Epifanía, una fiesta misionera


Mons. Fi­del He­rráez              Celebramos este domingo la solemnidad de la Epifanía del Señor, la popular fiesta de Reyes que llena de alegría e ilusión a todos nuestros pequeños. Hoy evocamos aquel acontecimiento, tan singular y significativo, en el que unos magos venidos de Oriente fueron guiados por la estrella hasta Belén para adorar a Jesús recién nacido y ofrecerle como regalo oro, incienso y mirra.

Esta fiesta concluye, y podemos decir que consuma, el ciclo de Navidad, porque pone de manifiesto –Epifanía quiere decir manifestación–, el sentido profundo de la Encarnación y del Nacimiento de Jesús: ofrecer el don de la revelación y de la salvación a la humanidad entera, sin ningún tipo de limitaciones y de fronteras. En aquellos tres misteriosos personajes se condensa la esperanza de tantos pueblos y razas por encontrar una palabra reveladora y un don sin condiciones. Aquellos magos, llegados de lejanos lugares de la tierra, se nos presentan como vigilantes y valientes buscadores de Dios. Y sus dones son una respuesta al don que Dios hace de sí mismo a toda la humanidad.

La práctica del intercambio de regalos, un acto tan sencillo y profundamente humano, refleja el hondo sentido de la fiesta litúrgica. Los niños lo viven con una ilusión y una ingenuidad especialmente conmovedoras en sus hogares, con sus familias. Pero también los adultos participan de la misma experiencia fundamental: el regalo es un signo del corazón abierto, de la comunicación generosa, del cariño a las personas queridas, del deseo de compartir con los otros la alegría y la felicidad… Con el regalo, de alguna manera, aportamos algo de nosotros mismos. Los cristianos, debemos vivirlo como reflejo de la iniciativa divina de comunicar a la humanidad entera los dones de su gracia y de su misericordia.

En la Epifanía del Señor, Jesús se da a conocer, manifestando que viene para todos. La Epifanía despliega así el dinamismo misionero y la apertura a la experiencia del amor incondicional de Dios por el ser humano, la filantropía divina, según la hermosa expresión de los Santos Padres. Por eso la Iglesia celebra hoy la Jornada de los Catequistas Nativos y del Instituto Español de Misiones Extranjeras (el IEME). Este año la Jornada tiene un lema que nos toca muy de cerca: «Iglesia local en misión». Es decir, que la dimensión misionera de la Epifanía debe impulsar el latido vital de cada diócesis; y pienso especialmente en la nuestra, porque Burgos tiene un corazón eminentemente misionero, comprometido con la tarea de tantos misioneros hijos de esta tierra.

Los catequistas nativos son los laicos que en numerosas iglesias jóvenes asumen trabajos y funciones esenciales en la vida eclesial, especialmente cuando no hay sacerdotes. Su actividad es más amplia de lo que normalmente hacen los catequistas entre nosotros. A veces se les denomina «delegados de la Palabra» o «líderes de la comunidad». Más allá de la designación concreta, lo importante es que realizan un auténtico «ministerio de la comunidad». Apoyados en una fuerte espiritualidad bautismal y en un profundo sentido de pertenencia eclesial, son los que cuidan la formación de los catecúmenos, los que atienden a los enfermos y necesitados, los que convocan a la asamblea eclesial, los que intervienen en los conflictos, los que anuncian y proclaman la Palabra… Su servicio ha llevado a muchos de ellos hasta el martirio. Por eso son considerados con razón como «creadores de comunidad».

Asimismo merece una mención el Instituto Español de Misiones Extranjeras (IEME), que está a punto de celebrar su primer centenario. La institución surgió para facilitar que el clero diocesano pudiera realizar su vocación misionera ad gentes, llevando el Evangelio de Jesucristo a los pueblos y grupos humanos donde aún no lo conocen. Desde sus orígenes tuvo una relación especial con Burgos. En nuestra ciudad plantó la primera semilla el canónigo de nuestra catedral D. Gerardo Villota, y aquí se instaló el Seminario de Misiones Extranjeras durante unos decenios. Numerosos sacerdotes de nuestra diócesis han realizado (y siguen realizando) su vocación misionera en el IEME. Renovemos pues hoy nuestro apoyo y nuestro reconocimiento a los catequistas nativos y a los sacerdotes del Instituto Español de Misiones Extranjeras (IEME).

Termino deseándoos un feliz día de reyes en vuestras casas, los niños y los adultos, estrechando entre todos lazos de convivencia y de familia. Que Jesús nos ayude a descubrir que solo Él es el gran regalo, y el único, que puede colmar de verdad todas nuestras esperanzas.

 

+ Fi­del He­rráez

Ar­zo­bis­po de Bur­gos

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