Cambiar los corazones


Mons. Brau­lio Ro­drí­guez              Es tiempo de Adviento, lo que significa que es tiempo de esperar a Jesucristo, pero haciendo examen; Él trae la buena nueva de su salvación, pero también la mala nueva al que no le acepta o vuelve su espalda y su interés al Reino/reinado que Cristo nos ofrece. La virtud de la esperanza define este tiempo, y también la vigilancia ante tantas realidades vacías de contenido que se nos ofrecen para “ser feliz”. La Palabra de Dios en la Liturgia del Adviento, pues, nos ofrece contenido suficiente como para disponer nuestro espíritu a la salvación que nos trae Jesucristo. Salvación que comienza con su Nacimiento, plenitud de lo que Dios prometió, y termina con su segunda venida, que es verdad también de nuestra fe, de nuestro Credo.

Si este tiempo requiere reflexión, examen y tomar decisiones, esto mismo, y otras muchas declaraciones y decisiones, piden muchos cristianos a los Obispos de España. Tienen derecho, sin duda, a que los sucesores de los Apóstoles hablen claro y orienten a los hijos de la Iglesia en cuestiones complejas como las que está viviendo nuestra sociedad española en la actualidad. No debemos rehuir este reto los Obispos y, aunque sea complejo, intentar dar luz a cuantos necesiten de la claridad de la fe, que informa la vida. El Pueblo de Dios lo necesita, ciertamente. Orad por nosotros para que respondamos a nuestra vocación de guías y acompañantes de los hijos de la Iglesia.

Pero encuentro un peligro justo en este horizonte de nuestra actualidad eclesial y cultural: que los católicos busquen la solución de todo solo en lo que digan los Obispos en esta o aquella cuestión debatida, oscura o susceptible de decisión. Peligro porque cada miembro del Pueblo de Dios, de cada hijo de la Iglesia, ha de tomar su decisión y no esperar a lo que diga el líder, en este caso el Obispo, como si de un partido político se tratara. ¿Dónde está la gracia y la fuerza de la vida resucitada que todo cristiano recibe en su Iniciación Cristiana para orientar su vida, haciendo el esfuerzo normal de su educación en la fe? ¿Para cuándo el papel que los fieles laicos tienen en la vida pública? ¿Cómo no considerar importante lo que éste o aquel grupo o movimiento cristiano propone para dar luz en cuestiones oscuras o difíciles?

No se trata de eludir la responsabilidad de los Obispos en la comunidad cristiana; se trata de que haya comunidad cristiana que tenga fuerza interna para dar testimonio de la fe en las cuestiones debatidas y que necesitan respuesta. Se trata de una acción de la comunidad cristiana que vive la comunión eclesial, reza junta y pide luz al Señor, para que el testimonio del Evangelio sea significativo en el conjunto de la sociedad en que vivimos. Por supuesto que el obispo debe también hacer su tarea de iluminación de la comunidad diocesana.

No hace falta, en muchos casos, que se pronuncie siempre y únicamente el Obispo. Podemos poner un ejemplo: Si en España, en Cataluña, hace más de un año que se produjo el hecho grave de atentar contra la legalidad constitucional, aunque sea tema complejo y delicado, ¿no tienen los católicos razones suficientes para juzgar ese hecho? ¿Por qué tiene que ser el Obispo el que emita su opinión, como si el resto del Pueblo de Dios no supiera nada de un tema que tanto interesa a la sociedad española? La Constitución de 1978 fue votada por la inmensa mayoría de españoles, también en Cataluña. ¿No tienen capacidad nuestros cristianos para saber que se ha de salvaguardar la Constitución, de forma democrática, sí, pero sabiendo que romper el orden constitucional es grave? Igual criterio, creo yo, ha de tenerse si esa ruptura viene de otros ámbitos, y lugares u opciones políticas.

Otras muchas situaciones delicadas están también en el juicio y la decisión de los católicos: el aborto, la eutanasia, la ideología de género, el consumismo feroz, la libertad religiosa y educativa, la libertad de los padres para elegir la educación moral de sus hijos. Son muchas las veces que los Obispos hemos hablado sobre estos temas. También sobre lo intolerable de la pederastia, cometida por quien la cometa, sean eclesiásticos o no. Pero la solución no está solo en las palabras: han de cambiar los corazones. E implicarse en conocer y mostrar la doctrina de la Iglesia Católica.

 

+Brau­lio Ro­drí­guez Pla­za

Ar­zo­bis­po de To­le­do, Pri­ma­do de Es­pa­ña

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