La muerte, ¿buena noticia?

Mons. Agus­tí Cor­tés             Uno de los hechos más difíciles de integrar es la muerte. Siempre lo ha sido, pero los modernos estamos tan seguros del poder que nos aporta la ciencia y la técnica, que no podemos soportar que un hecho histórico inevitable se nos escape de las manos.

Siempre habrá muerte, aunque la edad media de nuestra sociedad vaya subiendo. Siempre existirá la amenaza de muerte accidental o violenta o el suicidio (o, como ahora se quiere promover, “la eutanasia”).

Cuando sobreviene la muerte, especialmente de un ser querido, nuestra sociedad y nuestra cultura nos ofrece un doble camino para evadirnos del sufrimiento. Por un lado, fomenta la trivialización del hecho de morir. Entonces o bien se evita hablar de ello como problema esencial de la existencia (programas culturales, educativos, ideologías, etc.), o bien se convierte en motivo de juego y broma (como en espectáculos cómicos o en la fiesta de “Halloween”). Por otro lado, cuando el difunto era particularmente estimado, nuestra cultura ofrece la vía de la liberación de los sentimientos de dolor: una fijación tal en su persona que permita expresar el sufrimiento, compensar su pérdida, mediante gestos, palabras, discursos, música, poesía, signos de todo tipo. Parece que se busca con ello hacer que el difunto parezca vivo y presente y un poco más duradera su memoria.

Todas las culturas, religiones y civilizaciones han pretendido hacer más soportable la muerte. Nuestra cultura occidental en el último siglo, salvo raras excepciones, ha preferido fomentar caminos de evasión, vías que “compensen” el vacío y la nada que provoca la muerte. Nuestra sociedad sólo reacciona en masa cuando la muerte es efecto de una agresión injusta o de un desastre natural. Pero, en cualquier caso, evita cuestionarse las grandes preguntas que ella, la muerte, por sí misma, nos plantea.

¿No será más honrado y curativo afrontar esos interrogantes y buscar respuestas allá donde se ofrecen? ¿Por qué ceder al miedo que nos produce pensar en la muerte, porque quizá ese pensamiento pone en cuestión muchas maneras de pensar y vivir que hoy nos parecen incuestionables?

Nos vienen estos pensamientos cada vez que en la Iglesia, por una razón u otra, fijamos la atención en mártires actuales: ¿qué significaba para ellos la muerte? ¿Cómo la vivieron? Tenemos muy próxima la beatificación de dos hermanas de la Congregación de Agustinas Misioneras, Caridad Álvarez Martín y Esther Paniagua Alonso, que fueron asesinadas en 1994 en Argelia, habiendo podido huir ante la amenaza de muerte. Junto a 18 religiosos fueron víctimas de la masacre causada por la facción de islamistas radicales. También próximamente celebraremos la beatificación de 9 religiosos de la congregación de San Pedro ad Víncula, mártires junto a tres laicos, una hermana franciscana de los Sagrados Corazones y tres hermanas capuchinas de la Madre del Divino Pastor.

De las hermanas agustinas misioneras son estas palabras: “No nos pueden quitar la vida porque ya la hemos dado”.

Estamos muy lejos de las posturas evasivas ante la muerte, que hoy constatamos cada día. He aquí una de las grandes paradojas de nuestra fe: celebrar la muerte, de aquellos que la afrontaron como acto supremo de amor. Sin olvidar la injusticia que sufrieron, sus muertes forman parte de la Buena Noticia, es decir, del anuncio y testimonio de que el amor resucita con Jesucristo.

 

† Agus­tí Cor­tés So­riano

Obis­po de Sant Fe­liu de Llo­bre­gat

Mons. Agustí Cortés Soriano
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Nació el 23 de octubre de 1947 en Valencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Valencia. Se licenció en teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. En 1993 se doctoró en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Fue ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1971. En su ministerio sacerdotal, entre 1972 y 1974, fue vicario en Quart de Poblet; de 1973 a 1984, capellán del Colegio San José de la Montaña de Valencia; de 1974 a 1976, párroco de Quart de Poblet y profesor en la Instituto Luis Vives de Valencia; de 1976 a 1978, director del Secretariado Diocesano de Pastoral Juvenil; el año 1978, vicario de San Antonio de Padua de Valencia; de 1978 a 1984, secretario particular del que entonces era arzobispo de Valencia, Mons. . Miguel Roca Cabanellas; de 1986 a 1997, rector del Seminario Metropolitano de Valencia; de 1997 a 1998, canónigo penitenciario de la catedral de Valencia, y entre 1990 y 1998, profesor de teología en la Facultad Teológica, en el Instituto Teológico para el matrimonio y la Familia y al Instituto de Ciencias Religiosas de Valencia. Fue nombrado obispo de Ibiza el 20 de febrero de 1998 y recibió la ordenación episcopal el 18 de abril de 1998. El 12 de septiembre de 2004 inició su ministerio como primer obispo de la diócesis de Sant Feliu de Llobregat, en la catedral de San Lorenzo de Sant Feliu de Llobregat. En la CEE es vicepresidente de la Comisión episcopal de seminarios y Universidades y presidente de la Subcomisión de Universidades. En la Conferencia Episcopal Tarraconense es el obispo delegado de la Pastoral Familiar y, desde la reunión de los obispos catalanes el pasado 30 de septiembre y 1 de octubre de 2008, encargado del Secretariado Interdiocesano de Pastoral de Santuarios, peregrinaciones y turismo de Cataluña y las Islas.