El dinero y la esperanza

Mons. Agus­tí Cor­tés             Todos estamos de acuerdo en que el dinero tiene mucho que ver con la esperanza. Así lo afirmaríamos espontáneamente. Prueba de ello es todo el aparato que rodea el fenómeno social que es la lotería. “Tocar la lotería” viene a ser sinónimo de una gran suerte. Usamos esa expresión para designar cualquier evento que asegure un futuro de prosperidad y bienestar.

Jesús no dijo nada de la lotería, pero sí que nos previno del engaño de pretender asegurar el futuro a base de acumular dinero. Nos contó aquella parábola del labrador que tuvo una gran cosecha y se preguntó, “¿Qué haré?… Ensancharé mis graneros y almacenaré mi trigo y mis bienes, para después disfrutar de la vida”; y no sabía, dice el texto, que esa misma noche le iban a reclamar el alma (cf. Lc 12,16-20).

Curiosamente la pregunta que este personaje se hace a sí mismo es la misma que formulan los oyentes de Juan Bautista después de escuchar su anuncio profético: “¿Qué hemos de hacer?” Y la respuesta del Bautista también hace alusión al dinero: “el que tenga dos túnicas, que dé al que no tiene… no exijáis más tributo del que está establecido… no hagáis extorsión a nadie…” (Lc 3,10-18). Porque, en efecto, el dinero tiene mucho que ver con la esperanza. La gran diferencia entre el personaje de la parábola y las palabras proféticas del Bautista es que el dinero acumulado en el bolsillo no segura el mañana, sólo el dinero, que se tiene en justicia y se da, abre a la esperanza.

Estos días corre abundantemente el dinero. Los medios de comunicación nos informan del gasto medio por habitante que supondrán las próximas fiestas de Navidad. Es un dinero que sale del bolsillo y vuelve a su dueño en forma de beneficio: posesión de algo, disfrute de una experiencia, ornamentación, etc. ¿Qué dinero saldrá de nuestros bolsillos para contribuir gratuitamente a la vida y la felicidad del otro?

Resulta una enorme ironía que para los cristianos la Navidad sea precisamente la fiesta de la pobreza de Dios. Es decir, del empobrecimiento de Dios, consecuencia de su generosidad. Porque la Navidad, el nacimiento de Jesús entre nosotros es la celebración del acontecimiento por el cual el Hijo de Dios no retuvo para sí la riqueza de su gloria, sino que se desprendió de ella para darla a la humanidad.

Esto forma parte de nuestro Credo. Pero comprenderlo y vivirlo profundamente requiere haber experimentado, de alguna manera, que nuestra generosidad, llevada hasta sus últimas consecuencias, nos rebaja y humilla. Porque es muy fácil ser generoso con el necesitado “desde el poder, desde el propio status de riqueza y categoría social”. Cuando en realidad la verdadera generosidad iguala, eleva al que es amado y rebaja al que ama.

No entenderemos la Navidad si interiormente no estamos predispuestos a vivir esto. Es lo que significa el grito del profeta: “Preparad el camino del Señor… Que las colinas se abajen y los collados se eleven” (Is 40,3-4, citado en Lc 3,4-5).

He aquí que el dinero puede encumbrarnos, pero también puede ser vehículo de abajamiento. Todo depende de si es guiado por el amor a sí mismo o por el amor al otro. Por eso, con toda razón decimos que la  Navidad es la fiesta de nuestra gloria, cuya puerta es la humildad de Dios.

 

† Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat

Mons. Agustí Cortés Soriano
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Nació el 23 de octubre de 1947 en Valencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Valencia. Se licenció en teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. En 1993 se doctoró en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Fue ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1971. En su ministerio sacerdotal, entre 1972 y 1974, fue vicario en Quart de Poblet; de 1973 a 1984, capellán del Colegio San José de la Montaña de Valencia; de 1974 a 1976, párroco de Quart de Poblet y profesor en la Instituto Luis Vives de Valencia; de 1976 a 1978, director del Secretariado Diocesano de Pastoral Juvenil; el año 1978, vicario de San Antonio de Padua de Valencia; de 1978 a 1984, secretario particular del que entonces era arzobispo de Valencia, Mons. . Miguel Roca Cabanellas; de 1986 a 1997, rector del Seminario Metropolitano de Valencia; de 1997 a 1998, canónigo penitenciario de la catedral de Valencia, y entre 1990 y 1998, profesor de teología en la Facultad Teológica, en el Instituto Teológico para el matrimonio y la Familia y al Instituto de Ciencias Religiosas de Valencia. Fue nombrado obispo de Ibiza el 20 de febrero de 1998 y recibió la ordenación episcopal el 18 de abril de 1998. El 12 de septiembre de 2004 inició su ministerio como primer obispo de la diócesis de Sant Feliu de Llobregat, en la catedral de San Lorenzo de Sant Feliu de Llobregat. En la CEE es vicepresidente de la Comisión episcopal de seminarios y Universidades y presidente de la Subcomisión de Universidades. En la Conferencia Episcopal Tarraconense es el obispo delegado de la Pastoral Familiar y, desde la reunión de los obispos catalanes el pasado 30 de septiembre y 1 de octubre de 2008, encargado del Secretariado Interdiocesano de Pastoral de Santuarios, peregrinaciones y turismo de Cataluña y las Islas.