La enfermedad, ¿gracia o desgracia?

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Mons. Agus­tí Cor­tés             Para los sanos, para la sociedad del bienestar, para la juventud en general, la enfermedad es un mundo normalmente lejano (fuera, naturalmente, de aquellos que por circunstancias propias viven cerca de ella). Sin embargo, nadie puede afirmar que “entiende la vida”, o que conoce el sentido de la existencia, o que vive plenamente, si no es capaz de dar razón y vivir el hecho de la enfermedad.

Se habla más de enfermedades que de enfermos. La enfermedad aparece en los medios informativos, sobre todo, cuando es ocasión de anunciar un avance tecnológico, signo del progreso y del poder humano. De los enfermos se habla cuando se consigue hacer más soportable la enfermedad desde el punto de vista psicológico o se logra paliar el dolor físico.

Pero nos preguntamos por el problema profundo, personal y vital, que plantea la enfermedad. La enfermedad constituye una contradicción a nuestro deseo natural de vivir y ser felices. En sí, siempre es un mal, una desgracia. No concebimos un dios, ni otro ser humano, que desee expresamente la enfermedad. Siempre tendremos que hacer lo posible para lograr la curación.

El problema está en que la enfermedad física o psicológica, no solo afecta a un órgano o a los mecanismos psicológicos, sino que también hace enfermar el espíritu. Y esta enfermedad es la más grave. Es la enfermedad del que se rebela, reacciona agresivamente, cae en la negatividad absoluta y en la desconfianza, deja de creer y amar… ¿Hay antídoto, hay vacunas contra esta enfermedad?

En efecto, hay medicina y tratamiento, actual y preventivo. También vacunas.

Jesucristo curó muchos enfermos, dio pan, predicó, resucitó muertos, pero no vino a darnos recetas ni panaceas. Ni siquiera dijo “soy el médico”. Pero se presentó a sí mismo diciendo: soy el pan, soy la luz, soy el agua, soy la salud, es decir, la salvación, el salvador, el Mesías. Como si dijera “soy la medicina y el médico”. Porque más que dar una serie de pautas de conducta, más que recetas, lo que pretendió fue establecer una relación de amor, de discipulado y seguimiento de su persona, caminar con Él, hacer la vida en relación constante entre amigos, entre discípulo y maestro. Hacer la vida con Él, hagamos lo que hagamos, sean cuales sean las vicisitudes que nos depare la existencia concreta.

Eventualmente, por tanto, se trata de “ser enfermo junto a Él”. Entonces la enfermedad – desgracia se ve transformada, hasta llegar a ser, como dice San Pablo, un acontecimiento de gracia (cf. 2Co 12,7-10):

– No desaparecerán las lágrimas, pero sí el llanto desesperado y vacío.

– La enfermedad será ocasión de aceptación humilde de la realidad (verdad) personal, de sus límites y dependencias.

– Las contrariedades y sufrimientos menores de la vida se convertirán en vacunas que predisponen a afrontar sufrimientos mayores; serán ensayos de amor generoso.

El enfermo con (junto a) Cristo será un templo, lugar y fuente, de amor donde Él se refleja y se ofrece. “Estuve enfermo y vinisteis a verme” (Mt 25,36).

 

+ Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat

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