La nueva humanidad

Mons. Brau­lio Ro­drí­guez              Las semanas del tiempo de Adviento nos están ayudando a vivir nuestra vida personalmente y la historia de la humanidad como espera y esperanza. Yo deseo que, después de miles de años (aproximadamente 2018), Navidad sea palabra elocuente de Dios que ilumine definitivamente nuestra vida. Pero, para que esto sea posible, tenemos que preparar la Navidad no con luces y espectáculos, como hace la cultura dominante, porque ese tiempo de preparación, curiosamente, muchas veces acaba el 24 de diciembre con la Nochebuena. Dejemos ya la fácil celebración que poco tiene que ver con la entraña del Nacimiento del Hijo de Dios.

Navidad puede entenderse como el término de la creación del ser humano al nacer Jesús, Hijo del hombre, o, si quieren, es el principio de una humanidad nueva y diferente, que no llega si uno no se prepara a ello: nace Jesucristo, el Hijo de Dios hecho carne, como un hombre nuevo. Él despliega su propia humanidad de forma nueva, original, de modo que el Espíritu de Dios le lleva a Jesús a vivir de otra manera. La humanidad comenzó oscuramente hace millones y millones de años. Y lo que se atreve a decir la Iglesia es que ahora, cuando nace Jesucristo, las cosas empiezan de nuevo, desde la claridad y la plenitud, desde la perfección suprema de la humanidad.

Jesús es el hombre nuevo y perfecto. No tenemos que esperar a otro. Celebrar la Navidad es celebrar la inauguración de una nueva forma de ser hombre y mujer, que es cabal y verdadera, que nos renueva cada año. La novedad de Jesucristo está en la convivencia de Éste con Dios como Padre cercano y en el reconocimiento del amor fraterno como norma suprema y permanente en todos los momentos y todas las circunstancias de la vida.

¿Cómo es esto posible? ¿No han pasado ya demasiados años de ese nacimiento y estamos un poco cansados de celebrar, año tras año lo mismo? En absoluto, porque el que nace no es cualquiera; es uno que ha resucitado, después de entregar su vida por nosotros. Está con nosotros hasta el fin del mundo, hasta que vuelva glorioso desde Padre de los cielos, pues está sentado a su derecha. Desde Él, por la fe y la celebración de los Sacramentos en la Liturgia de la Iglesia, cada uno de nosotros y todos juntos, puede renacer, como mujeres y hombres nuevos edificando nuestra vida sobre la verdad firme y segura del amor de Dios y del prójimo en comunión con Cristo, nacido de la Virgen María.

Todo esto es tan grande y tan importante que los católicos no podemos dejar que se nos escape de las manos el gran sentido de la Navidad Cristiana. A veces tiene uno la impresión de que la Navidad la han inventado los comercios, o la publicidad, y que empieza cuando el Ayuntamiento enciende las luces. Eso tendría que ser la consecuencia, no el origen.

Para no perder el tesoro religioso y cultural de la Navidad, ante todo hemos de intentar vivirla como recuerdo de un acontecimiento real que nos afecta profundamente: el Hijo de Dios, hecho hombre, nació de la Virgen María, en Belén, para ser el Salvador de la humanidad entera. De esta fe, de esta certidumbre, nace la alegría, la fiesta, todas las entrañables tradiciones que llenan la Navidad de cálida humanidad. Sabiamente celebra el Rito Hispano-mozárabe a Santa María, Madre de Dios, el día 18 de diciembre, antes, pues, del 25. Así podemos vivir semejante regalo: Cristo Jesús, ante el que palidecen los demás regalos de estos días.

Una Navidad bien vivida tiene que ser un tiempo de oración y piedad, de renovación y acción de gracias. Hay que ir a la “misa del gallo” o la misa de la fiesta del 25 de diciembre; hay que vivir el mensaje de fraternidad y de paz que Cristo trajo a la tierra, para que brille de alguna forma esta luz de la nueva humanidad inaugurada por Jesús. Quien no celebra así la Navidad se pierde lo mejor. Es fecha también en la que no podemos olvidar a nuestros seres queridos, ni tampoco el sufrimiento de muchos hermanos. Cada uno de nosotros tiene que ver qué puede hacer en Navidad por aliviar el dolor de su prójimo. En los brazos de María encontramos al Niño cuya venida estamos preparando.

 

+Brau­lio Ro­drí­guez Pla­za

Ar­zo­bis­po de To­le­do, Pri­ma­do de Es­pa­ña

Mons. Braulio Rodríguez
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Don Braulio Rodríguez Plaza nació en Aldea del Fresno (Madrid) el 27 de enero de 1944. Estudió en los Seminarios Menor y Mayor de Madrid. En 1973 obtuvo la Licenciatura en Teología Bíblica en la Universidad Pontificia de Comillas. En 1990 alcanzó el grado de Doctor en Teología Bíblica por la Facultad de Teología del Norte, con sede en Burgos. Ordenado presbítero en Madrid, el 3 de abril de 1972. Entre 1984 y 1987 fue miembro del Equipo de Formadores del Seminario Diocesano de Madrid. Fue nombrado obispo de Osma-Soria el 13 de noviembre de 1987, siendo ordenado el 20 de diciembre. En 1995 fue nombrado obispo de Salamanca. El 28 de agosto de 2002 se hizo público su nombramiento por el Santo Padre como arzobispo de Valladolid. Benedicto XVI lo nombró Arzobispo electo de Toledo, tomando posesión de la Sede el día 21 de junio de 2009. Es el Arzobispo 120 en la sucesión apostólica de los Pastores que han presidido la archidiócesis primada.