La felicidad eterna

Mons. Jau­me Pu­jol               Algunos bromistas cuando se refieren al cielo lo describen como si allí los bienaventurados estuvieran toda la eternidad tocando el arpa. Aunque la música de este instrumento musical es ciertamente bella y relajante, imaginarlo de este modo sería tener un pobre concepto del cielo.

Estos días la liturgia nos ha llevado a considerar la fiesta de Todos los Santos y el día de Difuntos, dos fechas del calendario en los que nos asomamos de un modo particular a las realidades eternas: la vida que hay después de la vida.

Son jornadas en las que tenemos un recuerdo muy especial por las personas de nuestra familia que ya no están entre nosotros, quizá nuestros padres o abuelos, a quienes debemos la vida y también la fe. La mayoría aprendimos de sus labios a pronunciar el nombre de Jesús y fueron los primeros que nos hablaron del cielo.

Después la vida nos ha traído innumerables ocasiones para comprobar la bondad de aquellas enseñanzas, o quizá nos ha apartado de ellas por un tiempo buscando nuestro propio camino. Las inocentes alegrías de la infancia puede ser que hayan topado con la realidad, con sus contradicciones, penalidades o preocupaciones que no está en nuestras manos resolverlas.

Hemos tenido ocasión de pensar, como san Pablo (1Cor 15,19) que «si solamente para nuestra vida tenemos puesta nuestra esperanza, somos los más desgraciados de los hombres», reflexión a la que el cardenal Newman añadía: «Si los muertos no resucitan, hemos cometido un solemne error de cálculo en la elección del modo de vivir.»

Por fortuna la resurrección de Cristo, como primicia de la nuestra, no es una mera especulación, sino una promesa divina que se contiene en varios párrafos del Evangelio. Es Jesucristo quien nos garantiza esta vida nueva feliz si observamos los mandamientos, es decir si vivimos de acuerdo con sus enseñanzas y con los dictados de una conciencia recta.

Cuando Thomas More, canciller de Inglaterra, salió por última vez de su casa de Chelsea, camino del embarcadero del Támesis para ir a la prisión y a la muerte en la Torre de Londres, dijo a su yerno Roper: «Hijo mío, doy gracias a Dios porque la batalla está ganada». Roper no entendió al principio qué quiso decirle, pero después se dio cuenta: el amor a Dios había crecido tanto en Moro que había llegado a conquistar todas las ataduras de lo temporal para sumergirse ya, como en anticipo, en la gloria celestial.

Los santos han sido modelo de fe y esperanza. También los anónimos, los de nuestra familia, por quienes rezamos este mes de noviembre a la vez que nos encomendamos a ellos como mejores embajadores ante Dios.

 

† Jau­me Pu­jol Bal­ce­lls
Ar­zo­bis­po me­tro­po­li­tano de Ta­rra­go­na y pri­ma­do

Mons. Jaume Pujol
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Nace en Guissona (Lleida), el 8 de febrero de 1944. Cursó los estudios primarios en los colegios de las Dominicas de la Anunciata y de los Hermanos Maristas de Guissona. Amplió sus estudios en Pamplona, Barcelona y Roma. Realizó el doctorado en Ciencias de la Educación en Roma, donde cursó estudios filosóficos y teológicos. Es doctor en Teología por la Universidad de Navarra. Fue ordenado sacerdote por el cardenal Vicente Enrique y Tarancón, en Madrid, el 5 de agosto de 1973, incardinado en la Prelatura de la Santa Cruz y Opus Dei. CARGOS PASTORALES Fue profesor ordinario de Pedagogía Religiosa en la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra. Desde el año 1976 y hasta su consagración episcopal, dirigió el Departamento de Pastoral y Catequesis, y desde el 1997, el Instituto Superior de Ciencias Religiosas, los dos de la misma Universidad. Ocupó distintos cargos en la Facultad de Teología: director de estudios, director del Servicio de Promoción y Asistencia a los Alumnos, secretario, director de la revista Cauces de Intercomunicación (Instituto Superior de Ciencias Religiosas), dirigida a profesores de religión. Durante sus años en Pamplon dirigió cursos de titulación, formación y perfeccionamiento de catequistas, profesores de religión y educadores de la fe, y tesis de licenciatura y de doctorado. Su trabajo de investigación se ha centrado en temas de didáctica y catequesis; ha publicado 23 libros y 60 artículos en revistas científicas, obras colectivas, etc. También ha desarrollado otras tareas docentes y pastorales con jóvenes, sacerdotes, etc. El día 15 de junio de 2004 el Papa Juan Pablo II lo nombró Arzobispo de Tarragona, archidiócesis metropolitana y primada, responsabilidad que, hasta hoy, conlleva la presidencia de la Conferencia Episcopal Tarraconense, que integran los obispos de la provincia eclesiástica Tarraconense y los de la provincia eclesiástica de Barcelona. El día 19 de septiembre de 2004, en la Catedral Metropolitana y Primada de Tarragona, fue consagrado obispo y tomó posesión canónica de la archidiócesis. El día 29 de junio de 2005 recibía el palio de manos del Papa Benedicto XVI, en la basílica de San Pedro del Vaticano. OTROS DATOS DE INTERÉS En la Conferencia Episcopal Española es miembro de la Comisión Episcopal de Enseñanza y Catequesis y Seminarios y Universidades. Cargo que desempeña desde 2004. Además, ha sido miembro de la Comisión Permanente entre 2004 y 2009.