La Iglesia de Zaragoza ordena a sus tres primeros diáconos permanentes

Pedro Serrano,a la izquierda, y a la derecha de Mons. Vicente Jiménez, Javier Martín y Agustín Gabarre

Mons. Vicente Jiménez Zamora ordenaba el domingo, 28 de octubre, a los tres primeros diáconos permanentes al servicio de la archidiócesis de Zaragoza, tras la restauración de esta institución de la Iglesia antigua por mandato del Concilio Vaticano II.

En la celebración, que tenía lugar a las 17.00 horas en la catedral basílica del Pilar, recibeiron la ordenación Pedro Serrano, Javier Martín y Agustín Gabarre, que colaboran en la actividad pastoral de las parroquias de San Miguel y San Gil, Cristo Rey y Santa María, Reina de los Mártires, respectivamente.

La vocación al diaconado permanente no fue para ninguno de ellos algo súbito o repentino, sino la manifestación de la voluntad de Dios “con delicadeza de padre”, como afirma Serrano. Por su parte, Gabarre añade que para él no ha sido un deseo humano o un capricho, sino “una llamada y experiencia de relación con Dios, en un proceso que me llevó a plantearlo como una forma de vivir el Evangelio”.

La preparación para recibir la ordenación diaconal ha recorrido distintos ámbitos: el formativo, cursando el grado de Ciencias Religiosas y algunas otras disciplinas complementarias de tipo pastoral. Pero los tres coinciden en que hay algo que supera lo académico. Pedro Serrano, el más veterano de los tres, no duda en decir que la oración ha sido fundamental: “Llevo rezando todos los días laudes y vísperas (que será obligatorio cuando sea diácono) y hago oración personal todos los días”. Además, reza el rosario y participa en la misa diaria. Lo hace, casi siempre, con su esposa. Por otra parte, Agustín Gabarre destaca cómo el acompañamiento espiritual, el trabajo, la familia, la parroquia han sido decisivos en su formación inicial.

Familia, trabajo, ministerio

Lo primero, antes de ser aceptados por el Arzobispo para iniciar el proceso que culmina con la ordenación, fue necesario que sus esposas aceptasen de buen grado y con compromiso la aspiración de sus maridos. “Mi esposa y mi hijo han participado en el discernimiento. Más que aceptar, me han ayudado a descubrir el ministerio como una opción radical de vida que nos ayuda a los tres”, dice Gabarre.

Otra cuestión y no menos importante es la conciliación. En el caso de los nuevos diáconos permanentes de Zaragoza, los tres están casados y tienen obligaciones. Serrano y Martín están jubilados y disponen de más tiempo; sin embargo, Gabarre sigue con su empleo. Para Serrano, “está clara la norma: primero la vida familiar, después la actividad pastoral, pero no son opuestas: el diaconado permanente ayuda al matrimonio”.

Y parece que es verdad: seguir con una entrega desinteresada puede hasta engrandecer el matrimonio. Gabarre, como Martín, sabe que va a ser diácono siempre, las veinticuatro horas. El primero asevera que “la vida diaconal impregna la vida laboral y la vida familiar. Es una forma de ser y estar en el mundo, sirviendo desde cada espacio”.

Nuevos retos

Los tres neodiáconos saben que el gran reto para su vida ministerial coincide con el de cualquier cristiano, que tienen que buscar ser fieles al Señor en lo que él quiera y donde él quiera. Sin embargo, la vida que ahora comienzan trae algunas novedades. Martín destaca que el servicio se concreta en la “misión que la archidiócesis de Zaragoza me encomienda”. Bautizar, predicar, servir en la mesa eucarística y en la de los pobres son nuevas obligaciones que asumen con confianza y alegría.

Pero no solo, también “animar a otros a que puedan transitar este precioso camino y, cómo no, trabajar la pastoral gitana”, confiesa Agustín Gabarre, y es que él viene del pueblo gitano y sabe que debe servir a aquellos de quien ha recibido la vida y la fe

(José Antonio Calvo – Iglesia en Aragón)

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