El pueblo que caminaba en tinieblas ha visto una gran luz


Mons. Se­bas­tià Tal­ta­vull           Es fuerte que se nos diga que vivimos en tinieblas. Sin embargo, el día de Navidad la Iglesia nos hará llegar estas palabras del profeta Isaías: «El pueblo que caminaba en tinieblas ha visto una gran luz». Caminar en tinieblas es peligroso, es ir sin rumbo, sin dirección, a merced no se sabe muy bien de qué indicadores, solos, con muchos riesgos por delante. Es la reflexión que se nos hace con la mirada puesta en un evento que ha dado la vuelta por completo a la historia de la humanidad: el nacimiento de Jesús.

Nosotros somos este pueblo que camina, quizá aún a oscuras. Somos un pueblo, sin embargo, que ha visto cumplida una promesa y vive de una realidad irreversible: Dios con nosotros, el Emmanuel, Jesús de Nazaret, a quien los cristianos también ya hemos acogido y aceptado como «luz». Con el bautismo iniciamos este camino, aun contando con la tentación de preferir la oscuridad a la luz. Ahora, a lo largo de cuatro semanas, que es el tiempo de Adviento, se nos invita a abandonar la oscuridad de la noche para dejarnos llenar de la belleza transparente de la luz del día y contemplar este espectáculo maravilloso.

En este itinerario, la Palabra de Dios nos acompaña. Leemos con atención, escuchamos con afecto. Entre otras cosas, este primer domingo pide «que el Señor haga crecer hasta rebosar el amor que nos tenemos unos a otros y a todos», a la vez que oramos al Señor diciéndole que «ahora ya, mientras caminamos por este mundo que pasa, ponemos nuestro corazón en los bienes que perduran». Para llegar a valorar estos bienes y que brillen, hay que detectar los rincones oscuros de nuestra vida personal que nos impiden avanzar con la confianza de ver claro y bien.

La luz es Jesús y nos llega por el encuentro de amistad con él, que es lo que cada día nos orienta. «Si algo debe inquietarnos santamente —dice el papa Francisco— y preocupar a nuestra conciencia es que tantos hermanos nuestros vivan sin la fuerza, la luz y el consuelo de la amistad con Jesús, sin una comunidad de fe que los contenga, sin un horizonte de sentido y de vida» (EG 49). Dejémonos guiar por Jesús, él que, además de decir «Yo soy la luz del mundo», nos hace portadores de esta luz y nos dice «vosotros sois la luz del mundo». Aceptemos el encargo.

 

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Obis­po de Ma­llor­ca

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