La paz contigo


Card. Ri­car­do Blá­quez           La palabra paz es favorita en las felicitaciones que intercambiamos en las fiestas de Navidad y Año Nuevo. Para que el saludo no quede devaluado necesitamos recuperar su sentido original. El significado de las palabras bien y alegría, “feliz año”, “próspero año nuevo”, salud, amor, luz, concordia… necesita ser recuperado a partir de su origen. Tiene que ver con el misterio de la Navidad de Jesús, el Hijo de Dios nacido en Belén, el Salvador de la humanidad. Sin el Niño de Belén no hay Navidad; será otra fiesta en la que recibimos una llamada a los buenos sentimientos, a recuperar la infancia perdida o desalojada por el crecimiento en todos los órdenes. El Niño del pesebre de Belén es una oportunidad para renovarnos interiormente, para buscar unas relaciones personales, familiares y sociales con corazón.

La paz, en hebreo “salom”, designa en su origen bíblico el estado de un hombre que vive en armonía con la naturaleza, consigo mismo, con los demás y con Dios. La paz implica bendición, reposo, vida, salud y salvación. Es, por ello, un nombre privilegiado en el lenguaje cristiano. Es uno de los nombres de la salvación.

Recuerdo algunos textos bíblicos y litúrgicos con rico fondo cristiano y con gran elocuencia social. En un sermón de San León Magno para la fiesta de Navidad afirmó lo siguiente: “El nacimiento del Señor es el nacimiento de la paz; y así dice el Apóstol: Él es nuestra paz; Él ha hecho de los dos pueblos una sola cosa, ya que, tanto los judíos como los gentiles; por su medio podemos acercarnos al Padre con un mismo Espíritu” (cf. Ef. 2, 14 ss.). La paz anunciada por los ángeles en Belén (cf. Lc. 2, 14) es anticipación de la paz alcanzada con la sangre de Jesús. Jesucristo derribó el muro de separación, dio muerte a la enemistad, reconcilió a la humanidad entre sí y con Dios. La paz después del pecado se rehace a través del perdón; la reconciliación es fruto del abrazo de las personas y de la concordia de los corazones. Dios se define a sí mismo como “el Dios de la paz” (cf. 1 Tes. 5, 23; 2 Tes. 3, 16). El Mesías, “por la entrañable misericordia de nuestro Dios”, ha nacido para iluminar a los que viven en tinieblas y “para guiar nuestros pasos por el camino de la paz” (cf. Lc. 1, 78-78). El Señor dio la paz a sus discípulos, una paz distinta de la que puede dar el mundo (cf. Jn. 14, 27).

Este rico contenido del sentido de la paz mesiánica resuena en la bendición litúrgica de la Eucaristía del día 1 de enero, tomada de la Escritura y difundida por San Francisco de Asís. “El Señor te bendiga y te proteja, ilumine su rostro sobre ti y te conceda su favor; el Señor se fije en ti y te conceda la paz” (Núm. 6, 24-26). Con estas palabras deseo a todos la paz al comenzar el año 2019, en que desde el pontificado del Papa San Pablo VI, celebramos la Jornada Mundial de la Paz. El mensaje dirigido este año por el Papa retoma una consigna de Jesús: “Cuando entréis en una casa, decid primero paz a esta casa” (LC. 10, 5). “Dar la paz está en el centro de la misión de los discípulos en Cristo”. Somos hijos del Dios de la paz, hemos sido pacificados por la cruz de Jesucristo y estamos llamados a ser pacificadores. ¡Que donde haya división pongamos paz, que donde haya odio sembremos amor y concordia! ¡Que el amor a los demás sea sacrificado y humilde! ¡Hagamos bien el bien!

Al acercarnos estos días al pesebre de Belén donde yace Jesús como un niño débil unamos la sorpresa de María con la fe en Dios que siendo infinito se ha hecho en todo dependiente. San Juan de la Cruz en un romance escribió bellamente sobre el nacimiento de Jesús: “Y la Madre estaba en pasmo / de que tal trueque veía: / el llanto del hombre en Dios / y en el hombre la alegría”. El Hijo de Dios con su nacimiento ha asumido nuestro llanto y nos ha contagiado su alegría. Tomó de lo nuestro y nos hizo partícipes de lo suyo. Belén nos enseña esta profunda lección. El Hijo de Dios es nuestro hermano y nosotros somos hijos de Dios y hermanos.

Quiero recordar otra lección con las palabras de un gran teólogo actual: “Si en el inicio está Belén donde late el corazón de Dios dentro de un corazón humano) en el final está la cruz: uno y otro son signos identificadores de Dios con nosotros”. (O. González de Cardedal). El Absoluto no se ha revelado como poder que atemoriza, sino como ternura en un niño débil; el Señor siendo rico se ha hecho pobre entre nosotros (cf. 2 Cor. 8, 9). Belén y el Calvario son un vuelco de nuestras ideas sobre Dios. Dios no es competitivo del hombre sino amigo; no asusta con su poder sino atrae con amor y amabilidad.

En la escuela de Belén aprendemos una lección vital sobre la paz y sobre el camino de la paz. Necesitamos paz en nuestro interior, ya que frecuentemente vivimos como desgarrados personalmente. Necesitamos paz en los matrimonios y las familias; las heridas que nos inferimos se curan con el bálsamo del perdón; sin perdón no nace la reconciliación y puede llegar la ruptura y con la ruptura la soledad, que está ampliamente extendida en nuestra sociedad con los sufrimientos. Si llevamos cuentas del mal, es difícil experimentar la familia como ámbito de la “alegría del amor” (Amoris laetitia). ¡Que el Niño de Belén nos mueva a rehacer la concordia.

Necesitamos la paz en la sociedad; si la crítica en principio legítima se convierte en insulto, en lugar de corregirnos nos precipitamos por el tobogán de la ruptura. El mensaje del Papa para este año señala otra senda y otra forma de actuar. “Si la política se lleva a cabo en el respeto fundamental de la vida, la libertad y la dignidad de las personas, puede convertirse verdaderamente en una forma eminente de caridad”.

Querido amigo, la paz contigo. ¡Que la paz anunciada en Belén pacifique tu corazón, habite en tu familia, en nuestra sociedad y en el mundo!.

 

+ Car­de­nal Ri­car­do Bláz­quez

Ar­zo­bis­po de Va­lla­do­lid

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