La gloria del cielo y la paz en la tierra


Mons. Agus­tí Cor­tés             En la liturgia celebramos la expansión, la penetración, la inundación en toda la vida humana del acontecimiento del Hijo de Dios hecho hombre.

Dicen los teólogos que el Verbo, la segunda persona de la Trinidad, asumió la naturaleza humana en Jesús de Nazaret y, al hacerlo, la transformó radicalmente: la divinizó, sin destruirla. Esto ocurrió de una manera singular en Jesús, pero ¿no podría ocurrir en todo el mundo?

Sin duda hoy no vemos que la humanidad esté “divinizada”, el mundo no transparenta a Dios. Pero los cristianos descubrimos que ya ha comenzado, aquí en la tierra, este nuevo mundo, y esperamos el día en que los hijos de Dios brillen y resplandezcan con la misma gloria de Dios, como dice la Primera Carta de San Juan.

Así, los creyentes ven con sus ojos ya iluminada, o en vías de iluminación, toda la realidad humana y con sus oídos escuchan constantemente el eco de las voces de aquella noche: “¡Gloria a Dios en el cielo y paz en la tierra a los hombres que Dios ama!” (Lc 2,14). Los exégetas reconocen aquí un “dístico”, en el que se corresponden: la gloria y la paz / el cielo y la tierra / Dios y los hombres. Pocas y bellas palabras que hablan mucho.

La paz que cantaban los ángeles es la “paz mesiánica”, la que trajo y vivió Jesús; quien la conoce, sabe que es compatible con el sufrimiento. Deseamos esa paz que se corresponde con la gloria de Dios. Anhelamos esa paz –que es mucho más que la tranquilidad, el equilibrio de derechos o el bienestar– en dos ámbitos tan importantes como son la familia y el espacio político y social.

Es evidente que la familia entre nosotros no goza de buena salud. En muchos casos ni existe

en cuanto tal. Cuando existe se disfruta de ella, pero raramente ese gozo es duradero. Porque, tal como la entendemos los cristianos, la familia es comunión, esa existencia compartida por el amor, que viven inicialmente el hombre y de la mujer y se explaya en los hijos. Que esta comunión de vida persista, depende de que el amor permanezca vivo, madurando a lo largo de los años y atravesando cualquier obstáculo. En la medida en que el amor dure, aunque sea entre lágrimas, en él la gloria de Dios brilla y la paz verdadera se comparte y se contagia.

El ambiente político y social está muy lejos de ser “pacífico”. En nuestro contexto más cercano la tensión provocada por el conflicto entre los promotores de la soberanía absoluta del pueblo de Catalunya y los defensores de la soberanía constitucional de todo el pueblo español incluida Catalunya, está aumentando en grado alarmante. Los obispos reciben una fuerte y constante presión para que se solidaricen con los políticos que están en prisión, especialmente con los que eligieron la huelga de hambre como vía de cambio social.

Los obispos no tienen otra misión que contribuir a la paz mesiánica que trajo y vivió Jesucristo. Esta paz incluye el respeto a los derechos humanos, que todos defendemos y obliga a todos. Pero, tal como hizo Jesucristo, no canonizarán una vía política u otra como “la vía evangélica”. Asumirán y acompañarán el sufrimiento que el conflicto está provocando. Lo harán movidos, no por la presión mediática e interesada, sino por su verdadero y concreto amor pastoral: sin publicidad, sinceramente y en el trato directo y personal. Solo les preocupará que con esa paz, Dios sea glorificado.

 

† Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat

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