Pablo VI y la vida consagrada

Pablo VI puede ser considerado el gran arquitecto del Concilio Vaticano II (Ecclesia ad intra/ Ecclesia ad extra). Ante la “prematura” muerte de Juan XXIII, a él le tocó guiar, concluir y hacer entrar en la Iglesia la ingente obra conciliar. Entre las múltiples dimensiones de su pontificado, no podemos olvidar su afecto, reconocimiento e impulso hacia la vida consagrada.

La constitución dogmática Lumen gentium había sacado a los religiosos del ámbito ascético-canónico para resituarlos con toda la entidad teológica dentro de “la vida y santidad de la Iglesia” como “signo y testimonio” ante todos los fieles. Entre los objetivos conciliares (identidad, unidad, diálogo con el mundo), el aggiornamento (renovación) fue una de las cuatro columnas. Y a esta “adecuada renovación” se lanzaron y comprometieron todos los institutos religiosos. Este proceso fue acompañado por Pablo VI con verdadera solicitud de padre, maestro y pastor. Las alocuciones y discursos a tantos capítulos de renovación, a las asambleas de superiores mayores o los encuentros y las cartas a los superiores generales dan buena cuenta de ello. Deseo realizar aquí solamente tres calas, por orden cronológico, que considero altamente significativas.

En medio aún de los trabajos conciliares, el papa Montini se dirigía con un discurso de gozo (Magno gaudio, 1964) a una serie de superiores generales para mostrarles el aprecio, agradecerles el testimonio y manifestarles la esperanza depositada en la colaboración de toda la vida consagrada. Al mismo tiempo, les indicaba claves espirituales y vitales necesarias para llevar adelante la renovación.

Ya en el postconcilio, Pablo VI escribió su palabra profunda y sistemática a todos los consagrados bajo la clave del testimonio evangélico (Evangelica testificatio, 1971). En esta exhortación de gran belleza y densidad, abría su corazón y repasaba de manera ordenada todas las dimensiones de la vida consagrada. No es de extrañar que, durante mucho tiempo, la figura de Pablo VI fuera motivo de memoria agradecida y estímulo creciente en el corazón de aquellos que habían consagrado su vida al Señor por medio de los consejos, haciendo del seguimiento evangélico su regla suprema de vida.

Finalmente, tampoco podemos olvidar la palabra paulina en el que quizá sea uno de los documentos más importantes de su pontificado y que tanta influencia ha tenido actualmente en el papa Francisco. Me refiero a la exhortación Evangelii nuntiandi (1975) sobre el anuncio del Evangelio en el mundo contemporáneo. En ella, Pablo VI describe la relación entre la vida consagrada y la misión de la Iglesia, firmando unas de las páginas más elogiosas sobre el testimonio de los consagrados y la evangelización: “ellos son emprendedores… por una originalidad y una imaginación que suscitan admiración. Son generosos: se les encuentra no raras veces en la vanguardia de la misión y afrontando los más grandes riesgos para su salud y su propia vida. Sí, en verdad, la Iglesia les debe muchísimo” (ET 69).

La renovación posconciliar de la vida consagrada no podría entenderse sin la palabra y el afecto de Pablo VI hacia ella. Él introdujo en el corazón de los religiosos la levadura de las grandes actitudes de la experiencia de Dios, el seguimiento radical de Cristo, la vivencia eclesial de su vocación y la recuperación carismático-profética de los fundadores, hombres y mujeres capaces de escuchar los clamores del mundo y responder sabiamente a las llamadas de la Iglesia.

Estoy convencido de que el pasado 14 de octubre durante la ceremonia de canonización, tantísimos consagrados elevaron la mirada al cielo e imploraron gozosos la intercesión del hombre prudente y profundo que marcó la inmediata vida de la Iglesia posconciliar y, con ella, la de toda la vida consagrada: Sancte Paule VI, ora pro nobis.

A pocos días del fallecimiento del cardenal Fernando Sebastián, no puedo por menos que incluirle al final de esta breve reflexión uniendo en su persona su admiración intelectual hacia Pablo VI y su servicio extraordinario e impagable hacia la vida consagrada como teólogo, pastor y consejero de muchos institutos. El Señor sabrá premiar con generosidad a este hijo del Corazón de María que entregó su vida por la Iglesia.

Carlos Martínez Oliveras, cmf, Instituto Teológico de Vida Religiosa

(Fundación Pablo VI)

 

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