La «Humanae Vitae», un mensaje importante y actual

Mons. Fi­del He­rráez              Se ha celebrado este año el 50 aniversario de la publicación de la Encíclica Humanae Vitae, del Papa Pablo VI, recientemente canonizado por el Papa Francisco. Es un doble motivo para recordar en esta reflexión de hoy tanto al documento como a su autor, viendo el sentido de la Encíclica, en la que se trata el tema de la regulación natural de la natalidad, y su valor en la actualidad.

El gravísimo deber de transmitir la vida humana» es el punto de partida de la Encíclica y el motivo de la intervención por parte del Magisterio de la Iglesia. La transmisión de la vida humana es un acto de tanta transcendencia que no puede quedar al margen de los criterios morales, ni expuesta al capricho de los individuos o a las conveniencias de grupos ideológicos. Recientemente los medios de comunicación se han hecho eco de investigaciones científicas que plantean en toda su crudeza el alcance y la gravedad de intervenir artificialmente en los procesos y en las estructuras mismas de la vida. Por eso las reacciones han sido de preocupación y mayoritariamente negativas.

San Pablo VI se encontró en su tiempo con otros debates y controversias. En base a argumentos de carácter sociológico y filosófico eran muchas las opiniones que justificaban los métodos artificiales del control de nacimientos o la interrupción directa del proceso generador de la vida ya iniciado: «El hombre, dice la Encíclica, ha llevado a cabo progresos estupendos en el dominio y en la organización racional de las fuerzas de la naturaleza, de modo que tiende a extender ese dominio a su mismo ser global: al cuerpo, a la vida psíquica, a la vida social y hasta las leyes que regulan la transmisión de la vida» (HV, 2).

El Papa era consciente, como él mismo indica, del rechazo que iba a provocar su toma de postura en amplios sectores de la opinión pública. No obstante, consciente de que la transmisión de la vida no puede ser banalizada, reafirma las normas morales que la Iglesia ha mantenido desde siempre sobre el matrimonio y la familia y afirma que, «al defender la moral conyugal en su integridad, la Iglesia sabe que contribuye a la instauración de una civilización verdaderamente humana» (VH, 18). Estos principios morales afectan a la concepción de la vida y del ser humano: la generación de una nueva vida no es una simple efusión del instinto o del sentimiento. El amor conyugal, porque es fecundo, está abierto a la vida, al surgimiento de nuevas vidas; debe, por ello, ser entendido y vivido a la luz de Dios, que es Amor, como colaboración de los esposos para que se realice en la humanidad ese designio de amor.

Los esposos, por tanto, deben respetar la naturaleza y la finalidad del acto matrimonial, en coherencia con la intención creadora de Dios, sin alterar artificialmente el ritmo natural de fecundidad. Los debates actuales sobre la «producción artificial de vida humana» advierten de los riesgos y peligros que ello lleva consigo. La generación de vida humana en el seno del matrimonio no puede tampoco quedar al margen. La paternidad responsable ha de asumir estos criterios y hacer de la familia una intimidad conyugal de vida y amor.

El Papa Francisco, reconociendo que la acción pastoral debe estar muy atenta a la situación de cada persona, nos anima a redescubrir hoy el mensaje de la Humanae Vitae, y reconoce en Pablo VI su «genialidad profética», pues tuvo el coraje de ir contracorriente y de alertar sobre las consecuencias que tendría el uso de métodos anticonceptivos: abrir el camino a la infidelidad conyugal, a la degradación general de la moralidad, al desprecio de la disciplina, al sometimiento ante «colonizaciones ideológicas que buscan destruir la familia».

La Humanae Vitae suscitó en su momento fuertes incomprensiones, polémicas y hasta rechazos. Ahora, en un escenario distinto pero con nuevas amenazas contra la vida humana y contra la familia, debe ser releída y repensada con mayor serenidad. Su interpelación profética debería ayudarnos a comprometernos en la defensa de la vida humana, de la paternidad responsable, del amor conyugal, de la educación afectivo-sexual de los hijos, y de la vivencia de la familia como comunicadora y cuidadora generosa de la vida según el plan de Dios.

 

+ Fi­del He­rráez

Ar­zo­bis­po de Bur­gos

Mons. Fidel Herráez Vegas
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Fidel Herráez Vegas nació en Ávila el 28 de julio de 1944. Realizó los estudios eclesiásticos en el Seminario de Madrid, donde ingresó en 1956. Fue ordenado sacerdote el 19 de mayo de 1968. Bachiller en Teología por la Universidad Pontificia de Comillas en 1968. Es Licenciado (1974) y Doctor (1977) en Teología Moral por la Pontificia Universidad Lateranense en Roma. Es autor de varias publicaciones sobre Teología Moral Fundamental. Ha desempeñado los siguientes cargos: 1968-1972: Formador, Secretario y Profesor de idiomas del Seminario Menor de Madrid. 1977-1995: Profesor de Teología Moral Fundamental en el Instituto Superior de Ciencias Religiosas y Catequética “San Dámaso” de Madrid. 1977-1995: Director de la Formación Permanente de las Hermandades del Trabajo de Madrid y Consiliario de jóvenes de las mismas. 1977-1996: Capellán de las Religiosas Irlandesas (Instituto de la B.V. María). 1979-1996: Delegado diocesano de Enseñanza de Madrid. 1979-1995: Miembro Asesor de la Comisión Episcopal de Enseñanza. 1983-1995: Secretario Técnico de la diócesis de Madrid para las relaciones con la Comunidad Autónoma en los temas de Enseñanza Religiosa. 1986-1995: Presidente del Consejo diocesano de la Educación Católica. 1986-1995: Representante de los Delegados diocesanos de Enseñanza en el Consejo General de la Educación Católica. 1992-1997: Presidente del Forum Europeo para la Enseñanza Religiosa Escolar. 1993-1996: Catedrático de Teología Moral Fundamental en la Facultad de Teología “San Dámaso” de Madrid. 1995-2015: Vicario General de la Archidiócesis de Madrid. Desde el año 2011 es el consiliario Nacional de la Asociación Católica de Propagandistas. El 14 de mayo de 1996 fue elegido Obispo titular de Cedie y Auxiliar de Madrid, recibiendo la ordenación Episcopal el 29 de junio del mismo año. En la Conferencia Episcopal es miembro de la Comisión Permanente y pertenece a la Comisión Episcopal de Enseñanza y Catequesis desde 1996. El 30 de octubre de 2015 el papa Francisco lo nombra arzobispo de Burgos, tomando posesión de la archidiócesis el 28 de noviembre del mismo año.