Amor gratuito y cercano a los enfermos


Mons. Ca­si­mi­ro Ló­pez Llo­ren­te           En la fiesta de la Virgen de Lourdes, el 11 de febrero, celebramos la Jornada Mundial del Enfermo. Es un día para renovar la cercanía, la solicitud, el afecto y el compromiso de toda la Iglesia y de cada uno de nosotros hacia los enfermos.

La enfermedad es un signo de nuestra condición humana, finita y limitada. Como nos recuerda el papa Francisco, en su Mensaje para esta Jornada, “cada hombre es pobre, necesitado e indigente. Cuando nacemos, necesitamos para vivir los cuidados de nuestros padres, y así en cada fase y etapa de la vida, nunca podremos liberarnos completamente de la necesidad y de la ayuda de los demás, nunca podremos arrancarnos del límite de la impotencia ante alguien o algo. También esta es una condición que caracteriza nuestro ser “criaturas”. El justo reconocimiento de esta verdad nos invita a permanecer humildes y a practicar con decisión la solidaridad, en cuanto virtud indispensable de la existencia”.

Igual que a los pobres, como nos dice Jesús, también a los enfermos, siempre los tendremos entre nosotros. Los enfermos no nos pueden ser indiferentes: no podemos olvidarlos, ocultarlos o marginarlos. En la atención gratuita y en la acogida afectuosa de cada vida humana, sobre todo de la débil y enferma, el cristiano expresa un aspecto importante de su testimonio evangélico siguiendo el ejemplo de Cristo, que se ha inclinado ante los sufrimientos materiales y espirituales del hombre para curarlos. “Los gestos gratuitos de donación, como los del Buen Samaritano, son la vía más creíble para la evangelización” (Francisco).

Jesús siempre se acercaba y atendía a los enfermos, especialmente a los que habían quedado abandonados y arrinconados por la sociedad. La cercanía y compasión de Cristo hacia los enfermos, sus numerosas curaciones de dolientes de toda clase son un signo maravilloso de que Dios ha visitado a su pueblo y del amor de Dios hacia cada uno de ellos; su compasión hacia todos los que sufren llega hasta identificarse con ellos: “estuve enfermo y me visitasteis” (Mt 25, 36).

El ejemplo que nos dio Jesús es admirable y muestra, a la vez, el camino y la actitud que todo cristiano y toda comunidad cristiana hemos de mostrar hacia los enfermos. El mismo Jesús encargó a sus discípulos la atención de los enfermos. Por ello la atención cercana a los enfermos, hecha con cariño y gratuidad, no puede faltar nunca en la acción pastoral de nuestra Iglesia diocesana y de cada parroquia. Los enfermos han de ocupar un lugar prioritario en la oración, vida y misión de todas nuestras comunidades cristianas y de los cristianos, siguiendo las palabras de Jesús y su ejemplo al modo del buen samaritano.

La Campaña para la Jornada de este año se fija en el voluntariado en la pastoral de la salud bajo el lema bíblico “Gratis habéis recibido, dad gratis” (Mt 10, 8). Contamos con un buen número de visitadores de enfermos en muchas parroquias y, en los hospitales, con muchos voluntarios: junto con los sacerdotes y los capellanes, se acercan y atienden a los enfermos y a sus familias humana y espiritualmente.

Cada vez hay más personas enfermas y solas a las que atender. Es una pena que haya quienes priven a sus familiares enfermos de la atención y cercanía del sacerdote  o de los visitadores y voluntarios sea en casa o en los hospitales. Nos se les avisa a veces en contra de voluntad del mismo enfermo. De otro lado, no olvidemos que en todos los hospitales existe un servicio religioso católico, que se ha pedir expresamente para que los capellanes o visitadores puedan acudir a las habitaciones y evitar dificultades administrativas.

Nuestros enfermos necesitan de nuestra atención humana y espiritual, de nuestra cercanía cordial. Esto hace necesaria una formación del corazón. Nuestros visitadores de enfermos y voluntarios están llamados a ser hombres y mujeres movidos, ante todo por el amor de Cristo, personas cuyo corazón ha sido conquistado por Cristo con su amor, para que los enfermos y sus cuidadores sientan al amor de Cristo hacia cada uno de ellos, que nunca los abandona; porque es la caridad de Cristo, quien les mueve.

Con mi afecto y bendición,

 

+Casimiro López Llorente

Obispo de Segorbe-Castellón

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