Manos Unidas, un proyecto que nos concierne a todos


Mons. Celso Morga           Cuando nos adentramos en febrero llama a nuestra puerta la Campaña de Manos Unidas que pone el ojo en debilitar los efectos del hambre a base de proyectos de desarrollo, conscientes que cuando hay uno, desaparece el otro.

La Jornada viene precedida del Día del Ayuno Voluntario, que constituye un signo ante los hombres y una oración ante Dios. Por un lado nos hace sentir físicamente lo que sienten tantos hermanos nuestros que no tienen qué llevarse a la boca, y por otro es una forma de orar con nuestra vida, haciendo nuestras las carencias de los demás.

Aunque el trabajo de los voluntarios y las voluntarias de Manos Unidas se despliega durante todo el año, desde hace algún tiempo ese trabajo se ha visto multiplicado para darle forma a esta campaña: carteles para las paradas de autobuses, spots para las salas de cine, cuñas para emisoras de radio, ruedas de prensa… Todo dirigido a obtener casi 371.000 euros que destinarán a 12 proyectos en 10 países.

El contenido de estos proyectos, cuya financiación es asumida por los arciprestazgos de la archidiócesis, va desde la educación hasta la promoción de la mujer, que tiene efectos inmediatos en el conjunto de la sociedad; desde la agricultura hasta la sanidad.

Como se destaca desde la propia organización, la historia de la Campaña contra el Hambre comenzó en 1955, cuando la Unión Mundial de Organizaciones Femeninas Católicas (UMOFC) hizo público un manifiesto en el que, respondiendo a un llamamiento de la Organización de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), anunciaba su compromiso en la lucha contra el hambre en el mundo. En 1959, las mujeres de Acción Católica de España tomaron el testigo y lanzaron la primera Campaña contra el Hambre, a partir de la cual se fue configurando la actual Manos Unidas.

Los datos de Manos Unidas nos llenan de orgullo a todos. El año pasado destinó cerca de 39 millones de euros a la lucha contra el hambre en África, América y Asia, apoyó a 1,6 millones de personas y trabajó con más de 400 organizaciones locales en 59 países del Sur, y todo ello gracias a los voluntarios, que hacen posible que los gastos de administración y personal sean mínimos: más del 85% de su recaudación se destina a financiar proyectos de desarrollo.

Todo ello nos debe llevar, por un lado, a felicitar a los que ponen tiempo y esfuerzo al servicio de esta causa de la Iglesia, y por otro a animarnos a todos a sumarnos con nuestra limosna al objetivo de aniquilar, o reducir todo lo que podamos, el hambre en el mundo.

 

+ Celso Morga Iruzubieta

Arzobispo de Mérida-Badajoz

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