Una realidad silenciada

Card. Juan José Ome­lla           Vivimos en un mundo globalizado, donde todo se mueve a gran velocidad: las personas, las mercancías, las noticias… Todo se acelera, también el anhelo de ganar dinero a costa de lo que sea, hasta el punto de perder los escrúpulos y considerar a las personas una mera mercancía. Tenemos muchos ejemplos extremos de esta falta de estima y sensibilidad hacia el ser humano. La explotación y el tráfico de personas es un ejemplo y una triste realidad, que a veces no queremos ver.

Según la Oficina de las Naciones Unidas contra las Drogas y el Crimen Organizado, existen diversas formas de explotación humana que vulneran los derechos fundamentales de las personas: la mendicidad, los matrimonios forzados o fraudulentos, el tráfico de órganos…; pero la explotación sexual, conjuntamente con la explotación laboral, es la más extendida.

La prostitución y el turismo sexual son el segundo negocio del mundo por el dinero que mueve, después del tráfico de drogas, según la Oficina de las Naciones Unidas. El mercadeo con seres humanos es una actividad económica ilegal, que a menudo observamos desde la distancia, aunque la tenemos muy cerca. Tristemente hay un gran silencio sobre este gran drama que afecta directamente a muchas personas, pero que, en realidad, también afecta a toda la sociedad.

La explotación sexual es difícil de identificar porque estamos hablando de personas, la mayoría mujeres, que han sido captadas y forzadas a ejercer la prostitución bajo amenazas, el uso de la fuerza u otras formas de coacción que ponen en peligro la propia vida o la de sus familiares. Por ello, a las víctimas les resulta muy difícil expresar y explicar la situación que padecen. Se calcula que en la ciudad de Barcelona el 90% de las mujeres que ejercen la prostitución son inmigrantes, la mayoría víctimas potenciales del tráfico de seres humanos. Muchas de ellas malviven por las calles, carreteras y pisos de toda la ciudad, donde se hace aún más difícil el acceso y la detección de explotación.

A pesar de esta cruda realidad, quiero destacar y agradecer la gran labor que realizan, de manera discreta y tenaz, entidades de Iglesia especializadas en atender a estos colectivos, como es el caso de la congregación de las Hermanas Oblatas del Santísimo Redentor y las Hermanas Adoratrices. Hace unos treinta años que estas instituciones atienden a mujeres que viven en contextos de prostitución y/o que son víctimas de trata con fines de explotación sexual.

No es una misión sencilla, pero trabajan por la construcción de espacios de acogida, de protección y de promoción humana que favorezcan la autonomía, la libertad, la realización personal y la integración a nivel social y laboral de estas hermanas nuestras. Trabajan también en la transformación de las estructuras sociales que generan exclusión, injusticia, estigmatización y explotación, realizando acciones de denuncia y de sensibilización sobre su situación.

Queridos hermanos y hermanas, es necesario que esta realidad silenciada nos sacuda y conmueva. Es necesario que, en la medida que podamos, no seamos cómplices de este silencio. Hagamos que las víctimas de cualquier tipo de explotación no vivan más en la oscuridad. Démosles luz y esperanza.

 

+Cardenal Juan José Omella

Arzobispo de Barcelona

Card. Juan Jose Omella
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Mons. Juan José Omella Omella nació en la localidad de Cretas, provincia de Teruel y archidiócesis de Zaragoza, el 21 de abril de 1946. Estudió en el Seminario de Zaragoza y en Centros de Formación de los Padres Blancos en Lovaina y Jersualén. El 20 de septiembre de 1970 recibía la ordenación sacerdotal. En su ministerio sacerdotal, trabajó como Coadjutor y como Párroco y entre 1990 y 1996 como Vicario Episcopal en la diócesis de Zaragoza. Durante un año fue misionero en Zaire. El 15 de julio de 1996 fue nombrado Obispo auxiliar de Zaragoza. Fue ordenado Obispo el 22 de septiembre de ese mismo año. El 27 de octubre de 1999 fue nombrado Obispo de la diócesis de Barbastro-Monzón, de la que tomó posesión el 12 de diciembre de 1999. Entre el 24 de agosto de 2001 y el 19 de diciembre de 2003 fue Administrador Apostólico de Huesca y entre el 19 de octubre de 2001 y el 19 de diciembre de 2003, también Administrador Apostólico de Jaca. El día 8 de abril de 2004 es nombrado Obispo de la diócesis de Calahorra y La Calzada-Logroño. Es miembro de la Comisión Episcopal de Pastoral Social desde febrero de 2002. Con anterioridad, desde 2000 fue Presidente en funciones de esta misma Comisión Episcopal. Es también Consiliario Nacional de Manos Unidas.