Epifanía


Mons. Àngel Saiz Me­ne­ses          Según nos relata el evangelista San Mateo, «habiendo nacido Jesús en Belén de Judea en tiempos del rey Herodes, unos magos de Oriente se presentaron en Jerusalén  preguntando: «¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto salir su estrella y venimos a adorarlo» (Mt 2, 1-2). El hecho de ponerse en camino para encontrar finalmente al Niño Dios demuestra un espíritu lleno de esperanza, que les llevó a alcanzar la meta que se habían trazado. Llama la atención que mientras en Jerusalén nadie era consciente de que  Dios habitaba ya en medio de su pueblo, unos hombres procedentes de tierras lejanas, guiados por una simple estrella, que habían arriesgado tantas cosas en esa búsqueda, estaban a punto de encontrar al Mesías.

San Juan Crisóstomo lo describe con una frase llena de penetración psicológica, que define el estado interior de aquellos hombres: “No se pusieron en camino porque hubieran visto la estrella, sino que vieron la estrella porque se habían puesto en camino”.  Es decir, que su corazón estaba previamente en marcha, en atenta observación de los signos del firmamento, de la realidad. Tenían la esperanza –como no pocos de sus contemporáneos- de que algo grande estaba a punto de suceder, y cuando descubrieron aquel signo, no se conformaron con la comprobación del acontecimiento, sino que siguieron su estela de luz hasta el final. Escrutaban el cielo a la vez que seguían los impulsos del corazón. Captaron la señal y siguieron la estrella hasta el encuentro con el Niño Dios. Y en aquella aventura de búsqueda, tuvieron el coraje de dejar sus posesiones, sus comodidades, sus seguridades.

Las actitudes que observamos en los Magos de Oriente resultan muy elocuentes para nuestro caminar de creyentes. Ante todo, vemos en ellos un corazón inquieto,que les lleva a salir de su tierra y de sus seguridades, que les lleva a vivir con una mente abierta a la verdad; todo lo contrario que el rey Herodes, que vivía absolutamente atrapado por el poder y la riqueza. Así ha de ser nuestro corazón, inquieto, insatisfecho e inconformista, sin contentarse  con la rutina de este mundo.  La inquietud del corazón  favorece una actitud de búsqueday de ponerse en camino. Búsqueda sin miedo para encontrar, para conocer y reconocer; una búsqueda no exenta de esfuerzo, de renuncias, de sacrificios. Seguramente los Magos eran  personas acomodadas, con una existencia de seguridad  y  bienestar. Sin embargo, no temen la desinstalación, no temen afrontar las incomodidades y se ponen en camino adentrándose por rutas desconocidas.

También dan muestras de una gran humildad y confianza en la providencia, pues ellos, que eran sabios y estudiosos, hombres de ciencia, se dejan guiar por una estrella. Y todo ello para llegar al encuentro con Jesús, para contemplar el misterio del Dios hecho carne y adoptar  una actitud de adoración.  Y a la adoración le sigue el don de lo mejor de que cada uno disponía: oro, incienso y mirra. Y después, la comunicación gozosa.

Hoy día también hay muchos hombres y mujeres que no se conforman con lo es aparente, con lo rutinario, que se preguntan directamente por Dios o buscan su rostro cuando hacen el bien, cuando siguen la verdad, cuando trabajan por la libertad y la justicia. En ellos se reconoce  la actitud honrada y coherente de aquellos Magos de Oriente, los que abrieron el camino, los que inauguraron el camino de los pueblos hacia Cristo, hacia Dios, que ha venido a salvarnos, que sale al encuentro de todo ser humano, porque su voluntad salvadora es universal. ¡Santa Epifanía!

 

+ Jo­sep Àngel Saiz Me­ne­ses

Obis­po de Te­rras­sa.

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