En la Candelaria, ¿qué celebramos?

Mons. Fran­cesc Par­do          Celebramos la fiesta de la presentación de Jesús en el templo de Jerusalén, tal como mandaba la ley judía; que todo primogénito fuese presentado al Señor. También habían de ofrecer en sacrificio, para rescatarlo, un par de tórtolas o dos palomos.

En el Evangelio de san Lucas —que nos narra la escena— aparecen los personajes del niño Jesús, María y José, y los ancianos Simeón —hombre justo y piadoso— y Ana, viuda dedicada al culto con ayunos y oraciones.

Las palabras de Simeón manifiestan su convicción: “Mis ojos han visto a mi salvador… Luz para alumbrar a las naciones”. También para Ana, aquel encuentro tuvo un significado trascendental, ya que se refería al Niño de quien esperaban la redención de Jerusalén.

Precisamente recordando a aquellos dos ancianos, Simeón y Ana, que acogieron a Jesús, celebramos la jornada de la Vida Consagrada. Al mismo tiempo, es también el día señalado para los miembros de Vida Ascendente, para los ancianos y gente mayor; para las viudas, ya que Ana lo era; y también para los padres “practicantes”.

Permitidme algunas indicaciones para que esta fiesta nos estimule a todos a vivir nuestra vocación y estado de vida.

Demos gracias por la Vida Consagrada, por los padres practicantes y por la gente mayor.

“Padres practicantes”. La expresión que se ha hecho popular para indicar aquellos padres que cumplen con la celebración de la Misa, principalmente los domingos y fiestas. El evangelista tiene mucho interés en repetir en diversas ocasiones que los padres de Jesús son buenos cumplidores de la ley judía, de las prácticas religiosas judías. Hoy diríamos que son cumplidores, practicantes habituales.

Debemos elogiar a los padres “practicantes habituales” que participan en las celebraciones junto a sus hijos. Ya sé que “practicante” significa algo más que la mera participación en las celebraciones, pero si no se da esa práctica las otras exigencias serán más difíciles. Además, hay que estar convencido de la actuación salvífica de Dios a partir del cumplimiento de las “prácticas cristianas”.

Los ancianos. Simeón y Ana, los dos ancianos acogedores, han vivido, sufrido, orado y esperado, y por ello son capaces de descubrir en aquel niño la luz y la salvación. Hay luz y salvación para quienes en verdad la esperan y la buscan.

Simeón y Ana, figura de quienes buscan, esperan y hallan la luz y la paz. Representan a quienes en Jesús han hallado luz, paz y salvación, y a quienes las ofrecen —las presentan—  a todos los demás.

La figura de Simeón y Ana es un homenaje a todas aquellas personas mayores que intentan ser buenas y justas, que poseen el Espíritu, que dan gracias a Jesús por darles paz y luz, y que lo saben presentar y ofrecer a los demás, especialmente a los más pequeños.

Los hombres y mujeres que habéis consagrado vuestra vida al Señor.

Valoramos —es justo hacerlo— a todos los que habéis consagrado vuestra vida al Señor en congregaciones religiosas, institutos seculares y otras instituciones, dedicadas a la contemplación, a la enseñanza, a los mayores, a los enfermos, a las misiones… Hoy se nos invita a valoraros, no solo por lo que hacéis, sino por lo que sois. Valoramos y agradecemos vuestra total consagración a Dios.

Nos recordáis siempre y sois testimonios del primer mandamiento, “amar a Dios y al prójimo con todo nuestro ser”, y de los consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia.

 

+Francesc Pardo i Artigas

Obispo de Girona

Mons. Francesc Pardo i Artigas
Acerca de Mons. Francesc Pardo i Artigas 396 Articles
Francesc Pardo i Artigas nació en Torrellas de Foix (comarca del Alt Penedès, provincia de Barcelona), diócesis de Sant Feliu de Llobregat, el 26 de junio de 1946. Ingresó en el Seminario Menor de Barcelona y siguió estudios eclesiásticos en el Seminario Mayor, de la misma diócesis. Se licenció en Teología, en la Facultad de Teología de Cataluña. Es autor de diversos artículos sobre temas teológicos publicados es revistas especializadas. Recibió la ordenación presbiteral en la basílica de Santa María de Vilafranca del Penedès, el 31 de mayo de 1973, de manos del cardenal Narcís Jubany. El 16 de julio del 2008, el Papa Benedicto XVI lo nombró Obispo de Girona. Recibió la Ordenación Episcopal el dia 19 de octubre del 2008 en la Catedral de Girona, tomando posesión de la diócesis el mismo día.