Familia: vocación auténtica y profunda

Mons. Brau­lio Ro­drí­guez              En esta Navidad saludo con alegría a todas las familias de Toledo, deseándoles la paz y el amor que Jesús nos ha dado al venir a nosotros en su nacimiento. En este último domingo de 2018 celebramos, en efecto, la fiesta de la Sagrada Familia. Una fiesta bien interesante en la Navidad.

En el Evangelio no encontramos discursos sobre la familia, sino un acontecimientoque vale más que cualquier palabra: Dios quiso nacer y crecer en una familia humana. De este modo, la consagró como camino primero y ordinario de su encuentro con la humanidad. Son datos perfectamente comprobables: en su vida trascurrida sobre todo en Nazaret, Jesús honró a la Virgen María, su madre, y al justo José, su padre adoptivo permaneciendo sometido a su autoridad durante todo el tiempo de su infancia y su adolescencia, como puede verse en Lc 2, 51-52. A los que sois padres, y estáis preocupados por vuestros hijos, me gustaría deciros que esta narración del Evangelio pone de relieve, ante todo, el valor primario de la familia en la educación de la persona. Esta afirmación está constantemente rechazada por legisladores y gobernantes y puesta en discusión. ¿Porque razón afirmamos la importancia de la familia en la educación de los hijos? Hemos hablado de este tema en muchas ocasiones.

Veamos el caso de Jesús, aun siendo este Hijo alguien tan absolutamente singular. María y José introdujeron a Jesús en la comunidad religiosa, frecuentando la Sinagoga de Nazaret, escuela y aprendizaje religioso entonces. También con Jesús y María aprendió Cristo a hacer la peregrinación a Jerusalén, como narra el pasaje del evangelio que la liturgia de hoy propone a nuestra meditación. Este episodio de la vida de Jesús adolescente revela así la vocación más auténtica y profunda de la familia: acompañar a cada uno de sus componentes en el camino de descubrimiento de Dios del plan que ha preparado para él.

Por eso no entiendo cómo padres católicos, que son capaces de aceptar que sus hijos sean bautizados, luego aceptan tranquilamente que sus hijos sean “educados” (mal educados) en lo fundamental de la vida moral por los que son necesariamente secundarios en la educación de  sus hijos, sean el Estado, el Gobierno de España, de la Comunidad Autónoma o de aquellos profesores de colegios e institutos que, sin ningún derecho, violan sin empacho alguno la conciencia de los que les ha sido confiado; ya sean en centros de iniciativa pública o privada. La Constitución Española, repito una vez más, en su artículo 27 & 3 lo muestra con la claridad suficiente.

María y José educaron también a Jesús ante todo con su ejemplo: en sus padres conoció Él toda la belleza de la fe, del amor de Dios y a su Ley, así como las exigencias de la justicia, que encuentra su plenitud en el amor. De ellos aprendió Jesús que en primer lugar es preciso cumplir la voluntad de Dios, y que el vínculo espiritual vale más que el de la sangre. No entiendo tampoco que los padres cristianos estén tan adormecidos en este campo de la educación de sus hijos y acepten callados que, de nuevo, un gobierno de la nación apruebe una reforma de la Ley de Educación sin contar con nadie, sean partidos políticos, sean Consejo Escolar del Estado y otras organizaciones de padres. Me pregunto si estamos retrocediendo otra vez a tiempos donde gobiernos fascistas o comunistas, en cualquier caso, dictatoriales, legislaban sin tener en cuenta a los ciudadanos. ¡Qué decepción!

No renunciéis, padres, a vuestra vocación y misión en la sociedad y en la Iglesia. Quisiera invocar para ustedes, familias cristianas, la protección de María y José, sobre todo sobre las que se encuentran en dificultades. Que ellos les sostengan, para que resistan a los impulsos disgregadores de cierta cultura contemporánea, que socava las bases mismas de la institución familiar. Que ellos ayuden también a las familias cristianas a ser, en nuestra sociedad, imagen viva del amor de Dios.

 

+Braulio Rodríguez Plaza

Arzobispo de Toledo, Primado de España

Comenta esta noticia

Mons. Braulio Rodríguez
Acerca de Mons. Braulio Rodríguez 293 artículos
Don Braulio Rodríguez Plaza nació en Aldea del Fresno (Madrid) el 27 de enero de 1944. Estudió en los Seminarios Menor y Mayor de Madrid. En 1973 obtuvo la Licenciatura en Teología Bíblica en la Universidad Pontificia de Comillas. En 1990 alcanzó el grado de Doctor en Teología Bíblica por la Facultad de Teología del Norte, con sede en Burgos. Ordenado presbítero en Madrid, el 3 de abril de 1972. Entre 1984 y 1987 fue miembro del Equipo de Formadores del Seminario Diocesano de Madrid. Fue nombrado obispo de Osma-Soria el 13 de noviembre de 1987, siendo ordenado el 20 de diciembre. En 1995 fue nombrado obispo de Salamanca. El 28 de agosto de 2002 se hizo público su nombramiento por el Santo Padre como arzobispo de Valladolid. Benedicto XVI lo nombró Arzobispo electo de Toledo, tomando posesión de la Sede el día 21 de junio de 2009. Es el Arzobispo 120 en la sucesión apostólica de los Pastores que han presidido la archidiócesis primada.