El verdadero esposo es Jesucristo

Mons. De­me­trio Fer­nán­dez           Jesús ha venido al mundo para manifestarnos una vida nueva, que brota del corazón de Dios y que busca compartir con el hombre la felicidad en la que los Tres (Padre, Hijo y Espíritu Santo) viven eternamente. Dios quiere hacernos felices, no quiere otra cosa, y hacernos felices eternamente, comenzando ya en la tierra esta felicidad que nunca acabe y dure para toda la eternidad.

En el Evangelio de este domingo se nos presenta Jesús asistiendo a una boda. Una boda es la santificación por parte de Dios del amor humano que ha brotado y madurado en la relación varón y mujer, y que se prometen mutuamente amor para toda la vida. Celebrar el amor humano produce alegría en todos los asistentes a la boda. Con su presencia, Jesús santifica ese amor humano, elevándolo a la categoría de sacramento. Jesús bendijo el amor humano, el amor del varón y de la mujer, reconociendo en el mismo aquella bendición del principio que Dios otorgó a los esposos y que no fue abolida por el pecado. “Y vio Dios que era muy bueno” (Gn 1, 31).

Y en aquella boda llegó un momento en que faltó el vino, que es el símbolo de la alegría de los novios y de los invitados. Los novios habían preparado gran cantidad, pero se quedaron cortos. Por mucha que sea la alegría del amor humano compartido, antes o después se acaba. A veces incluso de manera imprevista. El amor humano por muy fuerte que sea, por muy enamorados que se casen los novios, se agota. El hombre necesita un amor que no se acabe y, sin embargo, no es capaz de dar un amor de ese calibre.

María la madre de Jesús se dio cuenta de que faltaba el vino, y puso en marcha a unos y a otros para que su hijo Jesús manifestara su gloria en esa circunstancia, en ese momento. Les dijo a los camareros: “Haced lo que él os diga”. Y Jesús convirtió en vino bueno las seis tinajas de cien litros cada una. ¡Una pasada! Hubo para todos los días de la boda vino en abundancia, inacabable, mejor que el primero, mejor que el que habían preparado los novios. Hubo alegría, de la mejor alegría, de la alegría que no se acaba. En el vino que Jesús proporcionó, aquellos novios experimentaron un amor nuevo, que saciaba con creces sus ansias de amar y de ser amados; y sobre todo, percibieron que ese amor no se acaba nunca.

“Así, en Caná de Galilea, Jesús comenzó sus signos, manifestó su gloria y creció la fe de sus discípulos en él” (Jn 2,11). La Epifanía de Jesús se prolonga en esta escena de las bodas de Caná, donde Jesús se presenta como el verdadero esposo de nuestras almas.

El corazón humano no está hecho para la soledad, sino para la comunión, para la convivencia, para convivir con otro, con los demás. “No es bueno que el hombre esté sólo, voy a darle una ayuda semejante” (Gn 2, 18). En el Antiguo Testamento (y en las demás religiones) no hay más salida a la soledad que compartir la vida en el matrimonio. Ese es un vino bueno. Pero la gran novedad del cristianismo es Jesús, que se presenta como el verdadero Esposo, capaz de satisfacer el deseo de amor de todo corazón humano, y este es un vino mucho mejor y duradero.

 Cristiano es el que se ha encontrado de verdad con Jesucristo, ha dejado que Jesús entre en su vida, en su corazón y disfruta de ese amor compartido. Pero Jesús no se contenta con ser un amigo más entre tantos. Ha venido para ocupar la zona esponsal de nuestro corazón, para saciarla plenamente.

Esa relación con Jesús, a la que todos estamos llamados, tiene doble camino de expresión: el camino del matrimonio, que santifica el amor de los esposos, y en el que Jesucristo se convierte en el esposo de cada uno de los cónyuges por medio del signo sacramental del otro. El sacramento del matrimonio consagra a cada uno de los esposos como signo sacramental de Cristo esposo para el otro. En el matrimonio el verdadero esposo es Jesucristo, y el cónyuge es signo sacramental de Cristo. Y el otro camino de vivir la relación con Cristo esposo es el de la virginidad o la castidad perfecta, donde Cristo aparece como el verdadero esposo, que sacia plenamente el corazón humano en una relación esponsal directa –sin intermediario, sin sacramento– con Cristo, esposo de nuestras almas. “A dónde te escondiste Amado y me dejaste con gemido…”, exclama el alma enamorada de Cristo esposo en los versos de san Juan de la Cruz.

Descubrir a Cristo esposo es una Epifanía. Jesús ha venido al mundo para ser la “ayuda semejante” de toda persona humana.

Recibid mi afecto y mi bendición:

 

+ De­me­trio Fer­nán­dez,

Obis­po de Cór­do­ba

Mons. Demetrio Fernández
Acerca de Mons. Demetrio Fernández 318 Artículos
Nació el 15 de febrero de 1950 en Puente del Arzobispo (Toledo) en el seno de una familia cristiana. Sintió la llamada de Dios al sacerdocio en edad temprana. Estudió en los Seminarios de Talavera de la Reina (Toledo), Toledo y Palencia. Es maestro de Enseñanza Primaria (1969). Licenciado en Teología Dogmática por la Pontificia Universidad Gregoriana. Estudios de Derecho Canónico en Roma y Salamanca. Doctor en Teología por la Pontificia Universidad Salesiana de Roma con el tema: “Cristocentrismo de Juan Pablo II”. Recibió la ordenación sacerdotal el 22 de diciembre de 1974 en Toledo, de manos del cardenal Marcelo González Martín, arzobispo de Toledo. Profesor de Cristología y Soteriología en el Seminario de Toledo (1980-2005); Consiliario diocesano de MAC -Mujeres de Acción Católica- y de “Manos Unidas” (1983-1996); Vicerrector y Rector del Seminario Mayor “Santa Leocadia” para vocaciones de adultos (1983-1992); Pro-Vicario General (1992-1996); Delegado Episcopal para la Vida Consagrada (1996-1998); Párroco de “Santo Tomé”, de Toledo (1996-2004). Nombrado Obispo de Tarazona el 9 de diciembre de 2004, recibió la ordenación episcopal el 9 de enero de 2005 en el Monasterio de Veruela-Tarazona. El día 18 de febrero de 2010 fue nombrado por el Santo Padre Benedicto XVI Obispo de Córdoba. Inició su ministerio episcopal en la Sede de Osio el día 20 de marzo de 2010.