Un tiempo de gracia

Mons. Ca­si­mi­ro Ló­pez Llo­ren­te           Hace un par de semanas celebramos una Jornada sacerdotal de retiro y oración, con una numerosa participación de sacerdotes. Comenzábamos así con gozo y esperanza un proceso de oración, de estudio y de reflexión personal y comunitaria sobre la situación del clero de nuestra Diócesis, en el que iremos abordando progresivamente los distintos aspectos de la vida y el ministerio pastoral de los sacerdotes.

El Papa Francisco nos llama con insistencia a una “conversión pastoral” para afrontar los retos que nos plantean la misión evangelizadora de la Iglesia y el ejercicio del ministerio sacerdotal en el momento presente. Para ello, afirma el Papa Francisco, son necesarios “evangelizadores con Espíritu”, es decir, “evangelizadores que se abren sin temor a la acción del Espíritu Santo”, porque “Jesús quiere evangelizadores que anuncien la Buena Noticia no sólo con palabras sino sobre todo por una vida que se ha transfigurado en la presencia de Dios” (cfr. EG 259). Así pues, la conversión pastoral de nuestra Iglesia, de todos los evangelizadores y, en especial, de los sacerdotes y pastores supone siempre una apertura de corazón a la acción del Espíritu Santo, basada en un encuentro personal con el Señor en la oración y en una sincera reflexión personal hecha con toda humildad sobre la situación en que cada uno de los sacerdotes nos encontramos humana, espiritual y pastoralmente.  Supuesta esta ineludible apertura personal de corazón al Señor y a su gracia en la oración, son precisos y serán de gran ayuda una reflexión y un estudio a nivel de presbiterio sobre la vida y el ministerio de los sacerdotes de nuestra diócesis.

Siguiendo la recomendación de San Pablo a su discípulo Timoteo, con este proceso de oración y estudio, los sacerdotes deseamos reavivar en nosotros el carisma recibido con la imposición de las manos (cf. 2 Tim 1,6). Este “reavivar” no es sólo el resultado de la responsabilidad y esfuerzo de cada uno, de nuestra memoria y de nuestra voluntad; es fruto, ante todo, del dinamismo de gracia que lleva en sí el don recibido de Dios; es Dios mismo el que reaviva su propio don y el que distribuye  toda la extraordinaria riqueza de gracia y responsabilidad que se encierran el ministerio recibido por la ordenación sacerdotal. Por ello es tan necesario e imprescindible abrir de modo permanente, sin temor y con docilidad nuestro corazón a la gracia de Dios y a la acción del Espíritu Santo. Desde ahí podremos revisar también con humildad la situación en que se encuentra cada uno de nosotros y el clero de nuestra diócesis, en general, así como analizar y tomar conciencia de los retos que nos plantea el ejercicio de nuestro ministerio en el momento presente y discernir las respuestas y caminos hacia los que nos impulsa el Espíritu Santo para la tan necesaria conversión pastoral en orden a la misión.

Todos los sacerdotes están y estamos invitados a recorrer este camino, a implicarnos personal y comunitariamente en este proceso y a abrir nuestra mente y nuestro corazón “sin temor a la acción del Espíritu Santo”. El mismo papa Francisco en su discurso de apertura del Sínodo dedicado a los jóvenes, celebrado el mes pasado en Roma, animaba a los padres sinodales a “ponernos en actitud de escuchar lo que el Espíritu nos sugiere, de maneras y en direcciones muchas veces imprevisibles”.  Una llamada que vale también en nuestro caso. Como le gusta decir al mismo Papa: Dios no dejará de sorprendernos.

Este proceso es un verdadero tiempo de gracia de Dios: no sólo para todos y cada uno de los sacerdotes que podrán así profundizar o recuperar la alegría por el don del ministerio recibido para vivirlo con ardor y entrega, a pesar de las dificultades del presente; es también un tiempo de gracia para toda nuestra Iglesia diocesana, para todas sus comunidades y para todos los fieles, pues todos necesitamos y nos beneficiamos de la buena salud humana, espiritual y pastoral de nuestros sacerdotes; es decir, de tener sacerdotes según el corazón de Cristo.

Por ello os pido de todo corazón que recéis especialmente en este tiempo por nuestros sacerdotes y les animéis a participar de buen grado y sin desfallecer en este camino. Con este fin hemos publicado una oración que podréis obtener en vuestras parroquias y grupos. Muchas gracias.

Con mi afecto y bendición,

+Ca­si­mi­ro Ló­pez Llo­ren­te

Obis­po de Se­gor­be-Cas­te­llón

Mons. Casimiro Lopez Llorente
Acerca de Mons. Casimiro Lopez Llorente 409 Articles
Nació en el Burgo de Osma (Soria) el 10 de noviembre de 1950. Cursó los estudios clásicos y de filosofía en el Seminario Diocesano de Osma-Soria. Fue ordenado sacerdote en la Catedral de El Burgo de Osma el 6 de abril de 1975. En 1973 obtuvo la Licenciatura en Teología por la Universidad Pontificia de Salamanca y en 1979 la Licenciatura en Derecho Canónico en el Kanonistisches Institut de la Ludwig-Maximilians Universität de Munich (Alemania). En la misma Universidad realizó los cursos para el doctorado en Derecho Canónico. El 2 de febrero de 2001 fue nombrado Obispo de Zamora. Recibió la Ordenación episcopal el 25 de marzo de 2001. En la Conferencia Episcopal es miembro de la Junta Episcopal de Asuntos Jurídicos y Presidente de la Comisión Episcopal de Enseñanza y Catequesis.