Carta a los Reyes

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Mons. Gerardo Melgar              Es propio de los niños po­ner en acción toda su ilu­sión para escribir la carta a los Reyes en estas fe­chas.

Hoy quiero yo dejarme llevar por mi corazón de niño y dejar que flu­ya la inocente ilusión de ese corazón, y que el niño que llevamos todos y cada uno dentro saque a flote esos sueños que lo llenan, aunque a veces les ahoguemos con nuestras preocu­paciones y materialismos.

Me gustaría que para el año que hemos comenzado, la lacra del ham­bre desapareciera del mundo, que todos lucháramos para que los recur­sos de la tierra, que son más que su­ficientes para alimentarnos a todos, no le faltaran a nadie, especialmente a ningún niño, a ningún ser humano que los necesite. Me encantaría que el único hambre que existiese en el mundo fuera el hambre de amor, de paz, de justicia; hambre de un mun­do más humano, en el que todos nos sintiéramos a gusto, nos respetára­mos y fuéramos generosos los unos con los otros, hambre de Dios y de su mensaje.

Quisiera que Dios no fuera el gran desconocido, ni el gran ignora­do para nadie, que tuviera un hueco y un lugar importante en el corazón de cada una de las personas. Me gus­taría que todos le descubriéramos como el que puede dar sentido a to­dos los momentos de nuestra vida, buenos y malos, porque por encima de todos ellos sabemos que a nuestro lado camina ese Dios que nos quiere, que nos perdona, que nos da gratui­tamente su amor por encima de to­das nuestras deficiencias y miserias, que nuestro Dios es un Dios capaz de compadecerse de nuestras miserias y pecados, porque nos ha rescatado precisamente, no a precio de oro o de plata, sino a precio de la sangre derramada por nosotros, de su Hijo Jesucristo. (Cfr. 1 Pe.1,18).

Sueño con ver a los matrimonios unidos, demostrándose su amor en todo momento, sabiendo perdonar­se cuantas diferencias existan entre ellos; sueño con unas familias en las que todos sus miembros se sienten a gusto y crecen armónicamente, por­que en su familia reina un ambiente de amor, de entrega, de generosidad, de preocupación y cariño de unos por otros; sueño con unos padres que transmiten su fe a los hijos; que ense­ñan con su ejemplo y cariño a rezar a Dios a sus hijos y a tenerle presente siempre en sus vidas; sueño con unos hijos que tienen su primer experien­cia cristiana en la familia cuando todos juntos se acuerdan y rezan al Dios en el que creen; sueño con la fa­milia como lugar privilegiado para el cultivo del amor, del respeto, de la preocupación de unos por otros.

Me gus­taría en­contrar un mundo y una socie­dad en la que se respeta a los débiles, a los in­defensos, a los no nacidos, a los más desfavorecidos de la misma, a todas esas personas que tienen su rostro desfigurado por el dolor y el sufri­miento y que aunque resulte más difícil reconocer en ellos el rostro de Cristo, precisamente por estar des­figurado por el sufrimiento y el do­lor, sin embargo en ellos está y con ellos se identifica el mismo Cristo y de ellos nos dice: «Lo que no hicisteis con uno de estos, los más pequeños, tampoco lo hicisteis conmigo» (Mt 25, 45).

Me ilusiona pensar en un mun­do más grande en el que quepamos todos, cada uno con nuestras pecu­liaridades, pobres y ricos, niños y viejos, hombres y mujeres; un mun­do en el que no reine el egoísmo ma­terialista que nos impide pensar y respetar a los demás; un mundo en el que pensemos menos en nosotros mismos y mucho más en los demás; un mundo en el que sepamos vi­vir con los ojos no tan pegados en el suelo, para elevarlos mucho más al cielo en el que nos encontremos con el rostro de Dios que nos mira con cariño y está pendiente de no­sotros; un mundo, en definitiva, que concuerde mucho más con el sueño y el proyecto de Dios creador, en el que todos seamos hermanos y todos nos aprovechemos de la sangre de Cristo derramada por todos, y vivamos como hijos de Dios, como hermanos entre nosotros y como verdade­ros miembros de la gran familia de los hijos de Dios que somos todos.

Seguro que todos hemos soñado alguna vez en un mundo así, pero hoy no puede ser solo un sueño, debe ser un compromiso de todos y cada uno de los que lo formamos, de poner cada uno de nosotros, por nuestra parte, todo aquello que sea necesario para que realmente este mundo llegue a ser realidad.

Si de nuestro mundo hay muchas cosas que no nos gustan, no podemos echar la culpa solo a los otros. Todos somos responsables, todos hemos colaborado a hacerlo así y todos debemos comprometernos en hacer que cam­bie. Dios no ha huido de este mundo. Dios sigue presen­te y quiere lo mejor para todos. Digámosle que, junto a nuestro sueño, le ofrecemos nuestro compromiso para hacer entre todos que cambie y se parezca mucho más al mundo en el que Él, como creador, soñó siempre y que nosotros nos hemos encargadode deshacer.

 

+ Gerardo Melgar

Obispo de Ciudad Real

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