Permanecer fiel al Señor y a la santa madre iglesia


Mons. Brau­lio Ro­drí­guez              Cada vez es más importante que los cristianos seamos cristianos. Llega un momento en que o se es fiel a la gracia que hemos recibido en la Iniciación Cristiana (Bautismo/Confirmación/Eucaristía) como hijos de la Iglesia, o se vuelve uno cristiano mediocre, poco fiable y sin “convertir”, como sal que pierde su sabor o luz que no alumbra. Somos hombres y mujeres que ha elegido el Espíritu Santo para hacer en nosotros su morada y hemos de renunciar a nosotros mismos, pese a nuestra fragilidad. Toda criatura, regenerada por el Espíritu Santo, debe buscar en Dios la única razón de su conducta y acciones, y, lógicamente, la fuerza necesaria para permanecer fiel a su empeño.

En esta perspectiva, el cristiano debe luchar incesantemente contra el mal y ponerse, con amor y humildad, al servicio de los demás hermanos. Pero, ¿no es esto extremadamente difícil y un tanto utópico? No es fácil, pero no es imposible. Para ello, hemos de tener en cuenta que la Redención de Jesús no es un acontecimiento de dimensiones exclusivamente individuales, que se quede solo en el interior de cada persona: nosotros, hombres y mujeres, siervos de Dios, debemos ser unos instrumentos de la Redención de Cristo. Y así, el que tiene más, debe dar más. No me refiero aquí a dinero, sino a que aquel que recibe la gracia de Dios debe ser dócil a la enseñanza de los educadores, en un continuo intercambio de amor. Nos hemos acostumbrado, en la comunidad cristiana, sólo a recibir y no a dar, no tenemos el espíritu de las comunidades primeras, dispuestas a llevar el Evangelio y a ser testigos de Jesucristo con presteza.

Así pues, viviendo la vida del Espíritu, acojamos en nosotros la gracia y sentiremos esa renovación y restauración, tan necesaria, que Cristo hace en nosotros. “Tirad fuera la levadura vieja para ser masa nueva”, dice el Apóstol. Somos nuevas criaturas y tenemos fuerza para luchar contra la mentira y la mediocridad a la que nos arrastra el mundo. Ahora bien, ¿quién duda que el enemigo de nuestra alma, el Demonio, nos tiende muchas trampas para hacer lentos nuestros pasos?  ¿o que la naturaleza humana es, de por sí, demasiado débil para conseguir la victoria sobre este enemigo sin la ayuda de Jesucristo? El Papa Francisco nos invitaba hace poco a los católicos a rezar para pedir por la Santa Iglesia de Dios y la proteja del Diablo, que siempre pretende separarnos de Dios y entre nosotros.

Hay que estar ceñidos con el cinturón de la verdad y revestidos con la coraza de la justicia. Son instrumentos para nosotros. Con ellos se avanza fácilmente por aquel camino de vida que lleva al perfecto cumplimiento de los preceptos de Dios. No debería ser tan extraordinario renunciar a la propia vida, que significa no buscar la propia voluntad, sino la voluntad de Dios y hacer del querer divino la norma única de la propia conducta; significa también renunciar al deseo de poseer cualquier cosa que no sea necesaria o común.

Pero, en este orden de cosas, también es verdad que cada vez es más conveniente que quienes están al frente de sus hermanos se esfuercen más en trabajar por el bien ajeno, y gasten su vida en bien de los demás, pensando que los hermanos son en realidad como un tesoro que pertenece a Dios y que Dios ha colocado bajo su cuidado. Me estoy refiriendo, claro está, al Arzobispo y a los Sacerdotes. Lo necesita hoy el Pueblo de Dios, sin que con esto quiera yo decir que todos los demás fieles cristianos, laicos y consagrados no tengan también esa disponibilidad para servir y dar ejemplo, según el ejemplo de Cristo. Todos somos responsables de la buena marcha del Pueblo de Dios, la Iglesia santa, pero sin duda nos corresponde a los pastores no sólo una mayor responsabilidad sino un plus de ejemplaridad y de entrega en favor de los demás, pues al que mucho se le dio se le pedirá más.

 

+Braulio Rodríguez Plaza

Arzobispo de Toledo, Primado de España

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