El Sínodo de los Obispos sobre los jóvenes: una invitación y un estímulo


Mons. Fi­del He­rráez              Hoy se clausura en Roma el Sínodo de los Obispos dedicado a «Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional». Es un tema sumamente actual y decisivo para la sociedad, para la Iglesia y para los mismos jóvenes. El Documento de trabajo para este Sínodo iniciaba su introducción con estas palabras: «Ocuparse de los jóvenes no es una tarea facultativa para la Iglesia, más bien es una parte sustancial de su vocación y de su misión en la historia…; como el Señor Jesús caminó con los discípulos de Emaús (Cfr. Lc 24,13-35), también la Iglesia está invitada a acompañar a todos los jóvenes, sin excluir a ninguno, hacia la alegría del amor». (Nº 1).

 

En la Eucaristía de este domingo nos sentiremos especialmente unidos con toda la Iglesia, representada en los obispos y en los jóvenes que durante tres semanas han reflexionado sobre una cuestión de tanta transcendencia. Esta actitud de comunión abrirá nuestro corazón para acoger la invitación y el estímulo que procede del Sínodo. Porque nosotros, como diócesis en cada una de sus realidades, formamos parte de este proceso sinodal, que ahora deberá continuar y prolongarse en las diversas comunidades eclesiales.Este acontecimiento sinodal, bajo el impulso del Papa Francisco, ha buscado desde el principio ser realista y estar abierto a la participación de todos. Hemos de reconocer la brecha que existe entre el mundo de los jóvenes y nuestros ámbitos eclesiales.

Esa brecha debe ser analizada y afrontada, pero no desde la zozobra de quien pretende buscar culpables o de quien se deja seducir por los profetas de desventuras. Una brecha sólo se puede superar si se van creando puentes de encuentro, si se abre un diálogo sereno y cordial, si se adopta una actitud auténtica de escucha, si se eliminan prejuicios y condenas previas. La Iglesia, que es madre y por ello experta en humanidad, comprendiendo las dificultades y amenazas que padecen los jóvenes en el mundo que les toca vivir, ha iniciado este proceso sinodal  con corazón sensible y con plena confianza en el Espíritu Santo.

Así podremos experimentar la «dulce alegría de evangelizar», expresión que frecuentemente utiliza el Papa Francisco, tomándola de san Pablo VI, canonizado hace un par de semanas, en pleno desarrollo del Sínodo. La alegría de evangelizar debe expresarse especialmente ante el mundo juvenil; porque como dijo ya el Vaticano II en su Mensaje final a los jóvenes, la Iglesia «posee lo que hace la fuerza y el encanto de la juventud: la facultad de alegrarse con lo que comienza, de darse sin recompensa, de renovarse y de partir de nuevo para nuevas conquistas».

En mi última Carta Pastoral, «Se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador», me dirigía de modo especial a los jóvenes, recogiendo lo que pedían a la Iglesia en sus propuestas y sugerencias de cara a la preparación del Sínodo: mayor actitud de escucha, nuevos espacios de encuentro, una mayor apertura hacia el mundo actual, la aceptación de las diferencias, disposición para la acogida más que para el juicio o la condena… En las reuniones previas al Sínodo los jóvenes han seguido insistiendo en la necesidad de una Iglesia más cercana y relacional, que viva el espíritu comunitario, que les permita una participación afectiva y efectiva, que ofrezca posibilidades de acompañamiento y ámbitos de experiencia espiritual.

El Sínodo que hoy termina en Roma, ha de continuar en cada una de las Iglesias locales. También aquí en Burgos hemos de ofrecer a los jóvenes una Iglesia que brille por su ejemplaridad a la luz del Evangelio, que sea madre, amiga, atrayente, acogedora y misericordiosa… Que les ofrezca el encuentro con Jesucristo y, a la vez, espacios para la colaboración y el compromiso tales como: la promoción de la paz y de la solidaridad, la defensa de los pobres y de la justicia…, en definitiva la encarnación del Evangelio en la vida real.

En nuestra diócesis se ha reforzado la Delegación de Pastoral Juvenil, sobre la que queda depositada esta enorme e ilusionante responsabilidad. Pero tengamos en cuenta que no es tarea exclusiva de esta Delegación. La invitación y el estímulo van dirigidos a todos nosotros que, a la luz del reciente Sínodo, hemos de apoyarla de modo especial.

Hoy nos unimos a toda la Iglesia con la oración del Sínodo y decimos al Señor con confianza: «Señor Jesús, dirige tu mirada a todos los jóvenes del mundo. Mantén sus corazones abiertos a grandes sueños y hazlos atentos al bien de los hermanos. Que sean testigos de tu Resurrección y sepan reconocerte vivo junto a ellosanunciando con alegría que Tú eres el Señor. Amén».

+ Fi­del He­rráez

Ar­zo­bis­po de Bur­gos

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