Vida consagrada

Mons. Brau­lio Ro­drí­guez              Impresiona lo que supuso en toda la cuenca del Mediterráneo y el Medio Oriente la irrupción del cristianismo. E impresiona también la adhesión a la persona de Jesucristo, de modo que, en toda la persona que conocía a Jesús por la predicación de la fe cristiana, había un estupor ante el amor del Señor, el Salvador, que mostró su amor del Padre en el Espíritu Santo. De esta manera, la matrona romana, el estibador del puerto de Corinto, los esclavos de Alejandría, los soldados romanos que se hacía cristianos, o las jóvenes que conocía a Jesús y consagraban su vida a Él reaccionaban casi del mismo modo: con estupor ante el amor de Jesucristo y el deseo de seguirle en la vida real. Y, en la situación concreta en la que la fe les encontró, aparecía un deseo de entrega al Señor, porque su vida ya no les pertenecía.

Yo creo que aquí está el origen de la consagración religiosa. El Padre me ama, me ha dado a conocer a Jesús y el Espíritu Santo me da capacidad para seguir a Cristo. En ello encuentro una libertad y una sensación de agradecimiento. Y, una vez que uno descubre el designio de Dios para conmigo, sentido como un proyecto de felicidad, se hace fácil encontrar el “sentido de la vida” y la unidad y orientación de todo lo que uno es y puede hacer. Después viene el camino concreto, la forma vital que convierte en realidad el deseo “conformarme con Cristo”.

Ya observaba Juan Pablo II, en su mensaje para la I Jornada de Vida Consagrada (1997), que, como subraya LG 44, la vida consagrada imita más de cerca y hace presente continuamente en la Iglesia la forma de vida de Jesús, supremo consagrado y misionero a los discípulos que le seguían. “Esta es, por tanto, especial y viva memoria de su ser de Hijo que hace de su Padre su único Amor –he aquí su virginidad-, que encuentra en Él su exclusiva riqueza –he aquí su pobreza- y tiene en la voluntad del Padre el “alimento” del cual se nutre (cfr. Ju 4, 34)- he aquí su obediencia”.

Esta forma de vida abrazada por Cristo y actuada particularmente por las personas consagradas, según los distintos carismas fundacionales en los que se insertan, es de gran importancia para la Iglesia. La vida de especial consagración, en sus múltiples expresiones, está al servicio de la consagración bautismal de todos los fieles. Porque, al contemplar el don de la vida consagrada, la Iglesia contempla su íntima vocación de pertenecer solo a su Señor, deseosa de ser a sus ojos “sin mancha ni arruga ni cosa semejante, sino santa e inmaculada (Ef 5, 27).

En un mundo con frecuencia agitado y distraído, la celebración de esta Jornada Mundial puede ayudar, por supuesto, sobre todo a las personas consagradas, sometidas en ocasiones a trabajos grandes y a grandes incomprensiones de lo que es su vida; también a volver a las fuentes de su vocación, a hacer un balance de su vida y a renovar el compromiso de su consagración. También ayudará a testimoniar con alegría a los demás cristianos, y aún a los alejados o no creyentes, que el Señor es el Amor capaz de colmar el corazón de la persona humana.

Es preciso, hermanos, que en nuestras comunidades valoren la vida consagrada de las monjas y monjes, de los religiosos y otros consagrados, de Vírgenes cristianas y otras formas de consagración laical. Porque esta vida consagrada es vida “llena de vida y de Espíritu Santo”, también de cara a la misión evangelizadora de la Iglesia. Y se celebra en la fiesta de la presentación de Jesús en el Templo porque esta fiesta del Señor es un signo de la donación total de la propia vida por quienes han sido llamados a reproducir en la Iglesia y en el mundo, mediante los consejos evangélicos, “los rasgos característicos de Jesús virgen, pobre y obediente” (Vita Consecrata, 1). Sin olvidar que la presentación de Jesús en el Templo tiene entre los cristianos de Oriente el sentido de “encuentro del Señor con su Pueblo”, de hondo sabor eclesial.

 

+Braulio Rodríguez Plaza

Arzobispo de Toledo, Primado de España

Mons. Braulio Rodríguez
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Don Braulio Rodríguez Plaza nació en Aldea del Fresno (Madrid) el 27 de enero de 1944. Estudió en los Seminarios Menor y Mayor de Madrid. En 1973 obtuvo la Licenciatura en Teología Bíblica en la Universidad Pontificia de Comillas. En 1990 alcanzó el grado de Doctor en Teología Bíblica por la Facultad de Teología del Norte, con sede en Burgos. Ordenado presbítero en Madrid, el 3 de abril de 1972. Entre 1984 y 1987 fue miembro del Equipo de Formadores del Seminario Diocesano de Madrid. Fue nombrado obispo de Osma-Soria el 13 de noviembre de 1987, siendo ordenado el 20 de diciembre. En 1995 fue nombrado obispo de Salamanca. El 28 de agosto de 2002 se hizo público su nombramiento por el Santo Padre como arzobispo de Valladolid. Benedicto XVI lo nombró Arzobispo electo de Toledo, tomando posesión de la Sede el día 21 de junio de 2009. Es el Arzobispo 120 en la sucesión apostólica de los Pastores que han presidido la archidiócesis primada.