condicionada y condiciona la del resto. No es posible garantizar un derecho aisladamente.

En los próximos años, Manos Unidas seguirá teniendo como objetivo acabar con la pobreza y el hambre en el mundo, pero este primer año del Trienio bajo el lema: “Promoviendo los Derechos con Hechos” (2019-2021) quiere centrarse en la denuncia de una pobreza muy concreta: la de la mujer. El cartel en blanco y negro no es casualidad sino una invitación a que fijemos nuestra mirada en las mujeres de otros países que ni son independientes, ni seguras, ni con voz. ¿Existe una igualdad real de oportunidades entre hombres y mujeres en todos los lugares del mundo?

Entre estos derechos tan glosados y tan poco cumplidos, figura en primer lugar el derecho a vivir, es decir, el de disponer de la alimentación indispensable. Según el último informe de Naciones Unidas, la inseguridad alimentaria está aumentando, a pesar del incremento de la producción de alimentos, hasta afectar a un 11% de la población mundial. Este escándalo nos pone de nuevo ante la paradoja del hambre, identificada por Juan Pablo II: “hay alimentos para todos, pero no todos pueden comer”. Lamentablemente, sigue siendo necesario nuestro compromiso en favor del derecho a la alimentación, como un imperativo de nuestra fe y de nuestra responsabilidad con la construcción del bien común.

También hay que trabajar para que sea realidad el derecho al trabajo con una remuneración justa, el derecho a la instrucción y a la educación, al libre ejercicio de la religión, al descanso, a la libertad de residencia, el derecho del hombre a su propia dignidad… Para alcanzar estas metas, Manos Unidas ha venido luchando desde el comienzo la Campaña contra el Hambre. Desde su nacimiento se propuso remediar el hambre de pan, el hambre de cultura, el hambre de Dios…

Hemos de basarnos en criterios que nos vienen dados del diálogo entre nuestra razón humana y nuestra fe cristiana para tomar una postura a favor de los excluidos y contra la injusticia. Como nos recuerda el papa Francisco en su mensaje para la segunda Jornada Mundial de los Pobres: “a menudo, la colaboración con otras iniciativas, que no están motivadas por la fe sino por la solidaridad humana, nos permite brindar una ayuda que solos no podríamos realizar. Reconocer que, en el inmenso mundo de la pobreza, nuestra intervención es también limitada, débil e insuficiente, nos lleva a tender la mano

a los demás, de modo que la colaboración mutua pueda lograr su objetivo con más eficacia… Una respuesta adecuada y plenamente evangélica que podemos dar es el diálogo entre las diversas experiencias y la humildad en el prestar nuestra colaboración sin ningún tipo de protagonismo.”

La fe aporta una perspectiva que refuerza todavía más nuestro compromiso en la construcción de ese mundo más justo. Iluminada por el Evangelio y la Doctrina Social de la Iglesia, nos enseña que la pobreza y el hambre son contrarias a la dignidad humana y al plan de Dios. Que el ser humano es autor, principio y fin de todo proyecto social, económico, político y cultural. Y por eso los bienes y su uso deben ser universales, porque están destinados para la satisfacción de las legítimas necesidades de las personas. Sobre todo, hay que resarcir de estos bienes a los desposeídos por causa de nuestra injusticia, en primer lugar, los más empobrecidos, por los que la Iglesia, siguiendo al Maestro, ha hecho opción. Queremos promover la cultura del encuentro frente a la cultura del descarte imperante, abrir caminos de vida digna para todos. No solo atendiendo sus necesidades, sino también actuando contra esas “estructuras de pecado” que, basadas en una concepción materialista del desarrollo y del ser humano, solo buscan maximizar el beneficio de unos pocos a costa del sufrimiento de muchos.

Animo a la Delegación de Manos Unidas y a los socios y el voluntariado que la sostiene en la diócesis de Santander a que sigan financiando proyectos concretos para erradicar el hambre y favorecer el auténtico desarrollo en el Tercer Mundo. Poco a poco esta organización de la Iglesia se va extendiendo por diversos lugares de nuestra diócesis y va encontrando nuevos colaboradores. Y sed generosos en la colecta del próximo domingo porque todavía son 815 millones de personas las que pasan hambre en el mundo.

 

+Manuel Sánchez Monge,
Obispo de Santander

Mons. Manuel Sánchez Monge
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Mons. Manuel Sánchez Monge nació en Fuentes de Nava, provincia de Palencia, el 18 de abril de 1947. Ingresó en el Seminario Menor y realizó luego los estudios eclesiásticos en el Seminario Mayor Diocesano. Cursó Teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma, donde obtuvo en 1974 la Licenciatura, con una tesina sobre la infalibilidad del Papa y ,en 1998, el Doctorado con una tesis sobre "La familia, Iglesia doméstica". Fue ordenado sacerdote en Palencia el 9 de agosto de 1970. Fue Profesor de Teología en el Instituto Teológico del Seminario de Palencia (1975), Vicario General de Palencia (1999) y Canónigo de la Catedral (2003). Fue ordenado obispo de Mondoñedo-Ferrol el 23 de julio de 2005. En la Conferencia Episcopal Miembro de la Comisión Episcopal para la Vida Consagrada desde 2005 Desde 2008 es miembro de la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar