Atención pastoral a los pueblos pequeños

Card. Ricardo Blázquez             La población de Castilla y León, desde tiempos remotos, se ha concentrado en núcleos pequeños, últimamente muy despoblados y envejecidos. Esta situación puede suscitarnos diversas reacciones: Lamentarlo porque termina un tipo de cultura; sentirnos interiormente afectados ya que son nuestros pueblos en que nacimos y crecimos y de donde por diversos motivos salimos; cuando las autoridades civiles proponen invertir o al menos detener el flujo de salida experimentamos un aliento de esperanza. Pero el signo del movimiento no cambia. La concentración de los servicios sanitarios, de los colegios y de otras prestaciones de la administración del Estado se ha ido adaptando a la situación que empezó hace tiempo y no se ha detenido aún. La despoblación es una cara de la moneda; la otra es el desarrollo tecnológico y económico, la movilidad que facilita los desplazamientos, la aspiración a vivir en poblaciones que ofrecen más servicios, el cultivo de la tierra con otros instrumentos, el nivel de vida, etc. Sea cual sea nuestra opinión sobre este proceso de salida en un sentido y de concentración en otro, necesitamos superar posibles añoranzas y situarnos lúcidamente en las actuales coordenadas de tiempo y espacio.

La nueva situación es también un desafío a la atención pastoral de muchos núcleos de población que caracteriza a nuestra provincia y diócesis. Desde hace tiempo venimos respondiendo al cambio acontecido y en vías de acontecer; pero cuando muchos pueblos están llegando al límite de reducirse al mínimo y el número de sacerdotes es también pequeño, la respuesta es urgente. Conviene afirmar que la cura pastoral no se reduce a la Eucaristía del domingo; sino comprende también otras actividades como la visita a los mayores y enfermos, la oración y el culto, sin olvidar que los medios de comunicación pueden ser también una oportunidad para la información religiosa, la formación cristiana y las celebraciones de la fe. Todos somos conscientes de que la nueva situación nos exige adaptaciones a veces dolorosas pero inaplazables.

En este contexto quiero recordar que el Evangelio y la misma existencia de Jesús tienen una gran sintonía con lo “pequeño”, la pobreza, la debilidad, la ocultación, la irrelevancia pública. El Salvador nació como un pobre, valoró la limosna de la viuda pobre, eligió como fundamento de la Iglesia a unas pocas personas ignorantes y, como mostraron varios de los más decididos, poco de fiar. El proceder de Dios que exalta el Magnificat de María (cf. Lc. 1, 51-54) se manifiesta abatiendo a los orgullosos y levantando a los humildes. El mismo Jesús invita a que vayan a Él los cansados y agobiados por el peso de la vida y “los mansos y humildes de corazón” (cf. Mt. 11, 28-29). El recuerdo agradecido de la historia de nuestros pueblos debe impulsarnos también a una atención diligente y esmerada.

Para orientarnos pastoralmente en esta situación de disminución y de envejecimiento, es oportuno acudir a varios documentos de la Iglesia que apacigüen nuestras posibles inquietudes. Cito los más relevantes. El Código de Derecho Canónico aprobado en 1983 decreta: “Si hay escasez de sacerdotes, el Ordinario del lugar (el Obispo) puede conceder que con causa justa, celebren dos veces al día, e incluso, cuando lo exija una necesidad pastoral, tres veces los domingos y fiestas de precepto” (Canon 905, 2). Conviene tener presente que el sábado por la tarde se celebra la Eucaristía vespertina del domingo. Todo cambio requiere una catequesis previa, un acompañamiento pastoral y una habituación a la nueva situación.

La alternativa a la celebración de la Eucaristía viene también indicada en los documentos de la Iglesia. Hay un Ritual, aprobado por la Conferencia Episcopal Española en el año 1991, titulado “Celebraciones dominicales y festivas en ausencia de presbítero”, que se apoya en un Directorio de la Congregación del Culto Divino aprobado en el año 1988. En la celebración se proclaman las lecturas correspondientes del domingo y existe la oportunidad de comulgar con las formas sagradas conservadas en el Sagrario. El Día del Señor, es decir, el domingo, se reúne la Iglesia del Señor para celebrar la Pascua del Señor. No es una asamblea privada ni convocada para unos ejercicios piadosos. La celebración normal del domingo es la Eucaristía, pero cuando no es posible, que se convoquen los fieles para la celebración de la Palabra de Dios (cf. Canon 1.248, 2). Por supuesto, los laicos pueden presidir este tipo de celebraciones; para ello serán invitados, preparados, acompañados y sea agradecida su colaboración. Esta práctica es habitual en muchas parroquias, alternando la celebración de la Eucaristía y de la Palabra de Dios. Se invite también a los fieles a que en la medida de lo posible se desplacen a otra población donde se celebre la Eucaristía.

Agradezco a los sacerdotes el esfuerzo que vienen haciendo, multiplicándose para atender a las numerosas parroquias, pero les pido que respondan a la situación actual de la forma que la misma Iglesia nos indica. No es bueno que el presbítero vaya corriendo de una parroquia a otra para celebrar deprisa en el mayor número posible de lugares en el escaso tiempo disponible. La misma intensidad espiritual requerida recomienda el sosiego.

No es una solución correcta tanto desde el punto de vista sacramental como eclesial apelar al valor infinito de la Misa. Nadie niega esto; pero por la misma lógica se podría responder celebrando ininterrumpidamente la Misa o celebrar una sola vez, ya que posee un valor infinito.

El cuidado pastoral que los sacerdotes prestan a sus comunidades no se agota en la Eucaristía dominical; pueden celebrar durante la semana, según las posibilidades de tiempo y en comunicación con los fieles cristianos.

Termino con las siguientes palabras: Desde el comienzo de la historia de la Iglesia los cristianos se han reunido el Día del Señor para escuchar la Palabra de Dios y participar en la Eucaristía (cf. Constitución de Liturgia del Vaticano II, nº 106).

 

+ Cardenal Ricardo Blázquez

Arzobispo de Valladolid

Card. Ricardo Blázquez
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Don Ricardo Blázquez Pérez nació en Villanueva del Campillo, provincia y diócesis de Ávila, el 13-4-1942. Realizó sus estudios en los seminarios Menor y Mayor de Ávila (1955-67) y fue ordenado presbítero el 18-2-1967. Obtuvo el doctorado en Teología por la Universidad Pontificia Gregoriana de Roma (1967-72) y también estudió en universidades alemanas. Sus 21 años de ministerio sacerdotal se centraron en la actividad docente. Fue secretario del Instituto Teológico Abulense (1972-76), profesor (1974-88) y decano (1978-81) de la Facultad de Teología de la Universidad Pontificia de Salamanca, así como vicerrector de la misma. El 8-4-1988 fue elegido obispo de la iglesia titular de Germa di Galazia y nombrado obispo auxiliar de Santiago de Compostela, recibiendo la ordenación episcopal en esa catedral el 29 de mayo siguiente de manos de D. Antonio María Rouco Varela. El 26-5-1992 fue designado obispo de Palencia y el 8-9-1995 obispo de Bilbao. El 13-3-2010 se hizo público su nombramiento por el papa Benedicto XVI como 14.º arzobispo metropolitano y 40.º obispo de Valladolid, sede de la que tomó posesión el 17-4-2010. Desde marzo de 2014 es el presidente de la Conferencia Episcopal Española, organismo del que ya fue presidente entre 2005 y 2008, y vicepresidente entre 2008 y 2014; anteriormente, fue miembro de la Comisión para la Doctrina de la Fe (1988-93) y de la Comisión Litúrgica (1990-93), y presidente de la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe (1993-2002) y de la Comisión Episcopal de Relaciones Interconfesionales (2002-05), así como Gran Canciller de la Universidad Pontificia de Salamanca (2000-04). El papa Francisco le creó cardenal en el consistorio del 14-2-2015, con el título de Santa Maria in Vallicella, y le nombró miembro de la Congregación para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica (2014), de la Congregación para la Doctrina de la Fe, del Consejo Pontificio de la Cultura y de la Congregación para las Iglesias Orientales (todos en 2015) y de la comisión cardenalicia para la Administración del Patrimonio de la Sede Apostólica (2016). Además de colaborar en la redacción de muchos documentos de la Conferencia Episcopal Española, son reseñables sus siguientes publicaciones: La resurrección en la cristología de Wolfhart Pannenberg (1976) Jesús sí, la Iglesia también (1983) Jesús, el Evangelio de Dios (1985) Las comunidades neocatecumenales. Discernimiento teológico (1988) La Iglesia del Concilio Vaticano II (1989) Tradición y esperanza (1989) Iniciación cristiana y nueva evangelización (1992) Transmitir el Evangelio de la verdad (1997) En el umbral del tercer milenio (1999) La esperanza en Dios no defrauda: consideraciones teológico-pastorales de un obispo (2004) Iglesia, ¿qué dices de Dios? (2007) Iglesia y Palabra de Dios (2011) Del Vaticano II a la Nueva Evangelización (2013) Un obispo comenta el Credo (2013)